VER RESUMEN
Estudiantes y académicos de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile trabajaron junto a habitantes y autoridades de Collelungo, aldea medieval italiana, en propuestas para mejorar el desplazamiento y la accesibilidad. La experiencia, basada en observar, caminar y dialogar con la comunidad, planteó que el conocimiento se construye de forma colectiva y situada, y que la universidad pública debe vincularse con la sociedad sin imponer una transferencia unilateral de saberes.
Collelungo es una pequeña aldea medieval, aproximadamente del año 1200 D.C., situada en La Sabina, provincia de Rieti, en el centro de Italia.
Collelungo es una pequeña aldea medieval, aproximadamente del año 1200 D.C., situada en La Sabina, provincia de Rieti, en el centro de Italia.
Por Andrés Torres G.
Bochum, Alemania, 5 de noviembre de 2026
Recientemente allí, durante algunas semanas, estudiantes y profesores de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile trabajaron junto con la comunidad local abordando problemas arquitectónicos concretos en torno al desplazamiento y accesibilidad en el poblado.
Esta experiencia se inscribe en la tradición de la formación arquitectónica de workshops internacionales. En este caso, adquirió una densidad particular por la forma en que articuló universidad, territorio, comunidad y saberes diversos.
Por ello, lo ocurrido en Collelungo abre campo para detenerse y observar cuestiones que trascienden al propio ejercicio arquitectónico. Esta experiencia abre la posibilidad de repensar la idea misma de universidad y las maneras en que ésta establece, sostiene y transforma su relación con la sociedad.
Estudiantes, profesores, autoridades locales y comunidad
En este encuentro formativo confluyeron, por un lado, estudiantes y profesores. Entre ellos, el exrector de la Universidad de Chile y exembajador de Chile en Italia Ennio Vivaldi; el profesor titular y Consejero Internacional de ICCROM Lorenzo Berg; la coordinadora del Magíster en Intervención del Patrimonio Arquitectónico -programa recientemente re-acreditado por cinco años por la Comisión Nacional de Acreditación-, Cecilia Wolff; y el subdirector del Departamento de Arquitectura de la FAU, Diego Vallejos.
Por otro lado, estuvo la comunidad local y sus autoridades encabezada por el alcalde Cosimo Mastrorocco. También el urbanista de la Universidad de La Sapienza Paolo Colarossi y el Presidente del Colegio de Arquitectos de Rieti, Fabrizio Miluzzo.
Además, se sumaron arquitectos que desarrollan sus vidas y trayectorias profesionales fuera de esa universidad y también fuera de Chile: Renato Vivaldi, residente en Italia y gestor central de esta experiencia; Barbara Lyon; Jorge Lobos, radicado en Dinamarca; y Jorge Brunetto y Andrés Torres, residentes en Alemania. Todos ellos se incorporaron desde experiencias profesionales, territoriales y académicas diferentes, pero que trabajaron en problemas compartidos.

Convergencias, conocimiento y universidad
Esta convergencia de orígenes y prácticas produjo que la universidad se abriera a otros territorios y su quehacer dejara de coincidir estrictamente con sus edificios y sus fronteras académicas.
El encuentro con Collelungo supuso también entrar en otra temporalidad, marcada por la densa historia de una aldea medieval. Por ello, esta experiencia debe ser mirada con atención. Especialmente hoy dado que las universidades atraviesan un momento complejo a raíz de la crisis de generación de conocimiento en nuestras sociedades. Históricamente la universidad ha tenido la responsabilidad de originarlo, organizarlo y validarlo.
En ello, la crisis de la universidad contemporánea puede entenderse como una creciente separación entre los tiempos, procedimientos y métricas institucionales de producción y validación académica y los procesos sociales, territoriales y humanos desde los cuales el conocimiento adquiere relevancia.
Descentrar la universidad
El rol social de la universidad pública es multidimensional y reviste complejidad. Más en un contexto en el que la propia idea de lo público se encuentra en extremo tensionada.
Entre otros aspectos, durante décadas se instaló una determinada forma de entender la relación entre universidad y entorno a través de la “extensión universitaria”. En ella ha primado muchas veces la idea de una universidad que produce conocimiento y posteriormente lo transfiere hacia la sociedad.
Sin embargo, la experiencia situada redefine esa lógica. El conocimiento también se produce en relación con las condiciones históricas, sociales, culturales y políticas de los lugares. Examinarlo supone decidir qué problemas se consideran relevantes, qué voces son escuchadas y qué formas de vida adquieren legitimidad. En ese sentido, producir conocimiento es también participar de un proyecto social.

