Notas
Dolor agónico: sobreviviendo al trauma de perder un hijo
Publicado por: Christian Leal
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La p√©rdida de un hijo es uno de los peores trances por los que puede atravesar un ser humano. Los meses o incluso a√Īos posteriores, est√°n muchas veces marcados por el desaf√≠o de sobreponerse a la p√©rdida y volver a realizar una vida normal, llevando cicatrices que resultar√°n imborrables.

En una columna escrita para el diario New York Times, Kerry A. Leddy comparte la experiencia de haber perdido a su hija adolescente, narrando cu√°n dif√≠cil le result√≥ volver a relacionarse socialmente. El ensayo es parte de un libro, “Ghostmother” (madre fantasma), en el que se encuentra trabajando.

Te invitamos a leer esta emotiva columna traducida por BioBioChile

Dolor agónico

En los meses que siguieron a la muerte de mi hija, hubo ocasiones en que salí de casa y apenas podía respirar.

Mi dolor y mi pesar se reflejaba en los rostros de mis amigos. En presencia de otros, siempre bordeaba el l√≠mite del colapso. All√≠ donde alguna vez disfrut√© salir de compras o de paseo, ahora estas actividades pon√≠an en peligro mis fr√°giles intentos por mantenerme cuerda. El hogar era el √ļnico lugar donde me sent√≠a segura, pero claro, siempre llega el momento en que debemos salir.

Tentativamente, aprend√≠ a agacharme y escurrirme por la vida. Si estaba en el almac√©n y ve√≠a a un vecino o a alguien de la escuela de mis ni√Īos en el pasillo de los cereales, correr√≠a hacia otro pasillo. Entonces, si ve√≠a nuevamente a esa persona dos pasillos m√°s all√°, me dirigir√≠a a la secci√≥n de los preparados. Si quedaba acorralada, sin posibilidad de escape, me estirar√≠a para coger cualquier producto que estuviera a mano, quiz√° como una lata de porotos verdes, y fingir√≠a estar absorta en la etiqueta. Hac√≠a mi mejor esfuerzo por incomunicarme. Si no funcionaba, pod√≠a llegar al punto de abandonar mi carro en la mitad del pasillo y precipitarme hacia mi auto.

Mi esposo tendría que hacer las compras esa semana.

Eludir no siempre era posible. Estaba parada en la entrada recogiendo el peri√≥dico cuando una vecina apareci√≥. Tom√≥ aliento y dijo: “Kerry, ¬Ņc√≥mo est√°s? No s√© c√≥mo has sobrevivido. Realmente no lo s√©. Yo no podr√≠a”.

De alguna forma sus palabras me hicieron sentir extra√Īamente culpable, como si estuviera diciendo: “¬ŅC√≥mo puedes estar aqu√≠ de pie, sobreviviendo?”. Parec√≠a sugerir que si mi dolor era realmente devastante, no deber√≠a estar en pie. Deber√≠a quedarme para siempre en cama, postrada, inconsolable.

Algunas veces, no recibir ninguna respuesta es tan doloroso como una equivocada. Durante un partido escolar, una madre me saludó con una amplia sonrisa, como si el mundo no hubiera cambiado tras la muerte de mi hija, y comenzó a charlar animosamente conmigo.

Probablemente se imagin√≥ que me estar√≠a protegiendo al llevar nuestra conversaci√≥n a un terreno seguro, como nuestro nuevo director o aquel nuevo restaurante de mariscos. Sin embargo, sab√≠a intuitivamente que no era a m√≠ a quien intentaba proteger: era a su creencia de que habitaba un mundo en que los ni√Īos viven seguros. Donde no ocurren tragedias inesperadas.

Y entonces estaban las veces en que no estaba segura si la persona con que me encontraba estaba al tanto. ¬ŅQu√© har√≠a entonces? Dos meses despu√©s de la muerte de Sarah, me encontr√© con una pareja durante una reuni√≥n vecinal. Me saludaron efusivamente. La esposa pregunt√≥, “¬ŅC√≥mo has estado?”, mientras que su marido a√Īadi√≥ un alegre, “S√≠, ¬Ņen qu√© te has metido √ļltimamente?”.

Me qued√© absolutamente sin palabras. ¬ŅAcaso no sab√≠an lo de Sarah? Deben haberlo o√≠do, fue lo que pens√©. No tengo “noticias” que compartir. La √ļnica cosa en que me he “metido” es el duelo. Si no sab√≠an, mis palabras les habr√≠an choqueado. Si lo sab√≠an, ¬Ņqu√© pod√≠an haber estado pensando al preguntarme “en qu√© he estado”?

