Internacional
La mujer que dejó a sus hijos para vencer a La Bestia
Publicado por: Christian Leal
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√Črase una vez una mujer muy pobre, quien viv√≠a con sus hijos en un lugar triste y desolado.
Aunque la mujer se esforzaba por cuidarlos, cada día se hacía más difícil.
Un día, escuchó en el pueblo una leyenda sobre una gran bestia que habitaba al Norte.
Muchos morían tratando de llegar a ella.
Muchás más morían tratando de vencerla.
Pero quienes lograban burlarla accedían a un gran tesoro, con una sola condición.
No volver a ver jam√°s a quienes amabas.
Así, con pecho desgarrado de dolor, la mujer emprendió el peligroso camino…

Diego es la viva imagen de lo que en Chile llamar√≠amos despectivamente un “flaite“.

Su corte de pelo es, por decirlo con indulgencia, original. Sus ropas lo son a√ļn m√°s. Moreno, en su rostro se mezclan suavamente los rasgos ind√≠genas de su pueblo con el de los hispanos que conquistaron a sus ancestros cinco siglos atr√°s.

No. Diego no es un “flaite” (si es que aquella denominaci√≥n realmente existe fuera de nuestros complejos de superioridad). Estadounidense descendiente de mexicanos, domina el ingl√©s a la perfecci√≥n, as√≠ como un espa√Īol bien pronunciado hasta que tropieza con alguna palabra que sus padres no alcanzaron a ense√Īarle u olvid√≥ por desuso. Sus modales son extraordinariamente educados y en sus ojos hay un brillo de inteligencia que le auguran un buen futuro, si es sabio en el camino que debe seguir.

Conocimos a Diego durante una visita a la escuela de Santa Fe South en Oklahoma, una secundaria muy diferente a aquellas que acostumbramos ver en las series adolescentes de Disney; esas de salones brillantes, chicos populares, hermosas porristas y fiestas alocadas.

Santa Fe South podr√≠a ser -en apariencia- el reflejo de cualquier escuela p√ļblica chilena. Emplazada en un viejo edificio restaurado hasta el punto en que el presupuesto estatal lo permiti√≥, se ubica en un barrio problem√°tico de la ciudad. Para muestra, un polic√≠a mantiene su patrulla de punto fijo en las afueras del recinto. S√≥lo por si acaso.

Tras ella, los trenes de carga pasan constantemente, levantando polvo y remeciendo la construcción hasta sus cimientos. Los 560 alumnos que asisten a clases deben hacer un alto en las clases hasta que pase y puedan volver a escucharse.

Respetuosamente, las autoridades del lugar nos piden que no tomemos fotos. No sólo porque muchos estudiantes son menores de edad, sino porque la mayoría de ellos son hijos de padres indocumentados que residen de forma ilegal en Estados Unidos.

Algunos de los propios jóvenes tampoco son residentes legales, pero a la escuela no le importa. No les piden esos papeles.

www.santafesouth.org

www.santafesouth.org

Santa Fe South es lo que en Estados Unidos se conoce como una “charter school“, una modalidad de ense√Īanza relativamente novedosa para ellos pero que para los chilenos es bastante conocido: una escuela particular subvencionada. Esto porque mientras aqu√≠ tenemos d√©cadas -sino siglos- de entregar recursos estatales a escuelas administradas por privados, sobre todo la Iglesia Cat√≥lica, en Estados Unidos es un concepto abierto reci√©n en 1991 y sobre el que todav√≠a existen dudas.

¬ŅPruebas? Mientras en Chile m√°s del 70% de los estudiantes de ense√Īanza b√°sica y media asisten actualmente a colegios particulares subvencionados tras el desmantelamiento sistem√°tico de la educaci√≥n p√ļblica, en Estados Unidos esta cifra no supera el 6%.

Pero si todas las escuelas subvencionadas fueran como Santa Fe South… ya querr√≠amos que fuera incluso mayor. D√©jenme contarles por qu√©.

El sue√Īo americano

Diego nos hace un breve recorrido por su escuela. Breve no porque no tengamos tiempo, sino porque en realidad no hay mucho que mostrar. El edificio de paredes gruesas tiene s√≥lo dos pisos donde se distribuyen algunas salas. Hay un peque√Īo comedor que les provee alimentaci√≥n gratuita. Tan peque√Īo que los alumnos s√≥lo retiran all√≠ su comida y luego van a buscar un lugar en las afueras para almorzar.

- Este es el patio -nos explica con humildad- est√° lleno de juegos infantiles porque antes era una escuela primaria y nunca los retiraron. Igual nos divertimos en ellos.

Pero las similitudes con la mayoría de nuestras escuelas terminan aquí.

Santa Fe South es lo que ac√° llamar√≠amos pomposamente una “escuela de excelencia”. Pese a los escasos recursos de sus alumnos, la tasa de deserci√≥n es m√≠nima. De hecho un 97% de ellos no s√≥lo se grad√ļa, sino que obtiene cartas de aceptaci√≥n de universidades, las que son exhibidas con orgullo a√Īo a a√Īo en el hall de acceso a la escuela para que los dem√°s estudiantes vean que, con esfuerzo, siempre es posible salir adelante.

