Nacional
Viernes 18 mayo de 2018 | Publicado a las 08:50 · Actualizado a las 11:33
Carta del Papa a obispos revela actos de la Iglesia chilena para encubrir abusos sexuales
Publicado por: Sebasti√°n Asencio
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Este viernes se dio a conocer el documento que se le entregó a los más de 30 obispos que viajaron al Vaticano para conversar con el papa Francisco; instancia donde se abordaron los temas de abusos sexuales en Chile y el estado actual de la Iglesia Católica en el país.

Lo anterior, en el marco de la √ļltima investigaci√≥n que hizo el arzobispo Charles Scicluna sobre el presunto caso de encubrimiento por parte del obispo (Osorno) Juan Barros en favor de los abusos de Fernando Karadima.

Recordemos que, tras dicha visita, todos los obispos de Chile presentaron su renuncia, tal cual como el Papa lo hab√≠a “recomendado”.

La Iglesia debe confesar

El texto, escrito por el mismo Papa, expone un duro diagn√≥stico de la Iglesia chilena y los casos de abusos sexuales; se√Īalando que han dejado un “herida abierta” y que han intentado sanar insatisfactoriamente, consigna T13.

Adem√°s, se√Īala un “ensimismamiento” por parte de la Iglesia cuando se denunciaron los abusos, lo cual termin√≥ concentrando la atenci√≥n en ese mismo “pecado”.

“La dolorosa y vergonzosa constataci√≥n de abusos sexuales a menores, de abusos de poder y de conciencia por parte de ministros de la Iglesia, as√≠ como la forma en que estas situaciones han sido abordadas, deja en evidencia este ‚Äėcambio de centro eclesial‚Äô‚ÄĚ, precis√≥.

En ese sentido, asegura que hubo “insuficiente atenci√≥n pastoral prestada a todos los que se han visto envueltos”.

Por lo mismo, se√Īala que es necesario “confesar el pecado”, buscar urgentemente remediar los hechos, pero que la remoci√≥n de las personas (obispos, por ejemplo) no es suficiente.

‚ÄúConfesar el pecado es necesario, buscar remediarlo es urgente, conocer las ra√≠ces del mismo es sabidur√≠a para el presente-futuro. Ser√≠a grave omisi√≥n de nuestra parte no ahondar en las ra√≠ces. Es m√°s, creer que s√≥lo la remoci√≥n de las personas, sin m√°s, generar√≠a la salud del cuerpo es una gran falacia. No hay duda que ayudar√≠a y es necesario hacerlo, pero repito, no alcanza‚ÄĚ, explic√≥.

El Papa “revela la verdad”

Pero, de forma más grave, el papa Francisco confirma hechos que, hasta hace pocos días, eran conversados dentro de la comunidad como rumores o sin comprobar.

El obispo de Roma precisa que religiosos chilenos que fueron expulsados por inmoralidad fueron relocalizados a otras diócesis o cargos diocesanos-parroquiales, minimizando la gravedad de los abusos.

M√°s importante a√ļn, esto implicaba que los denunciados todav√≠a manten√≠an contacto con menores de edad.

El Papa, adicionalmente, declara que en muchos casos las denuncias fueron tomadas a la ligera, pese a que habían pruebas suficientes que calificaban como delitos efectivos.

Espec√≠ficamente, constata ‚Äúla existencia de presuntos delitos investigados solo a destiempo o incluso nunca investigados, con el consiguiente esc√°ndalo para los denunciantes y para todos aquellos que conoc√≠an las presuntas v√≠ctimas, familias, amigos, comunidades parroquiales. En otros casos, se ha constatado la existencia de grav√≠simas negligencias en la protecci√≥n de los ni√Īos/as y de los ni√Īos/as vulnerables por parte de los Obispos y Superiores religiosos“.

Finalmente, confirma que hubo presiones ejercidas en quienes debían procesar las denuncias, la destrucción de documentos comprometedores y que en muchos casos se sabía con anterioridad que abusadores presentaron conductas de este tipo en su etapa de formación. Pese a ello, igualmente se les confió cargos en instituciones educativas, por ejemplo.