Historia y saberes
Cuando los estudiantes de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile llegaron a Collelungo, el lugar se presentó ante ellos con una profundidad histórica difícilmente comparable con la experiencia urbana chilena.
También estaban sus habitantes, sus problemas cotidianos, su memoria, sus acuerdos y desacuerdos. Y, también, las expectativas que generó la llegada de un grupo de jóvenes estudiantes chilenas (a saber, catorce mujeres y un hombre). En este encuentro, una primera constatación fue observar que el territorio no esperaba a la universidad para comenzar a producir conocimiento.
Esta premisa permitió que la universidad, como institución, entrara en diálogo con saberes ya existentes, construidos desde la experiencia acumulada por siglos y expresados a través de la vida cotidiana del lugar. Por ello el valor de la experiencia en Collelungo. Allí se encuentre uno de los sentidos más profundos del carácter público de una universidad: su capacidad de reconocer, adaptarse y ponerse en relación con la sociedad sin convertir inmediatamente esa relación en una transferencia unilateral de conocimiento.
Universidad de Chile y lo público
En esta perspectiva, desde su fundación, la Universidad de Chile ha participado en la construcción misma de lo público. Ha formado parte del proceso mediante el cual la República chilena configuró sus instituciones, sus saberes y su vida cultural. Pero esa historia no debería considerarse únicamente como patrimonio institucional. Debe actualizarse.
En momentos de transformaciones sociales, políticas y tecnológicas profundas, una universidad pública necesita preguntarse continuamente qué significa ser pública.
Significa formar profesionales, sin duda. También investigar. Pero significa, además, participar intelectualmente de las incertidumbres de su tiempo. En este aspecto, salir de la universidad puede ser una forma de volver a ella. De volver a preguntarse por qué existe y, sobre todo, por la forma en que ella mantiene vigencia social.
La crisis del conocimiento
Vivimos en un tiempo de información en extremo abundante, circulación acelerada de contenidos y creciente dificultad para distinguir entre conocimiento fundado, opinión, repetición y apariencia de certeza. La emergencia de la inteligencia artificial forma parte de este escenario, pero no lo agota.
El problema tiene mayor profundidad y probablemente se relacione -a propósito de otra crisis, la de legitimidad de las instituciones- con la pérdida de mediaciones. Y con una creciente distancia con la experiencia concreta desde la cual el conocimiento adquiere densidad y sentido.
En este contexto, la universidad tiene una responsabilidad decisiva al mostrar con claridad cómo se construye aquello que consideramos conocimiento. El trabajo desarrollado en Collelungo resulta especialmente sugerente en este punto.

