Medio siglo después de la Revolución de 1979, el deporte más popular de Irán sigue funcionando como escenario de propaganda, mecanismo de castigo y campo de resistencia. De la expulsión de Karimi por no ayunar en Ramadán al asesinato de Mehran Samak en Bandar Anzali, este artículo recorre los casos que mostraron al mundo que, en Irán, patear el balón o negarse a cantar el himno pueden tener un costo mortal.
Introducción
El fútbol en Irán no es solo un deporte: es un campo de disputa entre un Estado teocrático y una sociedad civil cada vez más secular. Desde 1979, el régimen iraní ha comprendido que el deporte más popular del país no podía reprimirse por lo que apostó a controlarlo.
En el ensayo Controlling Iranian Soccer Is Mastering Iranian Politics, James M. Dorsey, experto en geopolítica del deporte, describe esta evolución con la metáfora del péndulo: «el péndulo ha oscilado desde un rechazo ultraconservador inicial hacia los deportes modernos hasta la comprensión de que el fútbol, como la religión, era difícil, si no imposible, de reprimir».
Dorsey concluye que los líderes teocráticos iraníes optaron por gestionar políticamente el fenómeno: una actividad capaz de provocar pasiones profundas, lealtades tribales/étnicas y un sentido de identidad que compite con las emociones asociadas a la religión. Esa decisión abrió una era en la que el control se ejerce en tres frentes simultáneos: las instituciones, la moral pública y la coerción directa contra quien desafíe el sistema.
Cómo el Estado controla las instituciones
El antropólogo Christian Bromberger, en Football and the authoritarian regime in Iran, documenta que bajo la República Islámica «la mayoría de los clubes pertenecen a agencias gubernamentales o empresas estatales». Las elecciones internas de la Federación son revisadas permanentemente por la FIFA, quien en 2006 suspendió al fútbol iraní de toda actividad internacional por injerencia estatal, obligando a la Federación iraní a aprobar nuevos estatutos.
El caso del Traktorsazi resulta emblemático: «desde 2011 los Guardianes de la Revolución y la provincia de Azerbaiyán poseen el 80% del equipo». Las consecuencias se traducen en una industria desfinanciada, sin derechos de propiedad claros y con discriminación estructural hacia la mujer. La subinversión en seguridad de los estadios ha generado tragedias recurrentes: aficionados murieron en el Estadio Azadi en 2007 y un niño de 8 años falleció en 2023 por la caída de una puerta.
Vestimenta, himno y moral impuesta
En 2005, la Federación iraní publicó una orden explícita —recogida en la misma investigación de Bromberger— que prohibía a los jugadores ropa ajustada, pendientes, anillos, barbas irregulares y cabello largo. El caso más recordado es el de Ali Karimi, el llamado «Maradona de Asia» quien fue expulsado de su club en 2010 por no ayunar durante el Ramadán.
Durante el Mundial de Qatar 2022, los jugadores iraníes evitaron cantar el himno del régimen en su partido contra Inglaterra, como señal de duelo por el asesinato de Mahsa Amini. Un análisis de más de 20.000 tuits durante el torneo reveló que dos tercios de los mensajes «abordaban críticamente al régimen y promovían a los manifestantes». En este contexto el delantero Sardar Azmoun fue acusado de «deslealtad percibida» y excluido de la selección.
La mujer: prohibida, sancionada y exiliada
En 1998, tras la clasificación de Irán al Mundial de Francia, miles de mujeres iraníes invadieron el Estadio Azadi para celebrar dicho logro. Los medios pidieron a las «queridas hermanas» volver a casa y evitar celebrar. La situación cambió tras la tragedia de Sahar Khodayari, conocida como la Blue Girl. El 2 de septiembre de 2019 Khodayari se suicidó públicamente en Teherán tras ser amenazada con prisión por asistir disfrazada de hombre a un partido de su equipo favorito, el Esteghlal.
Paradójicamente, en 2021 la selección femenina se clasificó por primera vez a una Copa Asiática, pero la pandemia congeló la liga durante diez meses. Las jugadoras iraníes han recurrido a Instagram para resistir la censura y reclamar visibilidad pública.
2022: el Mundial como campo de batalla
La muerte de Mahsa Amini en septiembre de 2022 desató las mayores protestas en la historia de la República Islámica. Como recuerda Sahar Razavi en su “Discord in the Diaspora: Agonism in the Woman, Life, Freedom Movement for Democracy” el 29 de noviembre de 2022, las fuerzas de seguridad asesinaron a Mehran Samak, de 27 años, en Bandar Anzali, por celebrar la derrota de la selección contra Estados Unidos. Ese mismo mes fueron arrestados los defensas Voria Ghafouri y Amir Reza Nasr-Azadani.