Revisa la carta del Papa:

El pasado 8 de abril, domingo de la Misericordia les envi√© una carta convoc√°ndolos a Roma para dialogar sobre las conclusiones de la visita realizada por la ‚ÄúMisi√≥n especial‚ÄĚ que ten√≠a como cometido ayudar a encontrar luz para tratar adecuadamente una herida abierta, dolorosa y compleja que desde hace mucho tiempo no deja de sangrar en la vida de tantas personas, y por tanto, en la vida del Pueblo de Dios.

Una herida tratada hasta ahora con una medicina que, lejos de curar parece haberla ahondado m√°s en su espesura y dolor. Debemos reconocer que se realizaron diversas acciones para tratar de reparar el da√Īo y el sufrimiento ocasionados, pero tenemos que ser conscientes que el camino seguido no ha servido de mucho para sanar y curar. Quiz√°s por querer dar vuelta la p√°gina demasiado r√°pido y no asumir las insondables ramificaciones de este mal; o porque no se tuvo el coraje para afrontar las responsabilidades, las omisiones, y especialmente las din√°micas que han permitido que las heridas se hicieran y se perpetuaran en el tiempo; quiz√° por no tener el temple para asumir como cuerpo esa realidad en la que todos estamos implicados, yo el primero, y que nadie puede eximirse desplazando el problema sobre las espaldas de los otros; o porque se pens√≥ que se pod√≠a seguir adelante sin reconocer humilde y valientemente que en todo el proceso se hab√≠an cometido errores.

En este sentido, escuchando el parecer de varias personas y constatando la persistencia de la herida, formé una comisión especial para que, con gran libertad de espíritu, de modo jurídico y técnico pudiese brindar un diagnóstico lo más independiente posible y ofrecer una mirada limpia sobre los acontecimientos pasados y sobre el estado actual de la situación.

Este tiempo que se nos ofrece es tiempo de gracia. Tiempo para poder, bajo el impulso del Espíritu Santo y en clima de colegialidad, dar los pasos necesarios para generar la conversión a la que el mismo espíritu nos quiere llevar. Necesitamos un cambio, lo sabemos, lo necesitamos y anhelamos. No solo se lo debemos a nuestras comunidades y a tantas personas que han sufrido y sufren en su carne, los dolores provocados, sino que pertenece a la misión y a la identidad misma de la Iglesia el espíritu de conversión. Dejemos que este tiempo sea tiempo de conversión.

‚ÄúEs necesario que √©l crezca y que yo disminuya‚ÄĚ (Jn.3,30). Con estas palabras el √ļltimo de los grandes profetas, Juan el Bautista, hablaba a sus disc√≠pulos cuando, escandalizados, le hac√≠an ver que hab√≠a alguien que hac√≠a lo mismo que √©l. Juan consciente de su identidad y misi√≥n ‚Äď√©l no era el Mes√≠as, pero hab√≠a sido enviado antes que √©l (vv.28)- no vacil√≥ en darles una respuesta clara y sin ning√ļn tipo de ambig√ľedad.

Con este trasfondo de profec√≠a e inspirado en las palabras de este profeta me gustar√≠a dar el ‚Äúpuntapi√© inicial‚ÄĚ para la reflexi√≥n fraterna con ustedes durante estos d√≠as.

1. Es necesario que √©l crezca…

Quiz√°s no haya mayor alegr√≠a para el creyente que compartir, testimoniar y hacer visible a Jes√ļs y a su Reino. El encuentro con el Resucitado transforma la vida y hace que la fe se vuelva alegremente contagiosa. Es la semilla del Reino de los Cielos que espont√°neamente tiende a compartirse, a multiplicarse y que, como a Andr√©s, nos lleva a correr hacia nuestros hermanos y decir: ‚Äúhemos encontrado al Mes√≠as (Jn. 1,41). Un Mes√≠as que siempre nos abre horizontes de vida y esperanza. El disc√≠pulo se deja lanzar hacia esta aventura por la acci√≥n del Esp√≠ritu para hacer crecer y esparcir la vida nueva que Jes√ļs nos ofrece. Esta acci√≥n no la podemos identificar nunca con proselitismo o conquista de espacios, sino como la invitaci√≥n alegre a la vida nueva que Jes√ļs nos regala. ‚ÄúEs necesario que √Čl crezca‚ÄĚ es lo que palpita en el coraz√≥n del disc√≠pulo porque experiment√≥ que Jesucristo es oferta de vida buena. S√≥lo √Čl es capaz de salvar.

