Opinión


Piñera y la estrategia del picarón

Carlos Varela (cc)
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En junio de 2015 publicamos el análisis “¿Existe el “Centro” político en Chile?” (1), a propósito de varias columnas y artículos que habían venido debatiendo sobre el tema en diversos medios nacionales. La conclusión que allí sostuvimos fue la siguiente:

“En Chile no existe un “Centro Político”, tanto por su ubicuidad, por su relativismo, por la ausencia de criterios que nos permitan identificarlo de manera efectiva, así como por el notable “desbalance” entre ambos extremos del “continuo izquierda-derecha”.

La polarización “hacia los extremos” que ha venido instalándose en la política chilena, es en realidad, la expresión de Fuerza y de transferencia de Poder hacia sectores de la “Izquierda Extraparlamentaria” y “No Institucionalizada”, y también hacia el Antisistemismo y el Asistemismo.

Por su parte, la “Derecha” ha visto desplazadas sus coordenadas ideológicas, no hacia un supuesto “Centro”, sino directamente a categorías propias del Neo-Comunismo, por la vía del Neo-Liberalismo en términos valóricos.

A partir de este diagnóstico, es posible pronosticar una polarización creciente e incremento del uso de la fuerza en las demandas políticas y sociales, surgidas desde sectores no institucionalizados, horizontales, en desmedro de soluciones institucionalizadas, verticales.

En ese escenario, el supuesto “Centro” político, no sólo no existe, sino que no tiene cabida alguna.

La elección presidencial realizada el domingo, no sólo confirmó lo que señalamos dos años atrás, sino que finalmente alertó de este hecho a diversos “analistas profesionales”, que hoy salieron a comunicar en masa lo que ya habíamos anticipado.

Esos mismos “analistas profesionales” y “expertos electorales” –amén de las correspondientes encuestas-, hasta hace unos días proyectaban un escaso porcentaje de votos para José Antonio Kast y Beatriz Sánchez, señalando respecto del primero que su representación era marginal y de carácter testimonial, y de la segunda, que el Frente Amplio al que representaba, era un conglomerado sin capacidad de generar adhesión electoral relevante.

Respecto de este último, en abril de 2016 publicamos el análisis “El proceso político del Frente Amplio: de la Revolución Democrática a la Democracia Dictatorial” (2), donde concluíamos señalando que:

“Cuando el “Frente Amplio” llegue al poder –y tienen tiempo más que suficiente para lograrlo–, mediante el Proceso que aquí hemos expuesto resumidamente, será como pasaremos de la “Revolución Democrática”, a la “Democracia Dictatorial”.

No importa quien gane en la próxima elección. Mientras no haya verdadera oposición, contra-discurso y contra-proceso, el “Frente Amplio” terminará por ganar… y le sobra tiempo para hacerlo.

Y nuevamente, la elección confirmó lo que veníamos anticipando: el proceso político del Frente Amplio es la verdadera vanguardia del “proceso central” (Demian, 2017, [3]), que redoblará, acelerará y radicalizará las reformas impulsadas por Bachelet en esta administración, tanto bajo un gobierno de Alejandro Guiller –dada la capacidad hegemónica de su discurso–, como bajo un gobierno de Sebastián Piñera, vía la transferencia de poder desde la institucionalidad vertical, al modelo horizontal, llamado “ciudadano”, que este realizará gracias a la “agudización de las contradicciones” que este último régimen supondrá.

Así, en cualquiera de estos dos escenarios de segunda vuelta, el Frente Amplio ganará, sin importar quién gobierne, tal como lo señalamos en el artículo en comento.

Señalado lo anterior, no es de extrañar que aquellos “analistas profesionales”, que aún creen que existe el “centro político”, hayan salido de inmediato a sugerir que la estrategia de la candidatura de Sebastián Piñera para la segunda vuelta, debería ser precisamente “Crecer hacia el Centro”, y así ya lo ha asumido el propio candidato (4), (5), (6), (7), (8).

