Hoy en día a Léautaud ya no sólo lo leo y sigo sus peripecias, lo elevo a la categoría de método: el método Léautaud: un estado de descreimiento generalizado, de aversión a las jerarquías establecidas y respetadas, una ganzúa para encontrarle otra salida al momento, sobre todo una falta de adherencia a lo que nos retiene sin saber bien por qué.

Paul Léautaud hoy estaría funado, cancelado, advertido, censurado, imputado, bloqueado, pagando multas, en silencio contrito por la presión.

¡Qué libertad la de Léautaud! No se trata siempre de la defensa de todo lo que escribe (aunque diría que ni siquiera cabe tal amparo o rechazo), sino de su sola libertad de pensar y escribir lo que hace, opinar sobre tal o cual materia, de anotar en su Journal u otros papeles lo que vivía y sentía genuinamente.

Qué manera de defender en el escrito la soberanía de sus posibilidades, lo que necesita estampar frente a una crítica más que probable, pero que ya no lo tendrá en el banquillo por muerto. Debe ser uno de los últimos hombres libres, de esos que aparecían en la edad áurea de las Metamorfosis de Ovidio, ya en vías de extinción o de pliegue.

Vivimos una época plagada de prohibiciones, advertencias, conminaciones, llamados al tono, lo debido, la precaución paralizante. Ahogados en la llamada letra chica de cualquier cosa y lenguajes pililos disfrazados de saber en púlpitos rutilantes, la mayoría de las veces devaluados a oráculos nada délficos.

Somos grabados, oídos, rotulados, llamados una y otra vez a comparecer ante la más ridícula de las requisitorias. Maniatados por la política, enmudecidos por charlatanes del porvenir, auditores a diario de tonterías y liviandades al por mayor exhibidos de manera grave y convincente. Es nuestra época de una libertad de expresión blanda.

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Hoy en día a Léautaud ya no sólo lo leo y sigo sus peripecias, lo elevo a la categoría de método: el método Léautaud: un estado de descreimiento generalizado, de aversión a las jerarquías establecidas y respetadas, una ganzúa para encontrarle otra salida al momento, sobre todo una falta de adherencia a lo que nos retiene sin saber bien por qué. El método se puede usar un día, un mes, el año completo. Se puede refutar incluso, pero con argumentos que animen algo en nosotros.

Una línea fundamental de sus escritos: “La primera patria, cuando uno está aquí abajo, es la vida” (Marly-le-Roy, en Propos d’un Jour [“Propos es una recopilación de plaquettes publicada por L. a través de muchos años en ediciones caras”. Nota de Armando Uribe en Léautaud y el otro, autor a quien se debe la venida en cuerpo presente de Léautaud a Chile en 1966]).

Otra: “Se le da al pueblo juguetes: religión, heroísmo, gloria, hermosos crímenes, glorificaciones cívicas, grandes discursos, etc., y uno se enrique sobre sus espaldas” (Journal Littéraire, 12 de enero, 1929) [corte de AU en LYEO].

Sigamos: “Los versos son decididamente una cosa infantil. Esas personas que escriben cosas siguiendo medidas, cadencias dadas, en que cada línea termina en sonidos parecidos, ese runruneo como el de un niño que recita, son ridículos en el fondo. (…) si tuviera un hijo y él tuviera disposiciones literarias (…) le quitaría los libros de todos los poetas. Esa gente hace perder un tiempo considerable para el desarrollo del espíritu. (…) ¿Cómo un hombre a los cincuenta años, puede todavía escribir novelas? ¿Cómo se puede, incluso, a esta edad leerlas?” (Journal Littéraire, 4 de marzo de 1927) [corte de AU en LYEO].

A propósito de lo de hoy: “(…) no he votado nunca (…) soportar sin participar” JL, 29 de enero 1935.

¿Se podrá decir desadhesivo aludiendo a toda una cualidad de Léautaud? (parece que no): “No me siento apegado a nada, a no ser algunos animales que tengo (…). No espero nada de agradable, ni siquiera en el terreno espiritual, aún menos en el terreno social, de la sociedad que se anuncia. He llegado al límite del asco y del desprecio” (Diario).

No se engaña con nada, ni con lo más próximo: “¿Los amigos? No sé demasiado… si los tengo, y si lo soy para alguno, a no ser para Rouveyre, un gracioso espécimen como yo. La verdad es, más bien, que el mundo entero podría desaparecer sin que me afecte. Veo encantado a este, al otro, pero si no los viera, sería lo mismo. Lo que me gusta, lo que me place, lo que habría deseado, lo que lamento, lo que anhelo, lo que me apasiona, creo que a todo eso puedo responder: nada” (Journal).

Aunque amigo de Marcel Schwob, Paul Valéry, Adolphe Van Bever, André Gide, ni venias ni pleitesías: “Me río de las grandes obras. No me gusta más que la conversación escrita” (Journal Littéraire, 17 de agosto de 1927).

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Otra línea de gran utilidad: “¡Cómo se conservan los sentimientos familiares a distancia!” (en Amores, 1958).

Y tampoco se abandona a emociones autónomas que pudieran capturarlo: “Yo no me dejo aburrir en contra de mi voluntad” (Journal Particulier, 30 de diciembre de 1923).

¿Qué hay del futuro, alguna visión de sí mismo?: “A talentos iguales, el fracaso es más bello que el éxito. El gran talento ignorado, más bello que el autor con grandes tirajes, adorado por el público y celebrado cada día. Un escritor de gran talento que muere en la pobreza, más bello que el escritor que muere millonario” (Notes Retrouvées, en Propos d’un Jour).

No al engaño de virtudes que pueden resultar destructoras si no se calibra bien el momento: “La franqueza es bien estúpida” (Journal Littéraire, LYEO).

Léautaud tiene diarios literarios, particulares, otros más íntimos, otros escritos de los que usted podrá fácilmente noticiarse. Nació en 1872 y murió en 1956 en Francia.

Una carta del 12 de abril de 1966 (remitida / Pedro Torres n° 1065, parece), de Antonio R. Romera a Joaquín Edwards Bello, le comentaba al escritor: “Hay tantos puntos de semejanza entre usted y el escritor francés. El mismo inconformismo, el mismo anarquismo neutral (…) la misma hipersensibilidad, la misma inteligencia (…)”. No creo. Léautaud es un salvaje, un misántropo, un fotógrafo de sus amigas.

Articulando otros fragmentos útiles (para esto es la literatura) podremos armar un verdadero kit de supervivencia para lo que viene o está por venir, invocando –se sabe- fidelidades sospechosas que no nos pueden encontrar desprevenidos.