La Iglesia en Chile sabe de esto. La historia nos dice que supo ser madre que engendr√≥ a muchos en la fe, predic√≥ la vida nueva del Evangelio y luch√≥ por esta cuando se ve√≠a amenazada. Una Iglesia que supo dar ‚Äúpelea‚ÄĚ cuando la dignidad de sus hijos no era respetada o simplemente ninguneada. Lejos de ponerse ella en el centro, buscando ser el centro, supo ser la Iglesia que puso al centro lo importante. En momentos oscuros de la vida de su pueblo, la Iglesia en Chile tuvo la valent√≠a prof√©tica no s√≥lo de levantar la voz, sino tambi√©n de convocar para crear espacios en defensa de hombres y mujeres por quienes el Se√Īor le hab√≠a encomendado velar; bien sab√≠a que no se pod√≠a proclamar el mandato nuevo del amor sin promover mediante la justicia y la paz el verdadero crecimiento de cada persona (1). As√≠ podemos hablar de Iglesia prof√©tica que sabe ofrecer y engendrar la vida buena que el Se√Īor nos ofrece.

Una Iglesia prof√©tica que sabe poner a Jes√ļs en el centro es capaz de promover una acci√≥n evangelizadora que mira al Maestro con la ternura de Teresa de Los Andes y afirmar: ‚Äú¬ŅTemes acercarte a √©l? M√≠ralo en medio de su reba√Īo fiel, cargando sobre sus hombros a la oveja infiel. M√≠ralo sobre la tumba de L√°zaro. Y oye lo que dice Magdalena: mucho se le ha perdonado, porque ha amado mucho. ¬ŅQu√© descubres en estos rasgos del Evangelio sino un coraz√≥n dulce, tierno, compasivo, un coraz√≥n en fin de un Dios?‚ÄĚ (2).

Una Iglesia prof√©tica que sabe poner Jes√ļs en el centro es capaz de hacer fiesta por la alegr√≠a que el Evangelio provoca. Como se√Īal√© en Iquique, pero que bien podemos extender a tantos lugares del norte al sur de Chile, la piedad popular es una de las riquezas m√°s grandes que el pueblo de Dios ha sabido cultivar. Con sus fiestas patronales, con sus bailes religiosos ‚Äďque se prolongan hasta por semanas- con su m√ļsica y vestidos logran convertir a tantas zonas en santuarios de piedad popular. Porque no son fiestas que quedan encerradas dentro del templo, sino que logran vestir a todo el pueblo de fiesta (3). Y as√≠ se queda un entretejido capaz de celebrar alegre y esperanzadamente la presencia de Dios en medio de su pueblo. En los santuarios aprendemos a hacer una Iglesia de cercan√≠as, de escucha, que sabe sentir y compartir una vida tal cual se presenta. Una Iglesia que aprendi√≥ que la fe s√≥lo se transmite en dialecto y as√≠ celebra cantando y danzando ‚Äúla paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante de Dios‚ÄĚ (4).

Una Iglesia prof√©tica que sabe poner a Jes√ļs en el centro es capaz de engendrar en la santidad a un hombre que supo proclamar con su vida: ‚ÄúCristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres, enfermos, desalojados de su m√≠sero conventillo. Cristo, acurrucado bajo los puentes, en la persona de tantos ni√Īos que no tienen a quien llamar “padre”, que carecen hace muchos a√Īos del beso de la madre sobre su frente… ¬°Cristo no
tiene hogar! ¬ŅNo queremos d√°rselo nosotros?… “Lo que hagan al m√°s peque√Īo de mis hermanos, me lo hacen a M√≠‚Äü, ha dicho Jes√ļs‚ÄĚ (5); ya que ‚Äúsi verdaderamente hemos partido de la contemplaci√≥n de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que √Čl mismo ha querido identificarse‚ÄĚ (6).

Una Iglesia prof√©tica que sabe poner a Jes√ļs en el centro es capaz de convocar para generar espacios que acompa√Īen y defiendan la vida de los diferentes pueblos que conforman su vasto territorio, reconociendo una riqueza multicultural y √©tnica sin igual por la que es necesario velar. A modo de ejemplo se√Īalo las iniciativas promovidas especialmente por los obispos del sur de Chile durante la d√©cada del 60-70 impulsando los mecanismos necesarios para que el Pueblo Mapuche pudiera vivir en plenitud el arte del buen vivir ‚Äďdel que tanto tenemos que aprender-. Acciones fuertes que generaron estructuras en favor de la defensa de la vida invitando al protagonismo responsable de una fe encarnada, transformadora; esa fe que sabe hacer vida la llamada del Concilio que nos recuerda que ‚Äúlos gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los disc√≠pulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su coraz√≥n‚ÄĚ (7).

