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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Ana Rosas Mantecón, investigadora mexicana especializada en públicos de cine y políticas de acceso cultural, fue invitada especial al 1° Encuentro de Exhibidores Independientes de Cine de Chile, organizado por la Red de Salas de Cine. Durante el evento, celebrado los días 26, 27 y 28 de agosto, se discutió sobre la diversidad del cine latinoamericano y su capacidad para conectar a los espectadores con historias compartidas. Se abordó el impacto de plataformas como Netflix en la visibilidad de producciones regionales, destacando la necesidad de regular el acceso a contenidos diversos. Además, se reflexionó sobre los cambios en los pactos de consumo cinematográfico, influenciados por la digitalización y el consumo en dispositivos móviles.

Ana Rosas Mantecón, investigadora mexicana especializada en públicos de cine y políticas de acceso cultural, estuvo en Chile. Fue invitada especial del 1° Encuentro de Exhibidores Independientes de Cine de Chile, realizado por la Red de Salas de Cine. Realizado entre 26, 27 y 28 de agosto pasado, contó con representantes de salas de gran parte del país.

En este contexto, conversamos con Ana Rosas Mantecón.

¿Qué caracteriza el cine latinoamericano?

Yo creo que la diversidad, sin ninguna duda. Cuando decimos cine latinoamericano, cine chileno o cine mexicano, en realidad lo que tú ves es una diversidad de géneros, de historias.

Cuando decimos que al público chileno no le gusta el cine chileno, en realidad es una ficción. Porque ni existe un solo tipo de público, ni existe un solo tipo de cine. Todo lo que hemos estado conversando nos muestra esa diversidad…

En esa diversidad, hay sustrato que lo une, o que lo hermana. ¿Qué hace que yo pueda ver una película mexicana, paraguaya, de Brasil, o usted una chilena, etcétera, y que a que uno le resuene?

Nos resuena porque hay elementos comunes, sin lugar a dudas. Que tocan a los públicos de maneras muy distintas, pero hay algo que siempre uno dice esa es nuestra historia.

La historia del colonialismo, la manera en la que se sometieron a los grupos indígenas, por ejemplo. Creo que ahí hay mucho de ese sustrato común de América Latina. Dentro de estos cines nacionales, un tema común es, justamente, las maneras contemporáneas de vivir estas nuevas situaciones en América Latina. Que se van actualizando.

Hubo en México, por ejemplo, una gran discusión porque el presidente pasado, López Obrador, exigió a España que nos pidiera perdón. La gente iba y venía en la discusión, si nos debían o no pedir perdón por la colonización. Y muchos empezamos a decir, bueno, pero el colonialismo no terminó, hay muchas formas actuales de colonialismo, que se van actualizando…

Algo que me gusta, cuando me acerco a estos distintos cines, es descubrir estas formas diferentes de dar sentido a nuestro mundo contemporáneo. Algo que en general es en diálogo con la memoria, con formas distintas que tenemos de ser latinoamericanos.

Pensaba en Un poeta, una película reciente de Colombia. Lo que uno ve ahí son los distintos mundos que conviven en una ciudad como Bogotá. El mundo de los poetas, sus propias batallas internas, la división social brutal, el clasismo. Es muy fresca.

Hay muchas películas que empiezan a hacerse un lugar. Buena parte de estos estereotipos, como que el cine chileno es solo de dictadura o el cine mexicano es solo de narcotráfico, son absurdos, no tienen nada que ver. Cada vez más, uno ve estos pequeños cines que nos hablan de esas muchas américas latinas que no se tocan, que se discriminan. Películas que van actualizando la complejidad en nuestras realidades que, además, están cambiando aceleradamente.

Los colonos, de Felipe Gálvez

El cine latinoamericano tiene, por un lado, el tema machista, la ausencia del padre, o del hombre aislado. Creo que la guitarra, de la música es importante. Y, ahora, de la mujer, como protagonistas como directoras.

Sí, hay una reaparición, en muchas ciudades de América Latina, en muchas ciudades medias, pueblos los hombres están migrando. Entonces, en México, por ejemplo, hay zonas enteras, donde en los pueblos hay viejos, mujeres y niños. El cine va mostrando esa realidad.

Por ejemplo, Nudo Mixteco, de Ángeles Cruz. Son historias de mujeres muy contemporáneas. Mujeres que se enfrentan a su sexualidad, a la violencia machista, de sus propias familias, porque no es solo la violencia externa. Y el mundo indígena, no como un mundo puro e incorruptible. Van mostrando estas américas latinas violentas, vitales, porque hay una enorme vitalidad.

