El reciente ataque armado ocurrido en un colegio de Calama, donde una inspectora murió y dos personas quedaron gravemente heridas, abrió nuevas interrogantes sobre las motivaciones detrás de la violencia extrema en contextos escolares.
Entre los antecedentes, uno de los elementos que llamó la atención fue la presencia de referencias a figuras de masacres internacionales y a contenidos asociados al llamado mundo “incel”, una subcultura digital que ha despertado preocupación entre especialistas en seguridad, salud mental e incluso derechos humanos.
¿Qué son los incels?
Aunque el término puede resultar desconocido para gran parte de la población, la palabra “incel” proviene del inglés involuntary celibate que significa “célibe involuntario”. Se utiliza para describir a personas que afirman no poder establecer relaciones afectivas o sexuales pese a desearlo.
Con el tiempo, el término pasó de ser una mala etiqueta a una identificación gracias al apoyo entre personas solitarias, que llegan a convertirse, en algunos casos, en comunidades virtuales donde proliferan discursos de resentimiento, misoginia y odio, según un reportaje de BBC.
El concepto surgió en la década de 1990 cuando una joven canadiense conocida como Alana creó un sitio web llamado “Alana’s Involuntary Celibacy Project”, pensado como un espacio de conversación para quienes se sentían aislados o incapaces de tener relaciones románticas.
Sin embargo, con el paso de los años, en diversos foros de internet comenzaron a instalarse discursos que culpaban a las mujeres del fracaso afectivo de algunos hombres. Paralelamente, surgió una jerga propia, con términos como “Chad” para referirse a hombres exitosos en el plano romántico y “Stacey” para mujeres consideradas atractivas.
Al respecto, investigaciones y reportajes señalan que en ciertos sectores de comunidades incels, la frustración puede derivar en ideologías misóginas y en la glorificación de la violencia como forma de venganza.
Las razones psicológicas tras los incels
En los últimos años, varios ataques masivos han sido vinculados con este universo ideológico. Uno de los casos más emblemáticos ocurrió en 2014, cuando Elliot Rodger asesinó a seis personas en California, tras difundir un mensaje en el que expresaba su odio hacia las mujeres que lo habían rechazado.
Su figura fue posteriormente idolatrada en algunos foros incel.
Pero pese a estos antecedentes, los especialistas advierten que el fenómeno es más complejo que una simple asociación entre incels y violencia. La psicóloga clínica de RedSalud, Karina Vargas, explicó en exclusiva a BioBioChile que el llamado celibato involuntario no constituye en sí mismo un trastorno o un diagnóstico médico.
“Desde una perspectiva clínica, puede asociarse, en algunos casos, a dificultades en habilidades sociales, baja autoestima y altos niveles de frustración”, señala. En ciertas situaciones, agrega, pueden aparecer sentimientos de resentimiento o malestar emocional que llevan a algunas personas a buscar explicaciones en comunidades en línea.
Según Vargas, la identificación con estos espacios suele responder a necesidades psicológicas relevantes, especialmente en la adolescencia y adultez temprana. “La búsqueda de identidad, validación y sentido de pertenencia puede llevar a que algunos jóvenes se acerquen a comunidades digitales donde sienten que otros comparten sus mismas experiencias”, afirma.
El problema, añaden, surge cuando estos entornos refuerzan visiones negativas del mundo y consolidan narrativas de victimización o resentimiento. En esos casos, la interacción constante con contenidos extremos puede profundizar la frustración y el aislamiento.
La psicóloga subraya que no todas las personas que atraviesan dificultades afectivas terminan identificándose con estas comunidades ni, mucho menos, adoptando posturas violentas. Factores como la calidad de las redes de apoyo, el acompañamiento familiar y el acceso a ayuda profesional pueden marcar una diferencia significativa.
Radicalización digital violenta
En el caso investigado en Calama, uno de los elementos que llamó la atención fue la presencia de nombres de perpetradores de ataques masivos inscritos en armas utilizadas por el agresor, además de referencias a masacres internacionales.
El estudiante también habría imitado la estética y los rituales de otros atacantes, una práctica que especialistas describen como común en ciertos espacios de internet donde se comparten videos violentos y se idolatra a autores de crímenes masivos.
Algunos investigadores han denominado a esta tendencia “incelcore”, un término utilizado para describir contenidos culturales, incluyendo música y material audiovisual, vinculados a comunidades incel y a narrativas nihilistas o misántropas. Este tipo de espacios, advierten expertos, puede reforzar la normalización de la violencia.
El académico de Psicología, Rodolfo Bächler, explicó a la Universidad de Santiago (USACH) que la adhesión a estos discursos no responde a una sola causa. “Puede influir una vivencia subjetiva de soledad, aislamiento, tristeza profunda o dificultad para establecer vínculos emocionales genuinos, pero eso por sí solo no determina que una persona termine adhiriendo a este tipo de grupos”, señala.
Según el especialista, también influyen factores sociales, familiares y culturales, así como la existencia de comunidades en línea que validan el odio o la agresión.
Al mismo tiempo, organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional advierten además que los algoritmos de las plataformas digitales pueden contribuir a amplificar estos contenidos.
Es que, al priorizar publicaciones que generan más interacción, como material polémico o extremo, los sistemas de recomendación pueden terminar exponiendo a adolescentes a discursos radicales incluso cuando no los buscan activamente.
El desafío en los colegios
Tras el ataque de Calama, especialistas de la Universidad de Chile plantearon en un comunicado de prensa que el foco no debe centrarse exclusivamente en medidas punitivas o de seguridad, sino en fortalecer la convivencia dentro de las comunidades escolares.
La investigadora Alejandra Mohor, del Centro de Estudios en Seguridad Ciudadana, señaló que medidas como detectores de metales no han demostrado reducir la violencia en establecimientos educacionales y, en algunos casos, incluso aumentan la percepción de inseguridad.
Para el investigador Paulo Barraza, del Centro de Investigación Avanzada en Educación, la violencia escolar suele ser la expresión de un problema relacional más profundo. Desde esta perspectiva, las estrategias de prevención deben centrarse en reconstruir vínculos, promover espacios de escucha y fortalecer el sentido de pertenencia dentro de las comunidades educativas.
Diversos especialistas coinciden en que la violencia en entornos digitales o en los colegios no puede abordarse únicamente desde la lógica del castigo. La clave, sostienen, está en comprender las causas profundas de la soledad, la falta de referentes afectivos, la búsqueda de identidad y la influencia de discursos extremistas que circulan en internet.