Aves gigantes fueron los grandes depredadores del planeta durante cerca de 50 millones de años, y entre sus presas estuvieron nuestros ancestros. Así lo plantea un reportaje de la BBC, que reúne el trabajo de varios especialistas y sostiene que esa amenaza desde el cielo pudo influir en la evolución humana.
El caso más conocido es el del “niño de Taung”, un Australopithecus africanus de unos tres años que vivió en la sabana sudafricana hace 2,8 millones de años. Sus restos tienen marcas bajo las órbitas de los ojos, compatibles con las garras de un águila. No se sabe con certeza qué ave lo mató.
Un reinado que empezó tras el asteroide
Según el reportaje, tras la caída del asteroide que acabó con los dinosaurios, casi no quedó vegetación y había poco más que semillas para comer, algo que favoreció a las aves.
Sin depredadores, algunas especies terrestres pequeñas crecieron hasta volverse gigantes. Unas fueron herbívoras, otras cazadoras marinas y otras ocuparon el lugar de grandes depredadores terrestres como los tiranosaurios.
Scott McGraw, primatólogo de la Universidad Estatal de Ohio (EEUU), estudió los restos de más de 600 primates actuales muertos por aves rapaces en el bosque de Taï, en Costa de Marfil. Halló daños en el piso de la órbita del ojo idénticos a los del niño de Taung, según cuenta. Para él, los rapaces habrían comido a nuestros ancestros de forma habitual.
James Cole, arqueólogo de la Universidad de Brighton (Reino Unido), coincide en que los primeros homininos, el grupo de los humanos y sus parientes cercanos, eran presas. “Fuimos depredados, seguro”, resumió.
Grupos, lenguaje y leyendas
La presión de escapar de estos cazadores habría moldeado cuerpo y mente. Caminar en dos patas facilita divisar peligros, y vivir en grupos grandes permite que varios vigilen a la vez, lo que se conoce como “efecto de muchos ojos”. Cole agrega que coordinarse más allá de la vista pudo impulsar el lenguaje.
McGraw añade que muchos primates usan una alarma general para distintos depredadores, pero emiten llamados específicos ante las rapaces. A su juicio, eso podría ser un antecedente del lenguaje humano.
El mayor cruce con humanos habría ocurrido en América, donde vivían los teratornos, aves parecidas a cóndores con alas de hasta 6 metros. Se extinguieron hace unos 10.000 años, mucho después de la llegada de los primeros humanos. Joanne Cooper, curadora del Museo de Historia Natural de Londres, plantea que pudieron inspirar la leyenda del Pájaro Trueno.
En Nueva Zelanda, el águila de Haast pesaba cerca del doble que un águila arpía y tenía garras de 10 centímetros. Cooper la describe como “esencialmente un tigre volador” y dice que los niños “habrían estado absolutamente en riesgo”. La leyenda maorí de Te Hokioi, un águila que robaba niños, se vincularía con ella.
Con el fin de la Edad de Hielo, hace 11.700 años, desaparecieron casi todos los grandes mamíferos y también las mayores aves depredadoras. Se discute si fue por el clima o por la caza humana. Cooper cree que esa historia explica por qué nos fascinan los rapaces, pero no nos agrada convivir con ellos.
Un dato aparte: el reportaje menciona una nota periodística del siglo XIX en Tennessee, que relata que un “gran águila gris” se llevó a un niño. Tras unos tres kilómetros, un cazador la espantó a gritos y el pequeño resultó ileso.
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