¬ŅPero como llegan hasta ah√≠? Ir√≥nicamente, con una mezcla de selecci√≥n y de la “t√≥mbola” de la que tanto se mofaron los detractores de las reformas a la educaci√≥n en Chile.

Los alumnos postulan bajo una base de requisitos de notas y comportamiento. Si cumplen con un piso m√≠nimo, entran a una lista donde -oh, sorpresa- son elegidos completamente al azar. A la escuela no le interesa recibir a “lo mejor de lo mejor”: le interesa formarlos.

En promedio, 1.000 alumnos quedan anualmente en lista de espera.

“No se trata s√≥lo de la ense√Īanza acad√©mica”, nos explica uno de los coordinadores. “Tratamos de que los j√≥venes se inserten en la comunidad mediante voluntariado. Adem√°s conocemos a cada familia y trabajamos con ellas cuando hay problemas de drogas o alcoholismo. Nada es un problema. Tenemos estudiantes que vienen con sus beb√©s”.

Otra diferencia son los horarios de estudio y de trabajo para los profesores. En Santa Fe South entienden que más no necesariamente es mejor (como creímos con nuestra jornada escolar completa) y los alumnos asisten a clases entre 7:50 y 15:20 horas de martes a viernes.

Eso porque los lunes entran a las 9:30 horas, ya que los profesores utilizan esa hora y media para analizar problemas y planificar lo que ser√° la semana. Adem√°s, muchos alumnos lo aprovechan para descansar de sus domingos de trabajo.

Leyeron bien. De trabajo. No de fiesta.

El caso de Diego es ejemplar. A sus 18 a√Īos es el hombre de la casa, a cargo de sus 2 hermanas. De lunes a viernes estudia y el fin de semana, s√°bado y domingo, trabaja junto a un t√≠o en una empresa de roofing, es decir, poniendo techos, una industria muy en boga en Oklahoma, donde los tornados son visitantes tan indeseables como frecuentes.

- ¬ŅPero y cu√°ndo descans√°s? -le pregunta sorprendida, Paola, mi colega salvadore√Īa.
- Y bueno, ahí un poquito en las tardes.

No nos lo cuenta con l√°stima ni con orgullo. Nos lo cuenta s√≥lo como lo que es. Hace unos a√Īos, la polic√≠a irrumpi√≥ en su hogar a las 6 de la ma√Īana para, en medio del caos, llevarse a su padre, extranjero indocumentado. Su madre, decidi√≥ volver a M√©xico con √©l.

- Fue tras la segunda ocasión en que lo detuvieron conduciendo bebido -confiesa sin el más mínimo aspaviento -Esta vez no lo perdonaron.

Nosotros lo quedamos mirando con una mezcla de asombro y congoja. Si es tan s√≥lo un muchacho…

Pero no nos quedamos en el pasado. Impregnado del pensamiento emprendedor estadounidense, Diego nos cuenta de sus sue√Īos, de graduarse pronto de la escuela, llegar a la universidad y tener su propia empresa de roofing.

Al despedirnos, Paola le toma las manos y le dice: “Te entiendo mejor de lo que crees. S√© que lo lograr√°s. S√≥lo ten fuerza y sigue adelante”.

Y créanme. Ella sabe de lo que habla.

“Era emigrar o morir de hambre junto a mis hijos”

Sólo unos días atrás, Paola me había confiado su propia historia. Sumido en una sangrienta guerra civil que ya se extendía por más de una década y que junto a las miles de muertes había provocado una debacle en la economía, su madre tomó la dura decisión de irse del país para buscar una mejor fuente de sustento para sus hijos.

A sus 14 a√Īos, siendo s√≥lo una ni√Īa, Paola qued√≥ a cargo de sus tres hermanos. Su madre, Norma, trabajaba en una f√°brica de medicamentos recibiendo un salario que ni siquiera le alcanzaba para alimentar a sus hijos. “Era emigrar o morir de hambre junto a ellos”, asegura.

No fue un viaje f√°cil. En 1993, reuni√≥ los 7 mil d√≥lares que le cobraba un “coyote” -traficante de personas- para que la llevara hasta los Estados Unidos. Fueron 23 d√≠as de viaje donde su vida estuvo en peligro cada uno de ellos, sobre todo al enfrentar a “La Bestia”.

“La Bestia”, tambi√©n conocida como “El Tren de la Muerte”, es en realidad una red ferroviaria que recorre Centro y Norteam√©rica transportando mercanc√≠as en su interior‚Ķ e inmigrantes ilegales en sus techos, quienes buscan evadir as√≠ los controles fronterizos.

Univisión Noticias

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Montarse en los trenes en movimiento no s√≥lo es peligroso per se, dejando decenas de v√≠ctimas fatales o mutiladas al a√Īo, sino que los propios emigrantes y autoridades mexicanas corruptas la convierten en un riesgo adicional. La revista cat√≥lica de an√°lisis Commonweal estima que de los hasta 500 mil centroamericanos que intentan llegar a EEUU sobre “La Bestia”, el 80% ser√° asaltado, mientras que el 60% de las mujeres ser√° violada.