Nasr-Azadani fue condenado inicialmente a muerte y luego a 26 años de prisión; su caso fue denunciado por FIFPro, el sindicato mundial de jugadores. La leyenda Ali Karimi, exiliado en Estados Unidos desde 2022, enfrenta desde entonces amenazas de extradición y confiscaciones de propiedades por parte de la Guardia Revolucionaria.
2025–2026: una nueva ola represiva
El exportero Mohammad Rashid Mazaheri, integrante del plantel iraní durante el Mundial 2018, fue arrestado en febrero de 2026 tras comparar al fallecido líder supremo Ali Khamenei con «Satán» y fue encarcelado en la temible prisión de Urmia en aislamiento solitario.
En la Copa Asiática Femenina de 2026 en Australia, varias jugadoras no cantaron el himno; siete de ellas pidieron asilo tras ser etiquetadas de «traidoras en tiempos de guerra», un cargo equivalente a delito capital. Al final, y debido a presiones del régimen, cinco retractaron su solicitud tras amenazas y detención de familiares; otras permanecieron en el exilio y se quitaron públicamente el hiyab.
Al menos 10 futbolistas fueron detenidos tras las protestas de enero de 2026, algunos con cargos que podrían acarrear la pena de muerte.
Migración atlética: una hemorragia estructural
Estudios sobre migraciones deportivas iraníes identifican tres factores que empujan a los atletas de élite a salir del país: restricciones culturales y religiosas como el hiyab obligatorio, débil meritocracia con nepotismo estructural e inestabilidad económica crónica de las organizaciones deportivas.
Para las atletas femeninas, el hiyab y la percepción de ciertos deportes como «masculinos» aceleran la decisión de migrar —un patrón comparable al de las deportistas afganas acogidas en Australia tras el retorno del Talibán.
La presión interna e internacional del 2022 obligó al régimen a abolir formalmente la Policía de la Moralidad que detuvo a Amini. Pero la medida es meramente cosmética: en Irán existen otros órganos como el IRGC con funciones similares. El control se desplaza no se elimina.
El Mundial 2026: Pride Match, León y Sol y ceremonia militarizada
El actual Mundial en Canadá, México y EE. UU. proyecta más de 40.000 millones de dólares en actividad económica y se vende como «el más inclusivo y diverso» de la historia. Pero el caso iraní puso a prueba esa narrativa.
El comité local de Seattle designó el partido Irán-Egipto como «Pride Match», sin aval oficial de FIFA. La Federación iraní respondió llamando a la decisión «movimiento irracional». Bajo la República Islámica, ser LGBTQ+ puede ser literalmente una sentencia de muerte: el artículo 234 del Código Penal prevé la pena capital para las relaciones homosexuales consentidas, aplicada sin excepción al receptor y al activo solo bajo coacción. Se estima que entre 4.000 y 6.000 iraníes han sido ejecutados desde 1979 por este motivo.
El activista Omid Iravanipour, exiliado tras el WorldPride de 2019, advirtió en el sitio Iran International el 26 de junio de 2026 que si FIFA permitía borrar esa visibilidad en suelo estadounidense, los iraníes queer sabrían que su existencia «sigue siendo negociable bajo presión política».
FIFA prohibió también el ingreso de la bandera del León y Sol, calificándolo de «político». La bandera fue enseña oficial de Irán hasta 1979, formalizada bajo el sha Abbas I en el siglo XVII y adoptada como pieza clave del nacionalismo por la dinastía Pahlavi. Decenas de aficionados que la ondearon en el SoFi Stadium de Los Ángeles el 15 de junio fueron interceptados por la seguridad y un joven fue detenido como lo certifica el artículo «La bandera significa libertad» publicado por el Iran International el 26 junio pasado.
La ceremonia de despedida del equipo en Teherán fue organizada con un funcionario sancionado del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, que llamó al Mundial «campo de batalla de guerra» e instó a los jugadores a competir «en memoria de quienes estuvieron junto a los sistemas de defensa de misiles». Irán amenazó con abandonar el terreno si encontraba símbolos Pride. La cancelación del brazalete «One Love» en Catar 2022 ilustra cómo FIFA y los Estados anfitriones se protegen mutuamente de las críticas externas.
Conclusión
La investigadora Marjan Saffari resume la paradoja: el régimen «emplea el deporte como mecanismo para consolidar la legitimidad política», mientras atletas y aficionados «utilizan el deporte como medio de empoderamiento personal y transformación comunitaria». Los casos de Ghafouri, Nasr-Azadani, Karimi, Mazaheri, Azmoun y las siete jugadoras asiladas en Australia no son anécdotas aisladas: forman parte de un patrón que se repite cada vez que el fútbol se vuelve demasiado visible.
La pregunta que el Mundial 2026 deja abierta no es solo quién gana la Copa, sino cuántos jugadores podrán volver a pisar el campo y cuántas identidades —étnicas, de género, sexuales, nacionales— podrán seguir reclamando visibilidad en una grada donde se les prohíbe su bandera, su himno y su propia existencia.
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