A propósito de la discusión sobre Michelle Bachelet y la ONU, la reflexión no se detiene en la visibilidad.

En el debate contemporáneo sobre liderazgo femenino se ha instalado una premisa que, a fuerza de repetirse, ha adquirido un estatus casi incuestionable: que la mera visibilidad de mujeres en posiciones de poder constituye, por sí misma, una condición suficiente para ampliar las aspiraciones de otras mujeres.

La fórmula es conocida y seductora en su simplicidad, si las niñas lo ven, podrán soñarlo, pero precisamente por eso conviene examinarla con mayor detenimiento.

Porque en esa equivalencia entre ver y poder, entre presencia y posibilidad, se desliza una comprensión reducida que, aun considerando los procesos a través de los cuales se configura el liderazgo, deja fuera una cuestión más exigente: qué formación y qué cultura hacen posible ejercerlo con responsabilidad y sentido de sus consecuencias.

Un debate reciente en el contexto chileno permite observar con claridad esta lógica. A propósito de la discusión en torno a la eventual candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de las Naciones Unidas, parte del debate público tiende a interpretarse en términos de lo que su eventual presencia significaría para las niñas y adolescentes.

Más allá de la contingencia específica y de las legítimas diferencias sobre esa decisión, lo que resulta llamativo es la rapidez con la que la conversación se desplaza hacia una lectura eminentemente simbólica: la idea de que la relevancia de ese liderazgo radicaría, ante todo, en su capacidad de ser visto.

En ese desplazamiento hacia lo simbólico se juega, en realidad, una cuestión más de fondo. La discusión tiende a plantearse como si la relevancia de esa figura residiera principalmente en su condición de mujer y en el efecto de su visibilidad, dejando en segundo plano una pregunta más relevante: cómo se evalúa ese liderazgo en sí mismo y bajo qué criterios.

Esto no implica desconocer una trayectoria política e institucional extensa, sino advertir que su sola existencia no agota el análisis. En política, el criterio no puede agotarse en la lectura que reduce ese liderazgo a su condición de mujer, sino que exige considerar el ejercicio mismo de ese liderazgo: el proyecto que encarna, las decisiones que impulsa y las consecuencias que estas tienen.

De lo contrario, se corre el riesgo de convertir la representación en un sustituto del juicio, y la identificación en un reemplazo del criterio.

Si el objetivo es ampliar de manera sustantiva la participación de mujeres en espacios de poder, la pregunta decisiva no es solo cuántas y quiénes llegan, sino qué tipo de formación hace posible ejercer liderazgo con criterio, exigencia y responsabilidad.

El liderazgo, femenino o masculino, no se sostiene en la mera visibilidad, sino en la formación de capacidades: criterio, juicio, pensamiento crítico, autonomía intelectual, responsabilidad y comprensión de las consecuencias de las propias acciones.

En ese sentido, el verdadero desafío no radica en multiplicar referentes, sino en fortalecer los entornos donde esas capacidades florecen: una educación exigente, espacios que valoren el mérito, y una cultura que no rebaje el estándar bajo la promesa de inclusión. Sin ese trabajo previo, la aspiración al liderazgo corre el riesgo de convertirse en una expectativa sin sustento, más cercana a la proyección simbólica que a una posibilidad real.

Reducir el horizonte de las mujeres a la posibilidad de verse reflejadas en otra mujer, como si la aspiración al liderazgo dependiera ante todo de esa identificación, no solo simplifica el problema, sino que lo empobrece.

Las aspiraciones humanas, cuando son genuinas, no se agotan en la imitación, sino que se orientan hacia la realización de las propias capacidades en su máximo nivel. En ese sentido, el desafío no es ofrecer figuras a las que parecerse, sino formar personas capaces de exigirse más allá de cualquier modelo, independientemente de si este es masculino o femenino.

Porque el liderazgo, en su sentido más pleno, no consiste en ocupar un lugar previamente validado por otros, sino en estar a la altura de lo que ese lugar demanda. Esa exigencia de desempeño, que es intelectual, moral y práctica, no se transmite por la sola visibilidad, sino por una cultura que la cultiva, la valora y la sostiene. Cuando esa cultura se debilita, no solo escasea el liderazgo, sino también los criterios para distinguirlo.

María Daniela Carrasco San Martín
Socióloga
Doctor of Philosophy (PhD) en The University of Queensland.

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