Una Iglesia prof√©tica que sabe poner a Jes√ļs en el centro con sinceridad es capaz ‚Äďcomo supo mostrarnos uno de Vuestros pastores- de ‚Äúconfesar que, en nuestra historia personal, y en la historia de nuestro Chile, ha habido injusticia, mentira, odio, culpa, indiferencia. [Y los invitaba a ser] sinceros, humildes y decir al Se√Īor: ¬°hemos pecado contra ti! Pecar contra nuestro hermano, el hombre y la mujer, es pecar contra Cristo, que muri√≥ y resucit√≥ por todos los hombres. ¬°Seamos sinceros, humildes!: ¬°Pequ√© Se√Īor contra ti! ¬°No obedec√≠ a tu evangelio!‚ÄĚ (8). La conciencia consciente de sus l√≠mites y pecados la hace vivir alerta ante la tentaci√≥n de suplantar a su Se√Īor.

Y as√≠ podr√≠amos seguir enumerando muchos fermentos vivos de Iglesia prof√©tica que sabe poner a Jes√ļs en el centro. Pero la invitaci√≥n m√°s grande y fecundamente vital ‚Äďcomo lo he querido subrayar en la reciente Exhortaci√≥n Apost√≥lica recordando a Edith Stein- nace de la confianza y convicci√≥n que: ‚Äúen la noche m√°s oscura surgen los m√°s grandes profetas y los santos; sin embargo, la corriente vivificante de la vida m√≠stica permanece invisible. Los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cu√°les sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisiones de nuestra vida personal, es algo que s√≥lo sabremos el d√≠a en que todo lo oculto ser√° revelado‚ÄĚ (9). El Santo pueblo fiel de Dios, desde su silencio cotidiano, de muchas formas y maneras sigue haciendo visible y testimonia con ‚Äútestaruda‚ÄĚ esperanza que el Se√Īor no abandona, que sostiene la entrega constante y, en tantas situaciones sufriente de sus hijos. El Santo y Paciente Pueblo fiel de Dios sostenido y vivificado por el Esp√≠ritu Santo es el mejor rostro de la Iglesia prof√©tica que sabe poner al centro a su Se√Īor en la entrega cotidiana (10). Nuestra actitud como pastores es aprender a confiar en esta realidad eclesial y a reverenciar y reconocer que en un pueblo sencillo, que confiesa su fe en Jesucristo, ama a la Virgen, se gana la vida con el trabajo, (tantas veces mal pagado), bautiza a sus hijos y entierra a sus muertos; en ese pueblo fiel que se sabe pecador pero no se cansa de pedir perd√≥n porque cree en la misericordia del Padre, en ese pueblo fiel y silencioso reside el sistema inmunitario de la Iglesia.

2. Y que yo disminuya.

Duele constatar que, en este √ļltimo periodo de la historia de la Iglesia chilena, esta inspiraci√≥n prof√©tica perdi√≥ fuerza para dar lugar a lo que podr√≠amos denominar una transformaci√≥n en su centro. No s√© qu√© fue primero, si la p√©rdida de fuerza prof√©tica dio lugar al cambio de centro o el cambio de centro llev√≥ a la p√©rdida de la profec√≠a que era tan caracter√≠stica en Ustedes. Lo que s√≠ podemos observar es que la Iglesia que era llamada a se√Īalar a Aqu√©l que es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn. 14,6) se volvi√≥ ella misma el centro de atenci√≥n. Dej√≥ de mirar y se√Īalar al Se√Īor para mirarse y ocuparse de s√≠ misma. Concentr√≥ en s√≠ la atenci√≥n y perdi√≥ la memoria de su origen y misi√≥n (11). Se ensimism√≥ de tal forma que las consecuencias de todo este proceso tuvieron un precio muy elevado: su pecado se volvi√≥ el centro de atenci√≥n. La dolorosa y vergonzosa constataci√≥n de abusos sexuales a menores, de abusos de poder y de conciencia por parte de ministros de la Iglesia, as√≠ como la forma en que estas situaciones han sido abordadas (12), deja en evidencia este ‚Äúcambio de centro eclesial‚ÄĚ. Lejos de disminuir ella para que apareciesen los signos del Resucitado el pecado eclesial ocup√≥ todo el escenario concentrando en s√≠ la atenci√≥n y las miradas.