Para Norma, el traumático paso por el tren fue sólo el comienzo de su ordalía.

“Me llevaron 5 veces a la carcel ya llegando a Arizona, pero logr√© salir a los tres dias y as√≠ insist√≠. Una vez se pinch√≥ el neum√°tico del cami√≥n en el que viajaba con decenas de personas. Estuve de rodillas hasta 7 horas con apenas aire y sin comida ni agua, pero eso no se compara con el dolor de saber que me alejaba m√°s y m√°s de mis hijos”, relata.

Finalmente, Norma pudo llegar a Los √Āngeles en California, donde se encontr√≥ con su hermana menor para limpiar casas. All√≠ logr√≥ comenzar a ganar dinero, pero tambi√©n a convivir con la presi√≥n constante de ser deportada.

“Estuve cobrando la mitad de lo que realmente me deb√≠an pagar por mi falta de papeles y del ingl√©s tan necesario. Tambi√©n estuve a punto de ser deportada cuando un par de agentes de migracion se acercaron a preguntarme por mis documentos. Les dije que los hab√≠a dejado en otra cartera y solo Dios sabe c√≥mo es que me creyeron. Quiz√° donde les habl√© tan segura y andaba bien presentable con mi ropa”, indica.

¬ŅPens√≥ alguna vez en regresar a El Salvador?

“En regresarme… pens√© un mill√≥n de veces. Pero record√© 10 millones m√°s de que all√° no ten√≠a c√≥mo mantener a mis hijos y por eso no lo hice”, rememmora con congoja.

Con el paso de los a√Īos y el trabajo duro, la vida fue premiando a Norma. Pudo enviar remesas mensuales a sus hijos, lo que les permiti√≥ estudiar y convertirse en profesionales, incluyendo a Paola recibirse como periodista y llegar a uno de los principales canales de televisi√≥n de El Salvador. Adem√°s, 10 a√Īos despu√©s de llegar a Estados Unidos conoci√≥ a quien es hasta el d√≠a de hoy su esposo, con quien mantiene una tienda en Oregon.

Pero todo tiene un costo y en su caso, fue el de no poder viajar a El Salvador, a riesgo de que no le permitieran regresar a Estados Unidos. Salvo el teléfono y las videoconferencias, Norma no volvió a ver a sus hijos, ni conocer a sus nietos.

“Lo que m√°s me duele es que mis hijos crecieron sin m√≠. Que pasaran sus cumplea√Īos sin su madre. Navidades. D√≠as de la madre. ¬ŅQu√© obtuve a cambio? Una mejor vida econ√≥mica para ellos. Verlos desempe√Īarse ahora con los estudios que yo les di y as√≠ sentirme orgullosa de ellos”, afirma.

Para Paola, nuestro viaje tendr√° un final diferente. Gracias a una cortes√≠a de la Embajada de Estados Unidos en su pa√≠s, le permitieron viajar a Oregon a visitar a su madre. Tendr√° algo m√°s de una semana para intentar comprimir 23 a√Īos de ausencia.

Norma… ¬Ņqu√© le aconsejar√≠a usted a los j√≥venes de su pa√≠s que tambi√©n sue√Īan con llegar ilegalmente a EEUU?

“Eso es dif√≠cil de responder porque en todo hay riesgo. Si se quedan (en el Salvador) est√° la amenaza de las pandillas. Es una tristeza no poder hacer nada para sacarlos de tanta violencia. Una impotencia y una rabia de ver que los gobiernos no hacen ni mierda”, indica frustrada.

“Por otro lado est√° el peligro que se corre al venirse de ilegal. Adem√°s, nadie tiene los 15 mil d√≥lares que se requieren para un viaje como este, en el que uno m√°s que dinero, puede perder la vida”.

Ya en sus cincuenta, con los rasgos de su belleza marcados por las cicatrices de una vida llena de privaciones y penurias, Norma me sorprende con una reflexión final.

“Que no dar√≠a por haber nacido en un pa√≠s como el suyo, como Chile, donde me han contado que ni se necesita una visa para poder llegar hasta ac√°. No s√© qu√© clase de gobierno tenga, bueno o malo, pero por lo que se ve, est√°n mucho mejor que en mi pa√≠s”.

Al menos, para Paola y para Norma se cierra un etapa. Ambas volvieron a encontrarse en Oregon, y durante poco más de una semana, durante 9 días, pudieron recordar que seguían siendo madre e hija.

…Y fue as√≠ que s√≥lo muchos a√Īos despu√©s, gracias a los frutos del tesoro que hab√≠a obtenido, que la hija pudo volver a reunirse con aquella mujer que hab√≠a vencido a La Bestia.
Volver a abrazarse. A cepillarse el cabello y a arroparse.

Duerme bien esta noche, peque√Īa.

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