Una realidad concreta, específica
Las estudiantes de arquitectura llegaron a un territorio que no era abstracto, ni estaba disponible como una tabula rasa. Había una comunidad, una historia, una topografía, una memoria productiva y una serie de relaciones ya construidas. Las propuestas arquitectónicas que las estudiantes desarrollaron debieron nacer de esa condición.
Además, metodológicamente, hubo una propuesta especialmente significativa: el uso exclusivo de lápiz y papel. Ello desaceleró el proceso proyectual, obligó a observar con mayor atención. También devolvió al dibujo su condición de herramienta de pensamiento en torno a una aldea medieval y sus actuales problemáticas.
Caminar, conversar con los habitantes del lugar, fue parte central de la manera en la cual abordaron el encuentro con la comunidad. También lo fue hacerlo con las autoridades locales y confrontar las primeras ideas proyectuales con profesionales provenientes de distintas trayectorias.
El conocimiento se construye con otros
Esta experiencia dialoga directamente con una idea central del educador Paulo Freire: el conocimiento se construye en relación con otros y con la realidad que se habita. De ahí que el conocimiento no puede entenderse como algo que unos depositan en otros. Se construye en diálogo con la realidad y con quienes moran en ella.
Desde esa perspectiva, la comunidad de Collelungo no fue reducida al papel de beneficiaria o destinataria de una propuesta universitaria. La experiencia y la vida cotidiana de los habitantes formaron parte del proceso mismo mediante el cual el problema que las estudiantes abordaron se volvió comprensible.
Ahí se evidencia una cuestión central para la universidad pública: exige también aceptar que el saber universitario no se fortalece cuando se encierra sobre sí mismo, sino cuando es capaz de contrastarse con otros saberes y otras experiencias.
El trabajo desarrollado en Collelungo dio cuenta que producir conocimiento puede ser una práctica colectiva y situada. El conocimiento emergió precisamente en la relación entre estudiantes y habitantes y, en eso, la arquitectura abordada en clave antropológica tiene mucho que decir. Porque conocer al otro y reconocer su experiencia vuelve a situar lo humano en el centro de una sociedad que necesita urgentemente reconstruir sus vínculos.
Quizás esa sea una de las tareas más relevantes para la universidad en tiempos de incertidumbre: recuperar su capacidad para construir espacios donde distintas formas de saber puedan encontrarse humanísticamente, ser discutidas y sometidas a crítica. Precisamente allí es donde la universidad conserva una función socialmente insustituible.

Volver a la universitas
La experiencia de Collelungo produjo una comunidad de conocimiento. En esa convergencia, la universidad parece volver, curiosamente, a una de sus raíces: la universitas. El término remitía, originalmente, a una comunidad, a un cuerpo de personas reunidas alrededor de una actividad y unos intereses comunes.
La universidad fue comunidad, antes de transformarse en el complejo aparato institucional que conocemos hoy. En esta realidad es donde el rol público de la universidad se actualiza.
Vivimos un tiempo atravesado por crisis ambientales, desigualdades territoriales, crisis migratorias, profundas transformaciones tecnológicas y una creciente dificultad para sostener el valor de la democracia y el estado de derecho. En ese escenario, resulta improcedente que la universidad, como institución que posee la potestad en la creación y validación de conocimiento, responda confinándose en sus propios procedimientos.
Abrirse, entonces, no es para la universidad un gesto de extensión, sino una condición epistemológica, así como una condición de su propia legitimidad. El conocimiento público conserva su potencia cuando se deja interpelar por la sociedad de la que forma parte.

Bello y Domeyko
En este punto resulta inevitable volver, aunque sea brevemente, a Andrés Bello e Ignacio Domeyko. No para para idealizar una universidad del siglo XIX que nació dentro de una sociedad profundamente desigual y de un proyecto de república que también produjo sus propias jerarquías de conocimiento.
En Bello aparece con fuerza la idea de una universidad comprometida con los problemas de la naciente república y con la construcción de una cultura pública. Posteriormente, Domeyko, siendo muy católico -lo cual encuentra un inesperado eco contemporáneo en la reciente Magnifica Humanitas de León XIV y su llamado a mantener lo humano en el centro del desarrollo tecnológico-, introduce una exigencia: el conocimiento debe contrastarse con la experiencia, con la observación, con la investigación y con los problemas concretos del territorio.
Leídos hoy, ambos permiten reconocer una tensión que sigue abierta y particularmente vigente. La universidad pública no puede limitarse a transmitir información, ni puede reclamar para sí el monopolio del conocimiento. Su responsabilidad consiste también en someter aquello que sabe a prueba, ponerlo en discusión y construir las condiciones para que ese conocimiento pueda iterar, críticamente, con la sociedad.
La función pública de la universidad quizá vuelva a evidenciarse precisamente allí: crear las condiciones para que una sociedad pueda preguntarse, discutir, verificar y construir colectivamente aquello que considera relevante, fundado y compartido.
Tal vez eso sea, simplemente, volver a la universitas.
Andrés Torres G.
Núcleo de Investigación del Sur – NUDISUR
Enviando corrección, espere un momento...