Sin nada que decir, atraves√© a la multitud y me dirig√≠ de regreso a casa. Luego llam√© a una amiga para contarle sobre aquel encuentro. Ella me dijo: “Kerry, por supuesto que lo saben, ¬ŅNo recuerdas que estuvieron en el funeral?”.

Los encuentros que m√°s temo son aquellos en que el escape es imposible. Como la vez en que llev√© una foto a enmarcar y el vendedor me dijo: “Espere, ahora s√© por qu√© me era cara conocida. Su hija estuvo con mi Jane en la escuela b√°sica, ¬Ņno? Se llama Sarah, ¬Ņno?”.

Parec√≠a muy satisfecho de acordarse. “S√≠”, le respond√≠ mientras ese conocido dolor volv√≠a a mi pecho. Me deslic√© hasta otro sector, desviando la mirada, sin embargo √©l me sigui√≥ de cerca y pregunt√≥: “¬Ņy c√≥mo ha estado ella?”.

Entonces mi cara se contrajo mientras comenzaba a llorar. Con la misma rapidez, vi como la angustia se extend√≠a por su rostro. “Oh, por Dios. Lo siento tanto. Escuch√© lo de Sarah. ¬ŅC√≥mo pude ser tan est√ļpido de olvidarlo? Lo siento. Lo siento tanto”.

El hombre se criticó por ser tan desconsiderado y volvió a disculparse una y otra vez, tratando de consolarme. Devastada, simplemente huí.

Pero no todas las interacciones me hacen querer huir. Una noche de s√°bado, algunos meses despu√©s de que Sarah muri√≥, mi esposo y yo nos aventuramos hasta el centro de la ciudad por un poco de comida mexicana. Inesperadamente, me top√© con Lin, mi antigua profesora de danza, a quien no ve√≠a hace muchos a√Īos.

Lin y su esposo estaban saliendo del restaurante mientras nosotros llegábamos. Estaba atrapada. Me preparé para lo que viniera a continuación. Sin embargo ni me evitó ni intentó hacer una conversación. En vez de eso, simplemente caminó hacia mí, me miró directo a los ojos y me dio un largo y fuerte abrazo. Entonces se fue, sin decir una sola palabra.

No me había pedido nada. Exhalé lentamente. No podría haberle dicho a Lin qué era lo que necesitaba pero, de alguna forma, ella lo supo con precisión.

Hace siete a√Īos en agosto, mi bella Sarah, hospitalizada tras una batalla de 4 a√Īos con una enfermedad bipolar, decidi√≥ suicidarse. Hab√≠a comenzado a los 13 a√Īos, y desde entonces la enfermedad no le dio tregua. Mirar a mi hija mayor lidiar con tanta desesperanza y dolor se volvi√≥ mi pesadilla diaria. Confusa y cansada, una vez escribi√≥ estas palabras:

“Es dif√≠cil ser feliz cuando tienes 17 a√Īos y eres bipolar. Cada estado es fr√°gil y cada emoci√≥n es ef√≠mera. Soy feliz cuando me doy cuenta de que no estoy deprimida. Luego de la escuela, camino por la calle y me doy cuenta que doy saltitos, antes de detenerme a recoger un diente de le√≥n. Muevo los dedos de mis pies en el lodo y sonr√≠o. Cuando me doy cuenta de que estoy feliz, quedo fascinada, porque s√© que esa sensaci√≥n no va a durar. S√© que apenas escuche una canci√≥n triste en la radio, sentir√© otra vez que no hay esperanzas. Cuando me pongo triste no es la tristeza normal, es como ahogarme. Los peque√Īos momentos son importantes para m√≠ porque al fin y al cabo esa es mi vida, una serie de peque√Īos momentos”.

Ahora, donde sea que veo una ni√Īa con los ojos azules brillantes de Sarah, siento un dolor punzante en el pecho. A√ļn as√≠, me levanto cada ma√Īana y vivo mi vida. Act√ļo casi normalmente. Adoro mi trabajo, a mi marido, y a mis 3 hijos restantes. La p√©rdida me acerc√≥ a la escritura y la pintura. Mi vida est√° llena de esos peque√Īos momentos – algunos placenteros, otros dolorosos.

No es una combinación tan rara como algunos pudieran pensar. Coexisten en mí el placer y el dolor, dando forma a cómo soy y cómo veo el mundo.

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