Un candidato como Gabriel Boric podía ser elegido. Una comunista como Jeannette Jara, parece que no. Chile está todavía férreamente atado al legado anticomunista del Genearca Pinochet.
La elección presidencial de Segunda Vuelta en Chile ha ocupado un lugar destacado en la prensa mundial desde hace varias semanas. La tensión en torno a la situación de Venezuela y la posible invasión de Estados Unidos a ese país también ha sido un acicate para que el ámbito periodístico internacional centre un poco más de lo habitual su mirada hacia el Cono Sur del hemisferio occidental.
El Hindustan Times, un respetado y señero periódico de la India, informó sobre la contienda entre Jara y Kast como la disputa entre el cristiano Kast y la comunista Jara. Un ángulo no despreciable más allá de las diferencias ideológicas.
En general, en la mayor parte de la cobertura mundial escudriñada, el enfoque del análisis, más allá de aparecer como la elección entre una izquierdista (Jara) y un derechista (Kast), ha eludido referirse con profundidad a la legitimación del legado en la política, de Augusto Pinochet y sus 17 años como dictador y presidente de Chile.
No obstante, en la literatura disponible en Estados Unidos y el Reino Unido sobre dictaduras y autoritarismos de Estado como reacción hacia gobiernos de izquierda interrumpidos por golpes de estado -en general inducidos por dinámicas de la Guerra Fría-, la referencia a los sucesos en torno a Pinochet y Allende es frecuente y podría hasta constituir un tipo de paradigma.
Las raíces de este legado, más allá del acto de refundación que expresó la dictadura en muchos planos, puede encontrarse en la narrativa de un libro fundamental escrito por Pinochet, el dictador militar y político. Como Juan Manuel de Rosas y Juan Domingo Perón en Argentina, aunque sin establecer comparaciones entre ellos, la similitud consiste en haber dejado un legado de ideas políticas acerca del objetivo de gobernar y en el cómo se debe gobernar una nación desde la mirada militar.
“El Día Decisivo”
El tema central en todo esto es el Estado. Haciendo una disgregación útil en este caso, el Estado es una de las invenciones humanas más justificada y más precoz, al mismo tiempo. La justificación cae de cajón. La precocidad en la creación del Estado es algo más complejo. No tiene un punto de apoyo firme y claro desde que el Homo Sapiens se para en dos pies. La arqueología y otros registros en la creación del Estado no indican con mayor claridad que el constructo Estado tenga un origen más diverso que el de sostener una idea guerrera o religiosa. Los estudios de George Dumézil ilustran esa preocupación del ser humano por organizarse en función de guerras religiosas y territoriales.
En ningún caso el propósito de crear Estado refleja con claridad si el objetivo era la protección del ser humano. En lo que sí hay antecedentes es en cuanto a la creencia de un Dios, o una existencia o ente de carácter divino que ordenaba o ayudaba a ordenar las cosas terrenales. La raza humana se dispersó por necesidad y espontaneidad más que por diseño.
Es así que Pinochet aspiraba a dejar un legado al Estado chileno, caracterizado en su libro “El Día Decisivo”, que posee la singularidad de sobrellevar una idea mesiánica de salvar al país del comunismo. Hubo muchas ediciones de este libro; sin embargo, en la tercera edición, publicada por la Editorial Andrés Bello en 1982, el apellido que para algunos flagela y para otros salva, es la primera palabra que se observa en la portada. Había noción de sonoridad.
La idea de ser líder y formar un movimiento siempre estuvo presente y la intención de sacralizar el apellido para que no se olvidara jamás, era manifiesta desde hace mucho tiempo, según el autor de “El día decisivo”. Quedaba la sensación de instalar en la conciencia de los chilenos, la marca indeleble de un nuevo Genearca: A.P.U., como líder del anticomunismo en el Tercer Mundo.
