Desde los cerros de la ciudad puerto hasta los grandes debates de Naciones Unidas, la candidatura de Valparaíso al Acuerdo Biodiversity Beyond National Jurisdiction – BBNJ representa mucho más que una decisión administrativa. Es el reconocimiento a una ciudad que ha vivido frente al océano, ha crecido gracias al océano y ha aprendido, durante siglos, a amarlo y protegerlo.
Escribo estas líneas desde Lima, Perú, ciudad que me ha acogido profesionalmente durante los últimos años. Sin embargo, hay distancias que jamás logran imponerse sobre la memoria. Porque uno puede alejarse de Valparaíso, pero Valparaíso nunca se aleja de uno.
Nací en marzo de 1978 y lo primero que vieron mis ojos fue el mar.
No cualquier mar. Fue la inmensa bahía de Valparaíso, contemplada desde los cerros que parecen colgar sobre el océano. Fue ese Pacífico que durante generaciones recibió a miles de familias porteñas en Las Torpederas, Playa Ancha, Portales y tantas otras playas y caletas que forman parte de nuestra historia. Fue el mar que escuché desde niño en el cerro Ramaditas, en la calle Cantú, y que todavía hoy sigue acompañando mis recuerdos.
Desde los cerros de Valparaíso el océano no se observa. Se vive. Se respira en la brisa de las mañanas. Se escucha durante las noches de invierno cuando el viento recorre las quebradas. Se siente en cada pescador que zarpa antes del amanecer desde Caleta Portales, El Membrillo o El Barón. Se encuentra en la mirada de quienes aprendimos que nuestra ciudad no fue construida frente al mar, sino gracias al mar.
Aún recuerdo las madrugadas junto a mi abuelo, comerciante de ajos y cebollas. Bajábamos desde los cerros hacia el Mercado Cardonal cuando gran parte de la ciudad todavía dormía. Allí comenzaba una jornada que luego lo llevaría a abastecer restaurantes, negocios y familias de toda la región. En aquellos recorridos comprendí que Valparaíso era mucho más que un puerto. Era una comunidad unida por el trabajo, la solidaridad y una relación íntima con el océano.
Quizás por eso hoy respaldo con tanta convicción la candidatura de Valparaíso como sede de la Secretaría del Acuerdo sobre la Conservación y Uso Sostenible de la Biodiversidad Marina más allá de las Jurisdicciones Nacionales, conocido mundialmente como Acuerdo BBNJ o Tratado de Alta Mar.
Porque esta candidatura no descansa únicamente en el cariño que los porteños sentimos por nuestra ciudad. Descansa también sobre una historia y una trayectoria concretas.
Chile mantiene el 43% de sus aguas jurisdiccionales bajo algún esquema de protección; fue impulsor, junto a Perú y Ecuador, de la Declaración de Santiago de 1952, uno de los hitos más relevantes en la evolución del Derecho Internacional del Mar; ha desempeñado un papel activo en organismos internacionales vinculados a la gobernanza oceánica y fue uno de los primeros países en ratificar el Acuerdo BBNJ. Todo ello refleja una política de Estado coherente y sostenida en favor de la protección de los océanos.
Pocas ciudades representan con tanta fuerza la vocación marítima de Chile como Valparaíso.
Aquí convergen universidades, centros de investigación, instituciones vinculadas al mar, patrimonio cultural e historia diplomática. Desde este puerto histórico frente al Pacífico, Chile ha señalado que la instalación de la Secretaría del Acuerdo BBNJ convertiría a Valparaíso en la primera sede permanente de un tratado de Naciones Unidas con membresía universal establecida en América Latina.
Pero sería injusto hablar de Valparaíso únicamente desde las cifras.
Valparaíso es emoción, es cultura, es identidad. No es casualidad que haya inspirado a generaciones de artistas. Pablo Neruda eligió esta bahía para construir La Sebastiana y contemplar desde allí uno de los paisajes más extraordinarios del mundo. Gabriela Mistral reconoció en el mar chileno una fuente permanente de inspiración y reflexión sobre nuestra identidad.
El inolvidable Osvaldo “Gitano” Rodríguez convirtió a Valparaíso en un himno nacional del sentimiento porteño. Y está también la figura inmensa de Eduardo “Gato” Alquinta, hijo de esta ciudad y alma fundadora de Los Jaivas. Nacido en Valparaíso, llevó consigo el espíritu libre, creativo y oceánico de sus cerros, convirtiéndolo en parte esencial de la banda más influyente de la música chilena.
También pienso en el querido Lucho Barrios, peruano de nacimiento y profundamente querido en Chile, cuya interpretación ayudó a mantener viva una de las canciones más emblemáticas dedicadas a Valparaíso.
Pienso en los cerros Alegre, Concepción, Barón, Los Placeres, Cordillera y Playa Ancha.