Es urgente abordar y buscar reparar en el corto, mediano y largo plazo este escándalo para restablecer la justicia y la comunión (13). A su vez creo que, con la misma urgencia, debemos trabajar en otro nivel para discernir cómo generar nuevas dinámicas eclesiales en consonancia con el Evangelio y que nos ayuden a ser mejores discípulos misioneros capaces de recuperar la profecía.

Esa vida nueva que el Se√Īor nos dona implica recuperar la claridad del Bautista y afirmar sin ambig√ľedad que el disc√≠pulo no es ni ser√° jam√°s el Mes√≠as. Esto nos lleva a promover una alegre y realista conciencia de nosotros mismos: el disc√≠pulo no es m√°s que su Se√Īor. Y por esto mismo, en primer lugar, tenemos que estar atentos a todo tipo o forma de mesianismo que pretenda erguirse como √ļnico int√©rprete de la voluntad de Dios. Muchas veces podemos caer en la tentaci√≥n de una vivencia eclesial de la autoridad que pretende suplantar las distintas instancias de comuni√≥n y participaci√≥n, o lo que es peor, suplantar la conciencia de los fieles olvidando la ense√Īanza conciliar que nos recuerda que ‚Äúla conciencia es el n√ļcleo m√°s secreto y el sagrario del hombre, en el que est√° solo con Dios, cuya voz resuena en lo m√°s √≠ntimo de ella‚ÄĚ (14). Es clave recuperar una din√°mica eclesial capaz de ayudar a los disc√≠pulos a discernir el sue√Īo de Dios para sus vidas, sin pretender suplantarlos en tal b√ļsqueda. En los hechos, los falsos mesianismos pretenden cancelar esa elocuente verdad de que la unci√≥n del Santo la tiene la totalidad de los fieles (15). Nunca un individuo o un grupo ilustrado puede pretender ser la totalidad del Pueblo de Dios y menos a√ļn creerse la voz aut√©ntica de su interpretaci√≥n. En este sentido debemos prestar atenci√≥n a lo que me permito llamar ‚Äúpsicolog√≠a de elite‚ÄĚ que puede traslaparse en nuestra manera de abordar las cuestiones.

La psicolog√≠a de elite o elitista termina generando din√°micas de divisi√≥n, separaci√≥n, ‘c√≠rculos cerrados’ que desembocan en espiritualidades narcisistas y autoritarias en las que, en lugar de evangelizar, lo importante es sentirse especial, diferente de los dem√°s, dejando as√≠ en evidencia que ni Jesucristo ni los otros interesan verdaderamente (16). Mesianismo, elitismos, clericalismos, son todos sin√≥nimos de perversi√≥n en el ser eclesial; y tambi√©n sin√≥nimo de perversi√≥n es la p√©rdida de la sana conciencia de sabernos pertenecientes al santo Pueblo fiel de Dios que nos precede y que ‚Äďgracias a Dios- nos suceder√°. No perdamos jam√°s la conciencia de ese don tan excelso que es nuestro bautismo.

El reconocimiento sincero, orante e incluso de muchas veces dolorido de nuestros l√≠mites es lo que permite a la gracia actuar mejor en nosotros, ya que le deja espacio para provocar ese bien posible que se integra en una din√°mica sincera, comunitaria, y de real crecimiento (17). Esta conciencia de l√≠mite y de la parcialidad que ocupamos dentro del pueblo de Dios nos salva de la tentaci√≥n y pretensi√≥n de querer ocupar todos los espacios, y especialmente un lugar que no nos corresponde: el del Se√Īor. Solo Dios es capaz de la totalidad, s√≥lo √Čl es capaz de la totalidad de un amor exclusivo y no excluyente al mismo tiempo. Nuestra misi√≥n es y ser√° siempre misi√≥n compartida. Como les dije en el encuentro con el clero en Santiago: ‚Äúla conciencia de tener llagas nos libera de volvernos autoreferenciales, de creernos superiores. Nos libera de esa tendencia prometeica de quienes en el fondo s√≥lo conf√≠an en sus fuerzas y se sienten superiores a otros‚ÄĚ (18).