¿Cómo crees que Netflix, el streaming y este consumismo productos audiovisuales está afectando al cine latinoamericano?

El gran problema de las películas que muestran es que predominan las visiones de América Latina que son las más mercantilizables. Entonces, pareciera que el cine mexicano es el cine de narcos, lo que es totalmente injusto. En México hay una diversidad de producciones contemporáneas que muestran realidades muy distintas.

Pienso en Moscas, de Fernando Eimbcke. El dirigió Temporada de Patos (2004), una película maravillosa, una delicia, que tiene humor. Moscas es la última, y es otro México, muy contemporáneo, muy diverso.

El gran problema con las plataformas es que hay muy pocas posibilidades de que nosotros lleguemos a esas otras películas. Por la manera en la que operan los algoritmos. Hace poco vi un estudio que mostraba cuántos clicks había que dar para llegar a una de estas películas en América Latina. Es muy difícil que tú llegues. Aún si dijeras, quiero ver cine mexicano, te presenta primero esto y esto otro…

Yo busco en Netflix por país, y me aparece un altísimo porcentaje de películas que no son lo que he pedido…

Claro, y es muy injusto. Porque el cine, por ejemplo, que nos aparece de Colombia es un cine que vende ese estereotipo, de que todos son narcos.

A eso va un poco a mi pregunta, estamos inmersos en un consumismo tipo comida chatarra. Que sabemos que nos hace mal, pero se sigue consumiendo. Eso pasa con algunas series, que son adictivas. Y con el cine, donde se repiten las mismas historias, que uno ya sabe cómo se va a resolver, etcétera..

Creo que ese es el gran problema. La Unión Europea logró imponer que haya una cuota. ¿Cuál es la dificultad para regular, por ejemplo, el porcentaje de películas nacionales o regionales que una de estas plataformas tiene? El gran problema es que pueden poner efectivamente el 30% de películas europeas en su catálogo en Europa. Pero si el algoritmo no las muestra, es muy difícil que llegues a ellas.

Entonces, es una legislación compleja porque tiene que regular no solo cuotas, sino también los clics que hay que dar para llegar a ellas Y el gran problema es que toda la información sobre el comportamiento de los públicos no es pública.

Lo que es aberrante.

En Europa solo han logrado obligarlos a dar información sobre las inversiones. Pero todo este saber, cada vez más sofisticado, sobre las dinámicas de los públicos está absolutamente en sus manos. Muchas de las políticas culturales se hacen a oscuras…

La información de cuánta gente ha visto una película, cuánto de ella, en qué países, horarios, perfiles de las personas… todo eso solo lo saben las plataformas. Además, como en el caso de Netflix, producen cine, lo que es competencia desleal.

La situación paradójica es que la digitalización también nos ha permitido acercarnos a otros canales de circulación y a una cierta formación cinematográfica, como público. Hay maneras de moverse en ese entorno digitalizado, no son masivas, se requieren una alfabetización audiovisual importante, pero hay otros canales.

Antes de la digitalización, esos canales eran prácticamente inexistentes. Solo la piratería ofrecía la posibilidad de que tú te acercaras a este otro mundo de producción latinoamericana.

Pero en Latinoamérica, la piratería en ese sentido era fantástica. Nos hacía llegar una cantidad de cine de extraordinaria calidad.

Además, los vendedores eran, porque están desapareciendo, formadores de público. Uno llegaba y decías qué me recomienda… y había un conocimiento de los directores, de su producción, de lo que podía gustarte a ti que ya te conocían como comprador.

En México, por ejemplo, era genial, hacían sus propios trailers. Películas que eran en blanco y negro, con Gael García, las tenían para que tú te llevaras. Pero había gente que tenía una gran reserva frente al cine en blanco y negro, con el prejuicio de que es aburrido, que va a ser viejo. Bueno, yo llegué a ver trailers en color de películas que eran en blanco y negro. Eso era un conocimiento de sus públicos muy sofisticado.

Ahora, hay otras formas de piratería digital. Los jóvenes, que tienen una mayor alfabetización audiovisual, pueden llegar a esos cines, que empiezan a circular en otros circuitos. No son los circuitos masivos.

Nudo Mixteco, de Ángeles Cruz

Pero hemos perdido la información de ese vendedor de cine pirata, del que estaba en la sala de cine proyectando. Esa información hoy la tiene en la plataforma.

