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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

La moda del farmear aura y sus batallas entre jóvenes ha generado desconcierto y rechazo en adultos, considerándolo una "decadencia moral" o una "moda tonta". Según expertos, la digitalización de los menores y la convergencia de adolescentes en intereses comunes son clave en este fenómeno. Se destaca la exclusión cultural entre generaciones y la falta de comprensión de los adultos hacia esta práctica. Los jóvenes no tienen la obligación de complacer a los mayores en la creación de su cultura, según expertos.

Cada vez es más moda, pero desconcierta a muchos, especialmente adultos que lo ven como una “decadencia moral”, una “moda tonta” o simplemente algo que no logran entender. Hablamos de farmear aura y sus batallas, que han llegado a reunir a cientos de jóvenes en espacios públicos.

Lejos de ser un acto destacado o abrazado por generaciones de milenials (nacidos aproximadamente entre 1981 y 1996), generación X (entre 1965 y 1980) o boomers (entre 1946 y 1964), en redes sociales y plataformas de Internet es fácil encontrar mensajes de rechazo hacia la nueva manifestación de los jóvenes.

Según expertos, el adultocentrismo y la digitalización de los menores explican el porqué de este espanto ante el farmear aura, y califican a los grupos más viejos como “contradictorios”.

¿Por qué adultos rechazan el farmear aura?

De acuerdo a Sofía Hugo Venegas, socióloga de la Universidad de Chile e investigadora del Núcleo de Investigación y Acción en Juventudes de la misma casa de estudios, primero es clave entender que el concepto se popularizó por dos factores. El primero tiene que ver con la digitalización de la vida. “Las nuevas generaciones crecieron con la tecnología integrada a lo cotidiano, por lo que se ha normalizado utilizar conceptos de internet en la vida física (o real, si así se le quiere llamar)”, explicó.

El otro factor, y más importante de acuerdo a la experta, “es la convergencia de adolescentes en intereses en común, que brinda un sentido de comunidad y pertenencia”. Un ejemplo concreto es que la música que se utiliza en las batallas de aura pertenece a una corriente musical llamada phonk, donde todas las canciones siguen esa misma estética; “por lo que diría que no es solo juntarse a realizar las batallas, sino que involucra más factores y referentes culturales“, añade.

¿Pero por qué es rechazado por adultos y personas mayores? Resulta que “las generaciones mayores y el adultocentrismo convierten en irrisorias las acciones adolescentes cuando no logran encontrarles un sentido lógico, productivo o mercantil a algo que se está realizando masivamente”, detalló la socióloga.

A la vez, esta digitalización de la vida cotidiana ha producido una gran barrera cultural entre generaciones, que funciona como una suerte de exclusión para quienes no crecieron conectados a la tecnología; por eso se menosprecia el fenómeno, al considerarlo algo “infantil” o al intentar racionalizarlo todo.

“Durante su juventud, pertenecieron a tribus urbanas”

Al respecto, la profesional califica como “contradictorio el rechazo“, considerando que muchos de quienes no ven con buenos ojos el farmear aura, “durante su juventud, pertenecieron a tribus urbanas o siguieron modas adolescentes (consciente o inconscientemente), pasando por algo similar a lo que hoy critican en los jóvenes”.

Por su parte, expertos citados por El País de España, donde también estas batallas son todo un fenómeno, añaden que “los jóvenes no tienen la obligación de crear una cultura que sea comprensible o agradable para los adultos, pues crecer consiste precisamente en construir códigos propios, formas de pertenencia, maneras de expresarse y actividades que los diferencien de generaciones anteriores”.

“Si cada generación tuviera que hacer únicamente cosas que sus padres consideran válidas, no existiría una cultura juvenil propia”, matizan.

A su vez, la antropóloga social Belén Silva advirtió al medio citado que, como otras modas, se trata de un proceso más circular. “Pasa de las redes a la imitación corporal, después al encuentro presencial, que se graba, se publica y se comenta, dando lugar a nuevas performances”.

En ese sentido, concluye que “la práctica presencial actualiza los códigos digitales, pero también los modifica”.