Por ello, y permítanme la insistencia, urge generar dinámicas eclesiales capaces de promover la participación y misión compartida de todos los integrantes de la comunidad eclesial evitando cualquier tipo de mesianismo o psicología-espiritualidad de elite. Y, en concreto, por ejemplo, nos hará bien abrirnos más y trabajar conjuntamente con distintas instancias de la sociedad civil para promover una cultura anti-abusos del tipo que fuera.

Cuando los convoqu√© a este encuentro los invitaba a pedir al Esp√≠ritu el don de la magnanimidad para poder traducir en hechos concretos lo que reflexionemos. Los exhorto a que pidamos con insistencia este don por el bien de la Iglesia en Chile. Recib√≠ con cierta preocupaci√≥n la actitud con la que algunos de Ustedes, Obispos, han reaccionado ante los acontecimientos presentes y pasados. Una actitud orientada hacia lo que podemos denominar el ‚Äúepisodio Jon√°s‚ÄĚ ‚Äď en medio de la tormenta era necesario tirar fuera el problema (Jon√°s 1,4 ‚Äď 16) (19) ‚Äď creyendo que la sola remoci√≥n de personas solucionar√≠a de por s√≠ los problemas (20). As√≠ pasa al olvido el principio paulino: ‚Äúsi el pie dijera: ‘Como no soy mano, no formo parte del cuerpo’, ¬Ņacaso por eso no seguir√≠a siendo parte de √©l?‚ÄĚ (21). Los problemas que hoy se viven dentro de la comunidad eclesial no se solucionan solamente abordando los casos concretos y reduci√©ndolos a remoci√≥n de personas (22); esto ‚Äďy lo digo claramente- hay que hacerlo, pero no es suficiente, hay que ir m√°s all√°. Ser√≠a irresponsable de nuestra parte no ahondar en buscar las ra√≠ces y las estructuras que permitieron que estos acontecimientos concretos se sucedieran y perpetuasen.

Las dolorosas situaciones acontecidas son indicadores de que algo en el cuerpo eclesial est√° mal. Debemos abordar los casos concretos y a su vez, con la misma intensidad, ir m√°s hondo para descubrir las din√°micas que hicieron posible que tales actitudes y males pudiesen ocurrir (24).

Confesar el pecado es necesario, buscar remediarlo es urgente, conocer las ra√≠ces del mismo es sabidur√≠a para el presente-futuro. Ser√≠a grave omisi√≥n de nuestra parte no ahondar en las ra√≠ces. Es m√°s, creer que s√≥lo la remoci√≥n de las personas, sin m√°s, generar√≠a la salud del cuerpo es una gran falacia. No hay duda que ayudar√≠a y es necesario hacerlo, pero repito, no alcanza (25), ya que este pensamiento nos dispersar√≠a de la responsabilidad y la participaci√≥n que nos corresponde dentro del cuerpo eclesial. Y all√≠ donde la responsabilidad no es asumida y compartida, el culpable de lo que no funciona o est√° mal siempre es el otro (26). Por favor, cuid√©monos de la tentaci√≥n de querer salvarnos a nosotros mismos, salvar nuestra reputaci√≥n (‚Äúsalvar el pellejo‚ÄĚ); que podamos confesar comunitariamente la debilidad y as√≠ poder encontrar juntos respuesta humildes, concretas y en comuni√≥n con todo el Pueblo de Dios. La gravedad de los sucesos no nos permite volvernos expertos cazadores de ‚Äúchivos expiatorios‚ÄĚ. Todo esto nos exige seriedad y co-responsabilidad para asumir los problemas como s√≠ntomas de un todo eclesial que somos invitados a analizar y tambi√©n nos pide buscar todas las mediaciones necesarias para que nunca m√°s vuelvan a perpetuarse. S√≥lo podemos lograrlo si lo asumimos como un problema de todos y no como el problema que viven algunos. Solo podremos solucionarlo si lo asumimos colegialmente, en comuni√≥n en sinodalidad.

