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Viernes 16 agosto de 2019 | Publicado a las 12:06
¬ŅQu√© hace un haitiano en Tijuana con un gorro de la U?
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Hace algunos días Javier, un amigo que está radicado en Seattle, me escribió para mostrarme un artículo en un periódico local.

– ¬ŅQu√© te llama la atenci√≥n en esta foto? -pregunt√≥.

La imagen revelaba dos oscuridades. Una, la piel de las personas en ellas, migrantes haitianos. Otra, el local de comidas donde se reunían, un restaurante empobrecido que habían abierto en la ciudad mexicana de Tijuana, fronteriza con EEUU. Sin embargo el detalle era evidente: una de ellas, casi fuera de foco, se abrigaba con un gorro del club Universidad de Chile.

¬ŅC√≥mo lleg√≥ ese gorro ah√≠? Aunque el reportaje del Seattle Times no da detalles precisos sobre los protagonistas de la foto, relata que “miles de haitianos han migrado a Tijuana y se est√°n estableciendo all√≠ en los √ļltimos a√Īos”, muchos, en espera de una oportunidad para ingresar a Estados Unidos. Ya son cerca de 3.000.

Seattle Times
Seattle Times

Haciendo desde ya las bromas para dejarlas aparte (s√≠, haitianos colonizan M√©xico y la U a√ļn no tiene estadio), existe la posibilidad de que ese gorro se haya enviado como ropa de ayuda desde Chile hacia Hait√≠. Javier tiene otra teor√≠a.

“Supervivencia. Lo que me dice la foto es que hicieron el viaje a Chile y no les fue bien, as√≠ que ahora est√°n en Tijuana”.

Para mi amigo, el tema es muy cercano. Es uno de los m√°s de 126.000 chilenos registrados que migraron a Estados Unidos. Y aunque √©l viaj√≥ voluntariamente, invitado por una empresa importante y con buenas perspectivas, tambi√©n extra√Īa su tierra y a quienes dej√≥ atr√°s. Por eso le afecta a√ļn m√°s ver a personas que no les queda otra alternativa m√°s que abandonar sus hogares.

“Es entendible que arrancaron de sus pa√≠ses. Que el instinto de supervivencia les lleva a intentarlo una y otra vez, que han tenido que soportar condiciones inhumanas para estar en un lugar mejor. Imagina la cantidad de tiempo que vienen viajando”, me dice.

En Chile nos hemos acostumbrado a ver a los haitianos como parte del paisaje. No son como los venezolanos, colombianos, peruanos o dominicanos que llegan hasta nuestro país. A ellos los separa la barrera del color de piel. Del idioma. Del clima. De la cultura. Los vemos tarareando canciones para darse alegría, o mirando desde abajo -pese a su altura- con una mezcla de sumisión y temor.

Viven en una burbuja permanente, sabiendo que “no son como nosotros”.

Sus caminos en Chile no siempre son de √©xito. Las mismas barreras suelen dejarlos en trabajos duros, de aseo, transporte o construcci√≥n. No pocas veces son mantenidos en condiciones inhumanas incluso por otros migrantes, quienes se aprovechan de su precariedad. Nuestro gobierno ya ha “ayudado” a regresar a 1.200 de ellos, y otros 16.000 est√°n en riesgo de ser expulsados debido a la incompetencia de su propio gobierno, que no es capaz de proveerles la documentaci√≥n necesaria para regularizar su residencia. Otros vinieron a encontrar la muerte tratando de abrigarse.

Y entonces, “¬Ņpara qu√© vienen?”, se preguntan algunos en comentarios.

El Ping√ľino
El Ping√ľino

Quiz√° lo preguntamos porque en Chile casi no conocemos el hambre. No, no me refiero al hambre que nos da cuando pasamos de largo del almuerzo o porque estamos en dieta tratando de bajar nuestro sobrepeso. Me refiero a la verdadera hambre. Esa que afecta a casi la mitad de los haitianos (49,3%) y que la FAO define como “un consumo de alimentos insuficiente para llevar una vida activa y saludable”.

En comparación, Chile tiene apenas un 2,7% de su población subalimentada, uno de los índices más bajos de Latinoamérica junto a Uruguay, Brasil y Cuba.

Statista
Statista

Hablamos de un hambre que no permite trabajar o estudiar normalmente. Que mina tu salud. Que no permite progresar. Hambre de la que sólo queda un camino cuando te afecta a ti y a tu familia: escapar.

S√≠, a los chilenos nos tom√≥ por sorpresa esta ola migratoria. Hemos tenido que abrir la mente y el coraz√≥n a decenas de culturas diferentes a la nuestra, compartiendo lo que tenemos. En muchos casos ha significado tener que adaptarnos, pero tambi√©n enriquecernos con nuevas maneras de trabajar y de ver la vida, pese a la adversidad. No en vano, el alto comisionado para los refugiados de la ONU, Filippo Grandi, destac√≥ este jueves que los chilenos “merecen reconocimiento por su actitud positiva, contrario a la xenofobia vista en otros pa√≠ses de la regi√≥n”.

La respuesta no está en cerrar las puertas, sino en el orden. Chile debe mejorar sus procesos de revisión de antecedentes y de migración. Sin embargo, al mismo tiempo debe preocuparse del impacto que las poblaciones migrantes producen en nuestra propia comunidad, desde el empleo hasta lograr una verdadera integración social, que nos los margine permanentemente como ciudadanos de segunda categoría.

Es entonces cuando pasamos de ser un país, a una nación.

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