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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

El arquitecto y ministro nazi Speer lideró la construcción de la nueva capital imperial del Tercer Reich, Germania, con proyectos colosales como un arco del triunfo gigante y una cúpula monumental. Hitler obsesionado con su megalópolis, incluso durante bombardeos, tenía planes de destrucción y reconstrucción más fáciles. Analogías con Nerón revelan la pomposidad y desenlace trágico de líderes rodeados por la destrucción. Speer se opuso a la "Operación Nerón" de Hitler, prefiriendo preservar parte de la infraestructura alemana.

“La historia siempre concede una mayor importancia a los acontecimientos terminales”, dijo Albert Speer en los juicios en Núremberg, una vez acabada la Segunda Guerra Mundial. Fue condenado a veinte años de prisión.

Por: Mauricio Claro

A Speer, primer arquitecto y ministro de guerra y armamento de Hitler, le fue confiado el proyecto para la construcción de Germania, la nueva capital imperial del Tercer Reich. El sueño de Hitler reemplazaría al viejo Berlín de los Kaiser.

El arco del triunfo tendría dimensiones colosales, la cúpula del Palacio Popular (Volkshalle) sería dieciséis veces más grande que la basílica de san Pedro y se vería desde la luna.

En el palacio de la nueva cancillería (que también Hitler le encargó construir a Speer, en 1938), el Führer se pasaba horas observando y corrigiendo la maqueta para su megalópolis, mientras el bombardeo angloamericano hacía cimbrar los muros de su palacio.

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Pero Hitler seguía inmerso en su gran obra, esperando que las bombas destruyeran la ciudad (dicen que habría comentado, cínicamente), así sería más fácil llevar a cabo los planes para su reconstrucción. Solo bastaría con remover los escombros.

En la película de David Lean, Hitler: the last ten days (Los últimos diez días de Hitler), de 1973, Eva Braun, que terminó siendo su esposa, se muestra como su gran aduladora, la que insufla su fantasía de ser el genio que suponía ser.

“Adolf, eres la persona más increíble”, le dice Eva, al ver a su amante absorto en los planos de la ciudad. “Incluso en estos días sigues pensando en el futuro, en tu arte”.

Quo Vadis, 1954, MGM

Nerón

Esta misma idea está en la película Quo Vadis, de 1951. Nerón (Peter Ustinov), compone canciones con una lira desde su palacio en la colina Palatina, en Roma. Es el año 64 d.c.

Nerón está henchido de ínfulas por la condescendencia de Petronio, su consejero en cuestiones de gusto (Arbiter elegantiaer: árbitro de la elegancia), que, con el fin de no agitar más el ánimo ya volátil del emperador, le miente hasta convencerlo de su don de gran artista.

Petronio, maestro de la lisonja, lo alienta a tal extremo a crear una súper obra, que Nerón construye una maqueta a la medida de sus sueños, la nueva Roma. Cuando hubo de exhibirla, la corte quedó al borde del aliento por su extravagancia grotesca.

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En Quo vadis, Nerón es el responsable del incendio de Roma. En su lugar surgiría su obra total. Luego culparía del desastre a los cristianos, secta revoltosa que solía reunirse en secreto en las catacumbas.

Esa es la versión que adopta la película, aunque los relatos históricos, como el de Tácito, señalan que el fuego era consecuencia de incendios sucesivos que desde hacía tiempo azotaban la ciudad.

Pero las sospechas surgieron por la pronta reconstrucción que se levantó desde las cenizas, de donde surge la Domus Aurea (Casa Dorada), inmenso complejo palaciego para el uso exclusivo del emperador.

Los últimos diez días de Hitler, 1973, Paramount Pictures

Hechos terminales

El 19 de marzo de 1945, poco antes de acabar la guerra, Hitler ordenó una operación de “tierra quemada”. Destruir, en la retirada, toda la infraestructura alemana para impedir que cayera en manos de los rusos, que avanzaban desde el Este, hacia Berlín. Esta orden se conoció como “Operación Nerón” (Nerobefehl). Speer se opuso a esta orden nihilista de Hitler, para conservar parte de lo que habían construído. El arquitecto rehusó ser un infame incondicional, como Eva Brown y Petronio.

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Al final de ambas películas, Nerón y Hitler están atrapados en su palacio. Rodeados por el fuego. En el vórtice de la destrucción. En el delirio, y a un paso del suicidio. El Nerón de Ustinov se ha hecho uno con el Hitler que interpreta Alec Guinness.

Si la historia concede siempre ese lugar de privilegio a los hechos terminales, como dijo Speer, es porque las cosas revelan su esencia cuando están muriendo. Así lo pensaba Hegel: “El búho de Mierva emprende el vuelo al atardecer”.

Es solo al final que podemos entender el principio.
Mauricio Claro

Mauricio Claro
Magister en teoría e historia del arte
Crítico de cine