Hermanos, no estamos aqu√≠ porque seamos mejores que nadie. Como les dije en Chile, estamos aqu√≠ con la conciencia de ser pecadores-perdonados o pecadores que quieren ser perdonados, pecadores con apertura penitencial. Y en esto encontramos la fuente de nuestra alegr√≠a. Queremos ser pastores al estilo de Jes√ļs herido, muerto y resucitado. Queremos encontrar en las heridas de nuestro pueblo los signos de la Resurrecci√≥n. Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en s√≠, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado. Una Iglesia capaz de poner en el centro lo importante: el servicio a su Se√Īor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en el desalojado, en el desnudo, enfermo, en el abusado… (Mt. 25,35) con la conciencia de que ellos tienen la dignidad para sentarse a nuestra mesa, de sentirse ‚Äúen casa‚ÄĚ, entre nosotros, de ser considerados familia. Ese es el signo de que el Reino de los Cielos est√° entre nosotros, es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Se√Īor, y convertida en prof√©tica por vocaci√≥n (27). Hermanos, las ideas se discuten, las situaciones se disciernen. Estamos reunidos para discernir, no para discutir. Renovar la profec√≠a es volver a concentrarnos en lo importante; es contemplar al que traspasaron y escuchar ‚Äúno est√° aqu√≠ ha resucitado‚ÄĚ (Mt. 28,6); es crear las condiciones y las din√°micas eclesiales para que cada persona en la situaci√≥n que se encuentre pueda descubrir al que vive y nos espera en Galilea.

Notas

(1) Cfr. BEATO PABLO VI, Evangelii Nuntiandi, 29.

(2) Santa Teresa de Los Andes, diarios y cartas, 373.376.

(3) Cfr. Homilía y saludo final en la Santa Misa de la Virgen del Carmen y Oración por Chile, campus Lobito- Iquique, 18 de enero de 2018.

(4) Evangelii Nuntiandi, 48; CELAM, Pueba, 400.454; CELAM, Aparecida, 99b. 262-265: EG, 122

(5) SAN ALBERTO HURTADO, Cristo no tiene hogar, Meditaci√≥n en un retiro a se√Īoras el 16 de octubre 1944.

(6) SAN JUAN PABLO II, Novo Millennio ineunte, 49.

(7) CONCILIO VATICANO II, Gadium et Spes, 1.

(8) Cardenal Silva Henr√≠quez, Reconciliaci√≥n de los chilenos, Homil√≠a al terminar el A√Īo Santo, 24 de noviembre de 1974.

(9) Verborgenes Leben Und Epiphanie: GW XI, 145.

(10) Cfr. Gaudete et Exsultate, 6-9.

(11) ‚ÄúTu fama de extendi√≥ entre las naciones, porque tu belleza era perfecta gracias al esplendor con que yo te hab√≠a adornado ‚Äďor√°culo del Se√Īor-. Pero t√ļ te preciaste de tu hermosura y te aprovechaste de tu fama‚ÄĚ. Ez. 16,14-15b.

(12) Es sintom√°tico notar en el informe presentado por la ‚ÄúMisi√≥n especial‚ÄĚ que todos los declarantes, incluso los miembros del Consejo Nacional para la Prevenci√≥n del Abuso de Menores de Edad y Acompa√Īamiento de las V√≠ctimas, han se√Īalado la insuficiente atenci√≥n pastoral prestada hasta el momento a todos los que se han visto envueltos, de un modo u otro, en una causa can√≥nica de delicta graviora.

(13) Cfr. Carta a los se√Īores Obispos de Chile tras el informe de S.E. Mons. Charles J. Scicluna, 8 de abril de 2018.

(14) CONCILIO VATICANO II, Gaudium et Spes, 16.

(15) Cfr. Concilio Vaticano II, Lumen Getium, 12.

(16) Cfr. Evangelii Gaudium, 94

(18) Encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, consagrados/as y seminaristas, Santiago de Chile, 16 de enero de 2018.(17) Cfr. Gaudete et Exsultate, 52.

(19) El mismo Jon√°s se hace cargo de que la tormenta fue provocada por no asumir la misi√≥n que le correspond√≠a y que para liberarse de ella deb√≠an tirarlo al mar. vv 12: ‚Äúlev√°ntenme y arr√≥jenme al mar y el mar se les calmar√°. Yo s√© muy bien que por mi culpa les ha sobrevenido esta gran tempestad‚ÄĚ.

(20) ‚ÄúMuerto el perro se acab√≥ la rabia‚ÄĚ. Igualmente se podr√≠a hablar del ‚Äús√≠ndrome Caif√°s‚ÄĚ: conviene que un solo hombre muera por el pueblo.

(21) 1 Cor. 12, 12.