De allí que no resulte extraño que en su primera rueda de prensa post elección, acompañado por todos los diputados y senadores electos, uno de los invitados principales fuese el ex candidato presidencial Felipe Kast, fundador de “Evopolí”, a quien Piñera brindó grandes elogios por el cupo obtenido en la Araucanía.

Así, el llamado sector de “centro” de la derecha, fue destacado por Piñera desde un comienzo.

De igual modo, el integrante del comité ejecutivo del comando de Piñera, senador Alberto Espina, señaló explícitamente que “a nosotros nos interesa lograr conquistar la mayor adhesión de quienes se sienten […] de quienes votan tradicionalmente por el centro, por el partido Demócrata Cristiano” (9).

Esta última afirmación de Espina, es totalmente coherente con los lazos genealógicos e ideológicos que el propio Sebastián Piñera ha reconocido reiteradamente con la Democracia Cristiana, y como puede entenderse, es simplemente una reiteración más de la aspiración fundamental que el candidato ha venido deseando concretar desde el llamado “retorno a la democracia”, cuando públicamente votó “No” en el Plebiscito. Sin calificar esta aspiración en términos psicológicos, es posible sostener que Piñera y su círculo más cercano, están completamente obsesionados con obtener el voto del sector de “derecha” de la Democracia Cristiana, como lo evidenció ya en su primer gobierno al nombrar a ex DC –para entonces independiente–, Jaime Ravinet como Ministro de Defensa, cargo que alcanzó a ocupar menos de un año.

Pese a ese simbólico nombramiento, el legado neto de la primera administración de Sebastián Piñera fue el segundo gobierno de Michelle Bachelet, y la formación de la “Nueva Mayoría”, donde la Democracia Cristiana –por primera vez en toda su historia política-, aceptó integrar una coalición con el Partido Comunista, en una estrategia diseñada por este último, precisamente para radicalizar el proceso de contradicción interna que llevaría al partido a su colapso.

Así, la candidatura de Carolina Goic, fue un último intento testimonial para intentar contener electoralmente, lo que políticamente era un hecho evidente desde hace décadas: la DC no sólo dejó de representar al “centro” político –hoy “cuantitativamente” ejercido por el propio Partido Comunista–, sino que renunció progresivamente y sin retorno, a su ideario fundacional como Falange Nacional, a su misión histórica como freno al Marxismo, y a su trascendente fundamento filosófico cristiano, por una cuota cada vez más exigua, inmanente, mezquina y banal de poder.

Lo anterior quedó en plena evidencia con las primeras declaraciones del recién electo senador por La Araucanía, Francisco Huenchumilla, quien además de pedir “la cabeza” de Goic –que acaba de renunciar a la presidencia del partido y que cuestionaba la candidatura de Guiller por estar “secuestrada” por el PC-, afirmó: “Siempre escucho esas críticas respecto del Partido Comunista y las encuentro obsoletas completamente” (10), agregando que “inmediatamente he tomado la decisión de apoyar la candidatura de Alejandro Guillier” (11). Y, significativamente, llamó a acercar posiciones con el Frente Amplio.

Señalado todo lo anterior, volvemos al inicio para preguntar:

¿Hacia qué “centro político”, espera crecer la candidatura de Sebastián Piñera en segunda vuelta?

¿Hacia los votos de la derrotada, renunciada y exigua candidatura de la DC?

¿Hacia los votos ya comprometidos y contabilizados de Evopoli?

¿Hacia los escasos electores de Amplitud y Ciudadanos, partidos próximos a extinguirse?

De este modo, “La estrategia del Picarón”, es decir, crecer hacia un centro que no existe, es un error garrafal de Piñera y su comando, no sólo porque allí no hay nada que realmente signifique un aumento significativo en su votación, sino además, porque el eje político del país está completamente desplazado hacia la izquierda, y por ello, la única alternativa realista y electoralmente significativa, es crecer más allá de la derecha: un sector que no ha tenido representación política formal en más 50 años, y que en buena medida, llevó a José Antonio Kast a lograr un 8% del electorado, partiendo desde cero, en menos de un año.

Alexis López Tapia
Director
Rutas de Nuestra Geografía Sagrada

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