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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

Los saberes arquitectónicos de los pueblos originarios son invisibilizados en la academia y la práctica actual. Laurajane Smith destaca cómo la arquitectura oficial relega estos conocimientos, ignorando las soluciones adaptadas a entornos diversos en Chile. Desde las utas aymaras en el altiplano hasta las rucas mapuches, estas construcciones representan respuestas contemporáneas a desafíos como la sostenibilidad.

Cada año, al conmemorar el Día Nacional de los Pueblos Originarios, reaparecen preguntas sobre el lugar que estas culturas ocupan en nuestra sociedad. ¿Qué rol tuvieron? ¿Qué papel cumplen hoy? ¿Qué podemos aprender de ellas?

Por Diego González

Son interrogantes recurrentes, pero no por ello menos necesarias. Especialmente cuando la invisibilización de los saberes indígenas sigue siendo una realidad cotidiana, también en espacios donde se produce conocimiento, como la academia.

Toconao 1959, colección Archivo Enterreno

Pueblos originarios relegados

Laurajane Smith, especialista en patrimonio, plantea que el patrimonio oficial o autorizado es aquel que ha sido definido por expertos e instituciones. Ellos determinan qué merece ser preservado y qué puede quedar fuera del relato. En arquitectura, este proceso ha tenido una consecuencia evidente: los conocimientos técnicos, espaciales y constructivos de los pueblos originarios han sido sistemáticamente relegados a un segundo plano.

No se trata de una situación exclusiva de Chile. Ya en 1977, el arquitecto e historiador Bernard Rudofsky cuestionó los límites de la disciplina. Rudofsky reivindicó la arquitectura sin arquitectos y reconoció el valor de aquellos “constructores prodigiosos” anónimos que la historia había ignorado. Su crítica sigue siendo vigente. En nuestro país, la narrativa tradicional de la arquitectura suele comenzar con el período colonial.Como si, antes de la llegada de los europeos, no hubiesen existido formas complejas de habitar, construir y relacionarse con el territorio.

Parinacota en 1968, colección Ángela Cousiño, Archivo Enterreno

Sin embargo, mucho antes de iglesias, casonas y ciudades coloniales, distintos pueblos desarrollaron soluciones arquitectónicas profundamente adaptadas a sus entornos, necesidades y cosmovisiones. Y pocas geografías representan un desafío tan diverso como Chile: desde la aridez extrema del altiplano hasta los canales australes, azotados por el viento y la lluvia.

Parte importante de ese patrimonio sigue presente. En los paisajes altoandinos de Arica y Parinacota y Tarapacá aún es posible encontrar las utas aymaras, construcciones de adobe y piedra que continúan ofreciendo refugio a pastores y pastoras vinculados a una tradición milenaria. Más al sur, las rucas mapuches sobreviven en diversas comunidades que han optado por mantener una forma de habitar donde el fuego central sigue organizando la vida doméstica y comunitaria.

En los territorios australes, aunque el exterminio y desplazamiento de los pueblos originarios dificultaron la continuidad material de sus refugios temporales, parte de esos conocimientos persiste en la memoria y prácticas de comunidades, como la Kawéskar de Puerto Edén.

Vivienda Hulliche, 1893 Camino a Puerto Montt, 1893, colección Archivo Enterreno

Preguntas contemporáneas

Estas arquitecturas no son únicamente testimonios del pasado. También contienen respuestas a preguntas profundamente contemporáneas. Cómo construir con recursos locales, cómo adaptarse a condiciones climáticas extremas, cómo reducir el impacto ambiental de la edificación o cómo fortalecer el vínculo entre comunidad y territorio son desafíos que hoy ocupan a arquitectos, urbanistas y planificadores en todo el mundo.

Por eso, reconocer el patrimonio construido de los pueblos originarios no debe entenderse solo como un ejercicio de memoria o justicia histórica. También es una oportunidad para ampliar nuestro repertorio de conocimientos y referentes. En tiempos de crisis climática y búsqueda de modelos más sostenibles, estos saberes pueden aportar claves valiosas para imaginar nuevas formas de habitar.

En esta nueva conmemoración, la invitación es precisamente esa: mirar más allá de los lugares comunes. Valorar, estudiar y registrar de manera permanente los conocimientos materiales, constructivos y espaciales presentes en las culturas originarias, incorporándolos a la enseñanza, la investigación y la práctica arquitectónica. Porque una arquitectura que olvida parte de su historia también limita su capacidad de proyectar el futuro.

Toldo de Indígenas en Punta Arenas, 1890, colección Archivo Enterreno

Diego González
Director de Investigación de Arquitectura
Universidad San Sebastián (USS)