Pienso en el Mercado Cardonal.
Pienso en la Escuela Naval.
Pienso en el Cementerio N° 3 de Playa Ancha, cuyos muros observan el océano como guardianes silenciosos de la memoria porteña.
Pienso en la partida de la Esmeralda, nuestra Dama Blanca, cuando abandona lentamente la bahía llevando el nombre de Chile por el mundo.
Y cómo no pensar también en los perros del puerto. Esos compañeros silenciosos que recorren libremente las escaleras, plazas, ascensores y miradores de Valparaíso. Perros que parecen conocer cada rincón de los cerros mejor que cualquier mapa. Perros que acompañan a estudiantes, comerciantes, pescadores y turistas, convirtiéndose en parte del paisaje humano de la ciudad. Son guardianes informales de una identidad única, tan porteños como los ascensores, los trolebuses o las fachadas multicolores. Quienes nacimos en Valparaíso sabemos que esos nobles habitantes de cuatro patas también forman parte de la memoria afectiva de la ciudad y de ese espíritu libre, solidario y acogedor que distingue a sus habitantes.
Vuelvo a la avenida Argentina de los años ochenta. A su feria interminable, al Persa de aquella época y al mercado de las pulgas, donde para un niño porteño cada fin de semana era una aventura y una escuela de vida. Entre libros usados, discos de vinilo, monedas antiguas, herramientas, juguetes y objetos llegados desde los más diversos rincones del mundo, uno comprendía que Valparaíso era mucho más que un puerto: era una ciudad donde el mundo entero parecía encontrarse.
Vuelvo también a la Plaza Victoria, corazón de tantas tardes familiares, con sus árboles centenarios, sus palomas y sus bancos ocupados por estudiantes, jubilados, enamorados y soñadores. Y vuelvo a la calle Condell, histórica arteria comercial del puerto, donde convivían librerías, cafés, tiendas tradicionales y personajes que parecían extraídos de una novela.
Vuelvo al sonido inconfundible del organillero recorriendo las calles acompañado de sus loritos de la suerte; al chinchinero haciendo bailar el barrio entero con su tambor y sus platillos; al burrero que subía los cerros vendiendo coquitos de palma puerta a puerta; al camión del gas anunciando su llegada desde la distancia; al aroma irresistible del pan batido recién horneado que escapaba de las panaderías porteñas; y al perfume de las empanadas de pino y los mariscos frescos que emergía desde mercados, cocinerías y caletas. Allí se cruzaban marinos, pescadores, comerciantes, artistas, trabajadores y estudiantes, componiendo esa extraordinaria diversidad humana que ha dado identidad a Valparaíso durante generaciones. Porque Valparaíso no se construyó únicamente con muelles, ascensores y cerros; se construyó también con sonidos, aromas, encuentros e historias compartidas que permanecen grabadas para siempre en la memoria de quienes tuvimos el privilegio de crecer en sus calles.
Y pienso en miles de porteños que, como yo, viven hoy lejos de su ciudad, pero que continúan sintiendo que una parte de su corazón permanece para siempre junto a ese mar.
Por eso quiero invitar a todos los chilenos a respaldar esta candidatura.
Y también a la comunidad internacional.
Porque si el Tratado de Alta Mar busca proteger aquello que pertenece a toda la humanidad, entonces no existe mejor lugar para albergar su Secretaría que una ciudad que ha aprendido durante siglos a amar, respetar y vivir junto al océano. Valparaíso no sólo merece ser la sede del Acuerdo BBNJ. Valparaíso nació para serlo.
Hoy, desde Lima, vuelvo a mirar con los ojos de aquel niño que creció en Ramaditas contemplando la bahía. Vuelvo a escuchar las sirenas de los barcos, el eco de los ascensores, el canto de las gaviotas y el rumor eterno del viento y las olas golpeando el puerto. Y entonces comprendo que esta candidatura no pertenece a un gobierno, a una institución o a una generación. Pertenece a todos los chilenos y por cierto a aquellos que amamos Valparaíso.
Pertenece al pescador que sale antes del amanecer. Al estudiante que sube los cerros. Al marino que parte en la Esmeralda. Al porteño que vive en ese cerro, o en cualquier rincón del mundo llevando a Valparaíso en el corazón. Por eso, cuando Naciones Unidas deba decidir dónde establecer el hogar del Tratado de Alta Mar, espero que escuche algo más que argumentos diplomáticos. Espero que escuche la voz de una ciudad que durante siglos ha vivido abrazada por el océano.
Asi las cosas, desde Ramaditas al mundo, levanto mi voz para decirlo con orgullo de porteño y de chileno: Valparaíso no solo merece ser la sede del Acuerdo Biodiversity Beyond National Jurisdiction – BBNJ. Valparaíso nació para cuidar el océano del planeta.
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