Es un fenómeno más amplio. ¿Qué trajo la digitalización? Trajo la posibilidad de que, como públicos, nos acerquemos directamente a las ofertas sin los grandes mediadores. Ganamos la posibilidad de ese contacto más amplio, pero perdimos, por ejemplo, a los críticos de cine, que eran grandes mediadores, o los vendedores piratas, nuestros críticos particulares.

Tú hablas del rito del cine, que tiene que ver con ciertos acuerdos. Sin embargo, hace ya muchos años, el cine es comida, son celulares, entonces ¿qué hacer ahí? Con los ruidos, el olor de la comida, las pantallas de celulares que distraen…

Yo hablé en el taller que di de los pactos de consumo. El cine inaugura un nuevo pacto de consumo de entretenimiento. El cine nos pide que nos sentemos junto a alguien que no conocemos, en la oscuridad, en silencio y con una mirada atenta.

Este pacto tardó mucho tiempo en imponerse. Y hay diferencias nacionales, y de clase también, que fueron definiendo la manera en que los públicos negociaban cómo se relacionaban con las películas en estos espacios.

Por ejemplo, en Cuba el silencio nunca formó parte del pacto, ni siquiera en los festivales de cine de arte. Uno puede ver a la gente hablando, comentando, discutiendo en la sala. Eso forma parte de la cotidianidad de los públicos cubanos.

Hubo también diferencias de clase, en las salas más elegantes se fue imponiendo este pacto de una manera mucho más aceptada. Incluso, a nivel nacional, como fue el caso de Argentina, a mí me impresiona. Cuando vas a una sala argentina no se oye nada. La gente aprendió esa manera de ver cine.

Pero uno puede ver, al mismo tiempo, las crónicas de cómo eran los cines de barrio, por ejemplo. Y también había las guerras entre los jóvenes de secundaria que iban en la parte de arriba, y molestaban a los de abajo. De alguna manera, es un pacto que siempre ha tenido ese margen de negociación.

Voy poco a las salas más comerciales, pero me impresiona la dimensión de la comida. O sea, hay unas charolas que ocupan la mitad de mi espacio. Está pactado de alguien se sirva esa cantidad y no pare de comer. No estoy tan segura de que eso impide el disfrute. Son otras formas de disfrute.

De hecho, siempre ir al cine ha estado asociado con tomar algo, comer las palomitas, los pochoclos o como les digan en los distintos lugares. Han sido, muchas veces, el recurso de subsistencia para las salas.

Nunca se han visto tantas películas como en la actualidad, pero se ven en el ámbito privado. No es solamente el doméstico, porque ahora las estadísticas muestran que hay muchísimas personas que ven películas en sus teléfonos móviles, en el transporte, en los parques.

¿Qué impacta eso? Pues que cada vez, si el 60 o el 80% de las películas que yo veo, las veo en mi casa o en el espacio público, hablando, parado, cada vez es más difícil que haya públicos que acepten callarse, mirar atentamente, no responder sus llamadas, porque eso ocurre todo el tiempo. Es la manera en la que los pactos se van modificando. Eso no necesariamente impide el disfrute, pero ciertamente cambian las formas.

Desde luego yo creo que no es solamente la mirada atenta en términos de que no hables, del silencio, de la oscuridad, sino también nuestra capacidad de poner atención.

Que eso tiene que ver con el capitalismo de plataformas que en su modelo de negocio pelea por el bien más preciado, que es que nosotros pongamos atención. Entonces, esta sobre estimulación, no solamente en términos de lo que pasa en las películas que cada vez tienen que ser más ruidosas, con efectos especiales, cada vez más increíbles, pero que la historia la va pateando para un lado. Incluso nuestra capacidad de estar atentos en una conversación la vamos perdiendo.

Hay un estudio de un francés que habla de la civilización de la memoria del pez. Muestra como en un lapso de pocas décadas hemos venido perdiendo la capacidad de poner atención. El promedio de atención que tenemos en la actualidad es de 9 segundos menos que la del pez betta (Betta splendens). Eso tiene su impacto en el cine, la gente muy rápido se aburre, se cansa, mira otra para otro lugar.

Nómbrame tres películas del último periodo que te han tocado

Bueno, 7 cajas (2012) me fascinó. Es una película paraguaya (de Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori) que transcurre en un mercado.

Nudo Mixteco (2021), de Ángeles Cruz, con una manera de acercarnos a indígenas contemporáneos, ruizos, conflictos..

Me gustó muchísimo Los colonos (de Felipe Gálvez, 2023). Me pareció impresionante. La manera de acercarse a una realidad chilena, ese colonialismo contemporáneo que está ahí vivo, nos muestra sus orígenes, de la sociedad que lo reproducen.