Ninguna área protegida, ni ninguna meta global de conservación son suficientes para transformarnos en los guardianes del mar, si no incluimos a la gente, sus necesidades y proyectos.

Luego de casi 25 años desde que la conservación marina se instalara en la agenda pública como un fenómeno de relevancia para las políticas ambientales del país, a través del proyecto GEF Marino y la creación de las primeras Áreas Marinas Protegidas de Múltiples Usos, parece que la historia no ha cambiado mucho.

Recordemos: este tipo de área marina protegida buscaba instalar un modelo de conservación que incluyera a las personas y sus modos de vida en los objetivos de conservación –de ahí su nombre de múltiples usos– haciéndose cargo de un contexto históricamente marcado por la exclusión de las comunidades locales (y sus modelos de vida) en la conservación, y una bajísima participación en la gestión de las áreas. Desde esos años el país comenzó a ampliar considerablemente su superficie protegida, multiplicando el número de áreas y llevando la conservación a los diversos rincones de mar chileno.

Chile logró cumplir las metas globales de Aichi y Kunming- Montreal y ponerse a la cabeza de los rankings mundiales de conservación. ¡Todo un éxito! Ahora bien, ¿cómo se explicaba ese gran avance? Creando grandes áreas marinas protegidas en la zona oceánica, en lugares con baja densidad poblacional o nula presencia de habitantes, y con escasa capacidad de monitoreo. La literatura científica llama a esto áreas de papel, que sirven para contar kilómetros o hectáreas, pero que poco o nada aportan a la conservación efectiva de la biodiversidad, y mucho menos al desarrollo sostenible de las comunidades locales y la sociedad en general.

En cambio, en zonas con alto interés económico, con fuerte presencia de actividades industriales, o con comunidades empoderadas, la creación de un área marina protegida se tornó una empresa altamente costosa, con bajo apoyo estatal y con un futuro incierto. Basta buscar algún área marina protegida en la zona costera situada entre las regiones de Valparaíso y La Araucanía para notar la enorme escasez de ejemplos.

¿Quiénes están protegiendo el mar de Chile? No son el Estado, ni las grandes ONGs trasnacionales que celebran la ampliación de las áreas marinas de Juan Fernández y Nazca Desventuradas. Más bien, son líderes y comunidades locales que promueven pequeñas áreas de conservación en zonas altamente explotadas: como el islote Pájaros en Algarrobo, los bosques de algas de Navidad y Matanzas, los humedales costeros de San Antonio y Pichilemu, los refugios marinos de los pescadores artesanales de Ventana y Zapallar, los Espacios Costeros Marinos de Pueblos Originarios de los fiordos de la Patagonia o del archipiélago de Humboldt.

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Celebramos que Chile llegue a proteger más del 50% de sus océanos y que en esa acción las comunidades locales del archipiélago de Juan Fernández participen activamente, pero advertimos que si seguimos reproduciendo el mismo modelo de conservación que nos ha acompañado en las últimas décadas, seremos solamente unos guardianes de papel.

Francisco Araos
Departamento de Antropología, Universidad de Chile.

Ricardo Álvarez
Escuela de Arqueología, Universidad Austral de Chile.

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