Portales
Formar o tener genearcas sería un sine qua non para que los países avancen, según expresó el distinguido político chileno C. Walker Martínez. “Todos los pueblos de la tierra… tienen un legislador o un guerrero, o un estadista que los ha creado o redimido”, escribió en su obra “Portales.1879”. Para él, Diego Portales pertenecía a esa categoría de grandes hombres y lo consideraba el refundador de la nación. Esta idea se ha instalado en el archivo histórico y se ha incorporado en una buena parte de la conciencia nacional.
El candidato presidencial Ricardo Lagos, en el discurso de clausura de su primera campaña para las primarias que venció holgadamente, invocó emotivamente el nombre de Portales como parte de la memoria política republicana del país.
El tema Portales ha sido motivo de considerable análisis y revisión histórica, especialmente a partir del funcionamiento de la Constitución de 1980, y muchos de los que argumentan en torno a Portales tienden a reconocer que el personaje reconceptualiza la noción de Estado y la maquinaria del aparato público sobre el cual el país debía funcionar.
En suma, Portales respondería a esa categoría de genearca, o sea “la cabeza, el principal de un linaje”.
La idea central de rescatar el legado de Portales durante el período de reconstitución del régimen militar era asociar la administración regenerativa con la de Augusto Pinochet, que también cumplía un rol de regeneración del Estado, y la idea no era descabellada. Pinochet, como otro genearca en el linaje y la continuidad de grandes hombres que transforman a las naciones, se buscaba asociarlo a Portales.
Así como C.W. Martínez avala a Portales en 1879, el Teniente-Coronel Carlos Molina Johnson, en un documentado libro “Chile, los militares y la política” (Editorial Andrés Bello, 1989), destaca que las palabras del general Pinochet “reflejan el sentido de la verdadera revolución que en lo político se ha materializado durante su mandato, realización que a la fecha no ha sido considerada con el valor que se merece. Una Revolución Silenciosa donde señalan los factores que han hecho posible las profundas transformaciones de la sociedad chilena en la última década, atribuidas principalmente a un ambiente que ha favorecido la iniciativa individual, la creatividad, la innovación, la audacia y la capacidad empresarial”.
“En consecuencia -continúa Molina Johnson-, no cabe dudas que es allí donde reside el baluarte definitivo de todo lo logrado no solo en la última década, sino a lo largo de las distintas etapas de la gestión del presidente Augusto Pinochet Ugarte, en cuyo transitar se ha conseguido edificar una sociedad libre, ordenada, justa y moderna en la que se han manifestado, progresivamente, aquellas condiciones que exige la efectiva práctica de la política en su sentido cristiano occidental”.
Estamos en presencia de la instalación de otro genearca, denotando una gran diferencia con Portales: en su caso el entramado de su autoritarismo respondía a resortes civiles; en el caso de este nuevo genearca, estábamos en presencia de la instalación de por vida, según la Constitución de 1980, de la acción de las FF.AA. en la política: “La nueva institucionalidad requiere de FF.AA. conscientes de sus responsabilidades políticas, las que deben ir orientadas a la gran política, entendida esta como la natural preocupación por alcanzar el bien común, dentro de los valores propios de la chilenidad” (A.P.U, 23 de agosto de 1988).
La idea de un genearca estaba lanzada y lo refleja su libro capital. Sin preámbulos es el seco título del prefacio del libro “El día Decisivo: 11 de Septiembre de 1973” del ex-general chileno arrestado en Londres el 16 de Octubre de 1998. En el epígrafe aparece la frase llena de misticismo y candor mesiánico: “Señores Generales, la patria está por sobre nuestras vidas”. Firmado nuevamente en forma escueta: A.P.U.
Esta figura de Genearca de Pinochet constata hasta hoy con el ascenso de políticos que reivindican la figura política de Pinochet, en el marco de un estado fragmentado y carente de políticas que hagan frente a los cambios que han ocurrido en el sistema político internacional de una globalización que comienza a exigir otros “costos” de integración, ahora en el plano de los derechos ciudadanos, algo menos tangible a primera vista que los dividendos de la integración económica.
