Las repúblicas separatistas prorrusas de Donetsk y Lugansk, cuya independencia reconoció Moscú el lunes, están situadas en la cuenca minera rusófona del Donbás (este de Ucrania) y están fuera del control de Kiev desde 2014.

La guerra entre los separatistas y las autoridades de Kiev ha dejado más de 14.000 muertos.

Las ciudades de Donetsk y Lugansk, en el este de Ucrania, provocan titulares a nivel internacional. Desde 2014, las zonas separatistas han ido siendo progresivamente controladas por Rusia.

Es más que una cesura. Es un quiebre del statu quo. Con el reconocimiento de las regiones separatistas de Donetsk y Lugansk, y sobre todo con el envío de tropas allí, Rusia puso punto final a sus casi ocho años de historia en una situación ambigua. Formalmente, estas regiones son ucranianas y, de facto, estaban bajo control de Moscú.

Las llamadas “repúblicas populares” de Donetsk y Lugansk, que llevan el mismo nombre que sus respectivas capitales, surgieron en 2014 en el este de Ucrania, tras las protestas prooccidentales y el cambio de gobierno en Kiev. Abarcan hoy cerca de un tercio de la región carbonífera de Donbás.

Ambas áreas están marcadas por la industria del carbón y el acero, pero existen entre ellas grandes diferencias. Mientras Lugansk era considerada la región más pobre de Ucrania, la metrópoli de Donetsk era relativamente rica y en 2012 fue una de las sedes del campeonato europeo de fútbol. Desde el estallido de la guerra, millones de personas han abandonado las zonas separatistas. La mayor parte huyó hacia el occidente, en Ucrania, y cientos de miles se fueron a Rusia.

Cómo se llegó a la separación

En el este de Ucrania no hubo mayores movimientos separatistas desde el colapso de la Unión Soviética, en 1991, hasta 2004. En ese año, la llamada “Revolución Naranja” evitó el triunfo del antiguo gobernador de Donetsk, el prorruso Viktor Yanukóvich, en las elecciones presidenciales ucranianas. Su Partido de las Regiones, con bastiones en el este de Ucrania, amenazó con la escisión, pero no llegó a dar ese paso.

En 2010, Yanukóvich logró finalmente llegar a la presidencia y osciló desde entonces políticamente entre Rusia y la Unión Europea. Su repentino vuelco hacia Moscú desató a fines de 2013 y comienzos de 2014 fuertes protestas, que desencadenaron su huida a Rusia. Moscú aprovechó el vacío de poder en Kiev para anexionar Crimea.

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En el este de Ucrania no había una tendencia prorrusa tan fuerte como en Crimea, pero en Donetsk y Lugansk se miraba con mucho escepticismo a los nuevos gobernantes de Kiev. Algunos percibieron la huida de Yanukóvich como una derrota para la región del Donbás. En esa época, los bandos prorruso y proucraniano eran más o menos equiparables. De acuerdo con una encuesta, aproximadamente un 20% de los habitantes de Donetsk estaba dispuesto a dar la bienvenida a las tropas rusas, en calidad de libertadoras. Otro tanto estaba dispuesto a defender a Ucrania.

En la primavera boreal de 2014, en varias ciudades del este de Ucrania fueron ocupadas las sedes de organismos administrativos y fueron asaltadas estaciones policiales para saquear armas. Los impulsores eran ciudadanos rusos que, a todas luces, tenían contactos con los servicios secretos rusos. Entonces se llevaron a cabo “referendos” sobre la separación de Ucrania y se proclamaron las “repúblicas populares”, prorrusas.

El gobierno de Kiev intentó aplacar el levantamiento y su Ejército logró controlar la mayoría de los territorios. Pero, en agosto de 2014, sufrió una derrota en una batalla al sureste de Donetsk, en la que Moscú niega hasta hoy haber intervenido. Esa fue la última acción de combate de mayor envergadura en el este de Ucrania. En los acuerdos de Minsk, de febrero de 2015, se congeló la línea del frente. Desde entonces, militares ucranianos y separatistas prorrusos se escudriñan mutuamente, en medio de un frágil alto el fuego.

Rápida rusificación

En ambas regiones se llevó a cabo, desde el comienzo, una rápida rusificación. Comenzó con la adopción de la moneda rusa y el uso de textos escolares rusos. Se dice que las fuerzas separatistas recibieron también adiestramiento ruso, cosa que el Kremlin niega.

En 2019, Moscú comenzó a repartir pasaportes rusos a la población. De acuerdo con los últimos datos, unos 800.000 ucranianos del este tendrían la ciudadanía rusa. La voluntad de protegerlos es el argumento central que esgrime Rusia para reconocer a las regiones separatistas.

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Kiev las clasificó primero como “organizaciones terroristas”. Posteriormente, el parlamento ucraniano catalogó a Donetsk y Lugansk como “regiones ocupadas”, aunque Rusia fue mencionada como fuerza de ocupación, por primera vez, en 2018. Desde la perspectiva del derecho internacional, ambas regiones son parte de Ucrania.

Hasta hoy, la guerra entre los separatistas y las autoridades de Kiev ha dejado más de 14.000 muertos.

Zona minera y metalúrgica

Donetsk (antes conocida como Stalino) es la principal ciudad de la cuenca minera del Donbás, así como uno de los principales centros metalúrgicos de Ucrania. Tiene una población de dos millones de habitantes.

Lugansk (antes Voroshilovgrado), una ciudad industrial, tiene 1,5 millones de habitantes.

La cuenca del Donbás, fronteriza con Rusia en la orilla norte del Mar Negro, tiene enormes reservas de carbón.

La presencia de rusoparlantes en la región está relacionada con el gran número de trabajadores rusos enviados allí después de la Segunda Guerra Mundial, durante el periodo soviético.

Denis Pushilin, elegido en 2018 en una votación denunciada por Kiev, lidera la autoproclamada República Popular de Donetsk (DNR).

Leonid Pasechnik dirige la autoproclamada República de Lugansk (LNR).

Muchos señores de la guerra y líderes separatistas han muerto en los últimos años en atentados, víctimas de luchas intestinas u operaciones de los servicios especiales ucranianos, según versiones no verificables.

El caso más destacado es el del anterior hombre fuerte de Donetsk, Alexander Zajárchenko, muerto en 2018 en una explosión.