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La investigadora Iris Wahring sostiene en un ensayo que los hombres dependen más del amor de pareja que las mujeres, en felicidad, salud y riesgo de morir. Atribuye la fragilidad a un déficit de apoyo emocional fuera de la relación y propone enseñar amistad íntima desde la infancia.
"Durante siglos, el hombre autosuficiente que rehúye el romance ha aparecido como una especie de figura noble". Con esa imagen parte Iris Wahring, quien sostiene que la evidencia dice justo lo contrario.
Wahring es investigadora especializada en la psicología de las relaciones de pareja y publicó su ensayo en Psyche, revista digital de psicología y bienestar. Su tesis es que el amor pesa más en la vida de los hombres que en la de las mujeres, y eso es una fragilidad que la sociedad se ha negado a ver.
"No es así como funcionan realmente las cosas"
La autora recuerda que la literatura ha repetido el mito por siglos. Cita a Francis Bacon, que en 1625 escribía que las mejores obras habían salido de hombres solteros o sin hijos, y a Rudyard Kipling, que lo resumió en una línea: "viaja más rápido quien viaja solo".
A las mujeres, en cambio, se las retrata como consumidas por el deseo de amar, como en el verso de Lord Byron que dice que el amor es sólo una parte de la vida del hombre, pero "la existencia entera" de la mujer.
"Pero no es así como funcionan realmente las cosas. Como investigadora especializada en la psicología de las relaciones románticas, he descubierto que la evidencia apunta en sentido contrario", escribe.
Entre 2023 y 2024 analizó más de 50 estudios empíricos y metaanálisis (trabajos que reúnen los resultados de muchas investigaciones), y concluye que la masculinidad es "mucho más frágil de lo que se supone".
Según su revisión, esto ocurre desde la primera chispa hasta el final de una ruptura. Los hombres solteros consideran más importante tener pareja para ser felices, están menos conformes con su estado civil y la anhelan con más intensidad.
También se enamoran más rápido y sufren con más frecuencia el amor no correspondido. Un estudio de 2022, liderado por Christopher Watkins, de la Universidad de Abertay, en el Reino Unido, halló que ellos suelen ser los primeros en decir "te quiero" en las relaciones heterosexuales.
Una vez en pareja, ambos ganan en bienestar y salud, pero ellos más. Wahring cita un metaanálisis de 2020, de Yafeng Wang, de la Universidad de Wuhan, con datos de 7,9 millones de personas y 1,9 millones de muertes.
En él, las mujeres sin pareja tenían un 22% más de riesgo de morir que las casadas, y los hombres solteros un 46% más que los casados. "Para el hombre promedio, estar en una relación comprometida es más decisivo para cuánto tiempo vivirá que para la mujer promedio", resume.
"Una paradoja" de la masculinidad
Los quiebres, añade, los inician sobre todo ellas: entre el 60% y el 70% en parejas heterosexuales, según estudios de Estados Unidos, Alemania y Países Bajos. Y cuando ocurre la separación, "los hombres sufren más". Les cuesta más encontrar algo positivo, como alivio o independencia, aprenden menos de la experiencia, reportan más soledad y recurren más al alcohol y otras sustancias.
Lo más grave, advierte, es que el fin de la relación puede ser fatal. "Tras un divorcio, el riesgo de suicidio se duplica en los hombres".

Una revisión de 75 estudios de 2025, de Michael Wilson, experto en salud masculina de la Universidad de Melbourne, encontró que el riesgo era especialmente alto durante la propia separación, casi el doble que en hombres ya divorciados y más de cuatro veces el de los casados. En las mujeres sube mucho menos, si es que sube.
"Para un número significativo de hombres, perder una relación romántica es, literalmente, cuestión de vida o muerte", sentencia.
La autora ofrece varias explicaciones prácticas. Ellas dedican más tiempo al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, y tras separarse suelen tener más tiempo para actividades gratas, mientras que ellos pierden a quien organizaba esa carga. Además, las mujeres recuerdan más a sus parejas que vayan al médico, y la brecha entre quienes tienen pareja y quienes no es mayor en los hombres. A eso se suma que, tras un divorcio, los hijos se quedan con la madre en la mayoría de los casos, sin importar quién inició la ruptura.
Pero la explicación más sólida, dice, es la intimidad. "Todos los seres humanos poseemos una necesidad innata de intimidad. Queremos confiarnos a otros, sentirnos seguros, ser tocados y abrazados, y saber que alguien nos respalda", explica.
El problema es que los hombres suelen carecer de ese apoyo fuera de la pareja, y reciben menos apoyo emocional de amigos y familia que las mujeres.
Ese "déficit de intimidad" empieza temprano. Ya a los 10 u 11 años los niños se abren con sus amigos bastante menos que las niñas. De adultos, tienen menos confidentes a quienes recurrir. "Encontrar pareja representa una ganancia enorme de cercanía emocional para un hombre. Y perderla puede significar la pérdida de toda su infraestructura emocional", afirma.
La raíz, según Wahring, está en el rol masculino tradicional. Desde la infancia se enseña a los niños a ver la vulnerabilidad como debilidad. Los estudios muestran que los padres, al hablar con hijas en edad preescolar, se concentran más en las emociones y reaccionan mejor ante la tristeza que con los hijos. En la adolescencia, los varones ya esperan que abrirse a un amigo se sienta "raro", y de adultos juzgan con dureza a otros hombres que muestran fragilidad.
Un metaanálisis liderado por la psicóloga social Alice Eagly, de la Universidad Northwestern, con estudios de 1946 a 2018, confirma que rasgos como la emotividad y el cuidado siguen atribuyéndose sobre todo a las mujeres. Hombres y mujeres ven la emotividad como deseable en ellas e indeseable en ellos.
Aun así, "bajo esta máscara estoica, los hombres experimentan emociones vulnerables como la tristeza y el miedo con tanta frecuencia e intensidad como las mujeres".
La autora lo llama una paradoja: "Hemos creado una paradoja: las formas de masculinidad que prohíben la vulnerabilidad garantizan un nivel aún mayor de vulnerabilidad". Si la conexión profunda solo es aceptable dentro de la pareja, agrega, ellos quedan "completamente indefensos" cuando están solos o la relación termina.
Mientras los roles de las mujeres se ampliaron mucho en las últimas décadas, sostiene, el molde masculino "se ha estancado en gran medida". Seguimos criando niños que serán hombres "totalmente dependientes" de sus parejas para sus necesidades emocionales básicas. Es, afirma, una carga injusta para las mujeres y algo que "perjudica activamente la salud y la esperanza de vida de millones de hombres".
Su propuesta es un cambio sistémico. Parte por los padres, que deberían criar a sus hijos para ver la apertura emocional como una habilidad fundamental, y sigue en las escuelas, donde habría que enseñar explícitamente la importancia de las amistades cercanas.
Para los adultos plantea programas comunitarios que fomenten vínculos más allá del romance, como el movimiento Men’s Shed, nacido en Australia. Son talleres donde hombres, por lo general en edad de jubilación, trabajan en proyectos prácticos y conversan "hombro con hombro" en vez de cara a cara, lo que evita el estigma de la terapia tradicional.
"Cualquier persona, sin importar su género, debería poder llevar una vida plena y emocionalmente respaldada sin una pareja romántica", defiende.
Y cierra: "Durante siglos se les ha dicho a los hombres que las relaciones románticas no importan tanto y que la autosuficiencia es la respuesta a todos los problemas. La investigación cuenta otra historia: el amor, resulta, nunca es solo una parte pequeña de la vida de un hombre", concluye.
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