(22) Porque no se trata solamente de un caso en particular. Son numerosas las situaciones de abuso de poder, de autoridad; de abuso sexual. Y eso incluye el tratamiento que hasta ahora se ha venido teniendo de los mismos.

(23) A modo de ejemplo, en el informe presentado por la ‚ÄúMisi√≥n especial‚ÄĚ muchos de los entrevistados en Sotero Sanz sostienen que parte de la fractura profunda en la comuni√≥n eclesial se arrastrar√≠a en el clero desde el mismo Seminario, viciando lo que deber√≠an ser las relaciones fraternas presbiterales y haciendo part√≠cipe a los fieles de estas Divisiones y fracturas, que termina por da√Īar irremediablemente la credibilidad social y el liderazgo eclesial de los presb√≠teros y de los obispos.

(24) En el informe de la ‚ÄúMisi√≥n especial‚ÄĚ mis enviados han podido confirmar que algunos religiosos expulsados de su orden a causa de la inmoralidad de su conducta y tras haberse minimizado la absoluta gravedad de sus hechos delictivos atribuy√©ndolos a simple debilidad o falta moral, habr√≠an sido acogidos en otras di√≥cesis e incluso, en modo m√°s que imprudente, se les habr√≠an confiado cargos diocesanos o parroquiales que implican un contacto cotidiano y directo con menores de edad.

(25) Nuevamente, en ese sentido, me gustar√≠a detenerme en tres situaciones que se desprenden del informe de la ‚ÄúMisi√≥n especial‚ÄĚ:

1. La investigaci√≥n demuestra que existen graves defectos en el modo de gestionar los casos de delicta graviora que corroboran algunos datos preocupantes que comenzaron a saberse en algunos Dicasterios romanos. Especialmente en el modo de recibir las denuncias o notitiae crimini, pues en no pocos casos han sido calificados muy superficialmente como inveros√≠miles, lo que eran graves indicios de un efectivo delito. Durante la Visita se ha constado tambi√©n la existencia de presuntos delitos investigados solo a destiempo o incluso nunca investidos, con el consiguiente escandalo para los denunciantes y para todos aquellos que conoc√≠an las presuntas v√≠ctimas, familias, amigos, comunidades parroquiales. En otros casos, se ha constado la existencia de grav√≠simas negligencias en la protecci√≥n de los ni√Īos/as y de los ni√Īos/as vulnerables por parte de los Obispos y Superiores religiosos, los cuales tienen una especial responsabilidad en la tarea de proteger al pueblo de Dios.

2. Otras circunstancia an√°loga que me ha causado perplejidad y verg√ľenza ha sido la lectura de las declaraciones que certifican presiones ejercidas sobre aquellos que deb√≠an llevar adelante la instrucci√≥n de los procesos penales o incluso la destrucci√≥n de documentos comprometedores por parte de encargados de archivos eclesi√°sticos, evidenciando as√≠ una absoluta falta de respeto por el procedimiento can√≥nico y, m√°s a√ļn, unas pr√°cticas reprobables que deber√°n ser evitadas en el futuro.

3. En la misma l√≠nea y para poder corroborar que el problema no pertenece a solo un grupo de personas, en el caso de muchos abusadores se detectaron ya graves problemas en ellos en su etapa de formaci√≥n en el seminario o noviciado. De hecho, constan en las actas de la ‚ÄúMisi√≥n especial‚ÄĚ graves acusaciones contra algunos Obispos o Superiores que habr√≠an confiado dichas instituciones educativas a sacerdotes sospechosos de homosexualidad activa.

(26) Eco de esa actitud paradigm√°tica que nos recuerda Gn.3,11-13: ‚ÄúAcaso has comido del √°rbol que yo te prohib√≠‚ÄĚ. El hombre respondi√≥: ‚ÄúLa mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo com√≠ de √©l‚ÄĚ. El Se√Īor Dios dijo a la mujer: ‚ÄúC√≥mo hiciste semejante cosa‚ÄĚ. La mujer respondi√≥: ‚ÄúLa serpiente me sedujo y respond√≠‚ÄĚ. En criollo nos recuerda la actitud del ni√Īo que mira a sus padres y dice: ‚ÄúYo no fui‚ÄĚ

(27) Cfr. Encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, consagrados/as y seminaristas, Santiago de Chile, 16 de enero de 2018.

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