La prueba real de la transición no será un anuncio, sino el día en que alguien pierda poder y, aun así, acepte las reglas.
El sábado 3 de enero de 2026, Estados Unidos ejecutó una operación que culminó con la “captura y salida” de Nicolás Maduro de Venezuela. La promesa de una transición, formulada desde el exterior, plantea una pregunta obvia: ¿Qué es una transición democrática y qué puede salir mal?
En la teoría de Philippe C. Schmitter, una transición no es la llegada de la democracia, sino un intervalo entre un régimen y otro, marcado por un hecho clave: las reglas dejan de estar dadas y pasan a disputarse.
Lo que se juega ahí no es solo el recambio de gobierno, sino la selección de instituciones y procedimientos que harán posible —o imposible— la cooperación y la competencia futuras. Si un actor externo se presenta como conductor del intervalo, no solo influye; altera la negociación de reglas y, con ello, los incentivos de los actores domésticos.
Schmitter advierte, primero, que la democracia no es inevitable ni irreversible. Por eso, confundir “transición” con “democracia” es un error analítico.
Su marco propone cuatro desenlaces posibles desde un régimen autoritario:
– Regresión a la autocracia.
– Consolidación de un híbrido (dictablandas o democraduras), aperturas parciales con restricciones sustantivas.
– Democracia no consolidada, con elecciones, pero sin reglas de fair play aceptadas, donde perder se vive como exclusión.
– Democracia consolidada, definida por la aceptación rutinaria de reglas comunes incluso en la derrota.
Este esquema desplaza el debate venezolano del deseo al diseño: la pregunta relevante no es qué desenlace sería preferible, sino qué condiciones institucionales vuelven plausible cada salida.
En una transición, el centro de gravedad está en el arbitraje, el control de la coerción, la posibilidad de competir sin miedo y la existencia de costos previsibles para quien viola los acuerdos. Si un actor externo anuncia que “dirigirá” la transición, los actores internos pueden recalcular estrategias en torno a alineamientos, no a reglas compartidas, empujando hacia híbridos o regresiones por déficit de legitimidad y por el aumento del temor a la exclusión.
Schmitter añade otra precisión: no se consolida “la democracia” en abstracto, sino un tipo de democracia. Y el tipo que emerge depende en gran medida de la modalidad de transición: pactada, rupturista, tutelada o con garantías cruzadas. Esa modalidad define incentivos, distribuye poder y condiciona la apropiación doméstica de las nuevas reglas.
La advertencia más aguda, sin embargo, es la “regla del desencanto”, observada en la experiencia chilena: tras el momento inicial, las expectativas políticas suelen exceder lo que la democracia puede entregar de inmediato, generando desafección, distancia con la élite gobernante e impotencia ciudadana.
En Venezuela, una transición percibida como tutelada podría acelerar ese desencanto desde el comienzo, porque la promesa democrática elemental es la soberanía: si la ciudadanía siente que no decide, pierde motivos para sostener instituciones que se le pide obedecer.
La prueba real de la transición no será un anuncio, sino el día en que alguien pierda poder y, aun así, acepte las reglas. Allí se sabrá si el intervalo fue un puente hacia la convivencia democrática o la antesala de otra forma de dominación.
Enviando corrección, espere un momento...