Cambio en el sistema de relaciones internacionales
El cliché recurrente de que el país está dividido por una divergente interpretación de la historia no ha contribuido a develar el problema estructural de gestión que está centrado en los instrumentos institucionales con que el país cuenta para resolver situaciones creadas por un cambio jurídico sustancial en el sistema de relaciones internacionales, para el cual el país ha demostrado no estar preparado. Los poderes del Estado probablemente aplican individualmente con corrección sus mandato; sin embargo, el accionar de cada una de esas partes, no ha logrado conformar un todo coherente e integrado.
A lo largo de los años. desde el fin de la dictadura, se ha observado un aparato estatal que improvisa, desprovisto de una política de Estado en cuanto a Derechos Humanos y consistencia con las leyes internacionales respecto a este tema.
Esta demanda de cambio en el contexto de leyes a nivel global puede ser más crucial que las crisis cíclicas a que el sistema del capital transnacional está acostumbrado a absorber. Aquellas demandas se instalan en el corazón mismo de un país que es su ethos de ciudadanía, en fin, su cultura.
No es por unos dólares más o dólares menos que un país compra ciudadanía o un ethos histórico nuevo. Se supone que, con una balanza de pagos sana y un cierre de cuentas anual equilibrado, las ciudadanías en los “territorios-negocios” -en que se han convertido hoy los estados-naciones- tienen expectativas de construirse con mayor fluidez.
El contexto político de Chile a partir de Pinochet comenzó a estar marcado por un accidentado proceso de reconstrucción de la democracia, a su vez presionado por la permanente amenaza de la intervención de las FF.AA., lo cual impidió en el tiempo la reestructuración de los propios poderes del Estado.
Aparte de la complejidad actual de carencia de un orden internacional con un centro político capaz de intermediar, Chile se ha entrampado en su propio círculo vicioso producto de detentores de poderes que no han deseado ceder, y “aspirantes” a esos poderes imposibilitados de actuar en forma eficiente bajo la presente ordenación de los poderes del Estado.
El funcionamiento del Estado, además, por más de cuatro décadas, se ha visto presionado por un elemento externo que, cuando se transfirió el poder de los militares al presidente Patricio Aylwin el 11 de marzo de 1990, no existía: el nuevo tipo de demandas de un sistema político internacional que intervenía cada vez más en los ámbitos internos de los países.
Hoy día existe una visión generalizada de que ese sistema político internacional, con un marco jurídico mundial que, por ejemplo, permitió el arresto de Pinochet en Londres el 16 de octubre del año 1998, está debilitado, o simplemente dejó de existir. Está siendo reemplazado o cooptado por el poder económico o bélico de potencias de alcance mundial o regional que intervienen en los países a su antojo.
La prueba más clara es que en el período del arresto de Pinochet, el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, por una evidente presión militar, insistió en suspender el arresto a toda costa. Eso reflejaba desesperación debido a una ausencia de una política.
Hoy, ese mismo presidente, quizás en una versión ultra pragmática, para que el país no se desestabilice con la eventual llegada de Kast al poder, le da su apoyo al candidato republicano.
La prensa internacional, deliberadamente o no, pareciera no haber reparado lo que está sucediendo en Chile después de las manifestaciones estudiantiles de la década de 2010 y del estallido social de 2019, ni ha tocado la idea del legado militar a partir de la figura del Genearca.
En la capital del capitalismo, Nueva York elegía a un alcalde socialista, tildado de comunista por el presidente Trump. Un candidato como Gabriel Boric podía ser elegido. Una comunista como Jeannette Jara, parece que no. Chile está todavía férreamente atado al legado anticomunista del Genearca Pinochet. El presidente Trump lo habría invitado a la Casa Blanca.
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