“NO-HAY-NADA”.

Probablemente la noticia más importante que Salvador Schwartzmann haya transmitido en su vida, fue cuando aquella noche corrió hasta los micrófonos de Radio Bío Bío para confirmar con voz severa que -en efecto- no estaba pasando nada.

Fue la noche del 16 de enero de 2005, cuando más de 18.000 personas en Concepción sufrimos la psicosis colectiva de creer que seríamos presa de un tsunami como el que había devastado a Indonesia semanas atrás, gatillando una evacuación espontánea de la ciudad hacia los cerros, episodios de histeria e incluso, una persona muerta por infarto.

Por eso escuchar la voz de don Salvador fue tan esencial (y reconfortante) aquella madrugada. No podía haber sido otro. Sus entonces ya 40 años de ejercicio lo habían consolidado como una de las voces más respetadas y queridas de todo el sur de Chile. Sólo él podía generar la confianza suficiente para que la gente volviera con tranquilidad a sus hogares.

Inconfundible por su entrañable calva, su voz nasal y su rostro sonriente a perpetuidad, don Salvador se convirtió a fuerza de pasión por el oficio que realizaba en una verdadera institución no sólo del periodismo, sino de la comunidad. A través de la radio era quien -como un padre- informaba, aconsejaba, advertía, denunciaba y también, nos hacía reír.

Y al igual que un padre, adoptaba con los periodistas más jóvenes un rol formador. Cuando comenzamos con el proyecto de BioBioChile en 2008, fue una de las primeras personas en tendernos la mano, en apoyarnos, entregarnos datos y claro, también corregirnos. Aún recuerdo su cara de horror cuando tuve la pésima idea de publicar un supuesto traslado de Concepción como broma de inocentes.

“No se puede jugar con la angustia de la gente”, me aleccionó.

Y tenía razón, porque para él, la gente, la comunidad, siempre estuvo primero.

Por eso don Salvador era tan indivisible de Radio Bío Bío, porque se retroalimentaban. Cuando alguien debía representar a la radio en alguna instancia compleja, lo hacía él. Pero cuando venía a visitarnos el curso de una escuela básica, también los guiaba él. Tenía una comprensión y una complicidad envidiable con los niños, al punto de tirarse al piso a jugar con ellos.

Quizá porque su espíritu era, en cierto modo, infantil, veía todo con curiosidad y optimismo en el futuro. Pese a su edad era el primero en adoptar las nuevas tecnologías y reconocer que estas podían cambiarnos para mejor si las abrazamos con el cuidado suficiente. Cuanta falta nos hace su visión.

Esta mañana, mientras redactaba la nota sobre su muerte -con la celeridad que él hubiese exigido- escuché con cuidado las palabras que pronunció durante el aniversario 50 de Radio Bío Bío para citarlo, y me detuve al escuchar que pronunciaba mi nombre. No recordaba que fui yo el que lo había entrevistado.

Pero no me extrañó. Don Salvador sabía que un buen periodista es quien escucha tan bien o mejor que como escribe. Que la comunicación es diálogo y por ende cada persona, hasta la más humilde, merece ser tratada por su nombre.

Eso era algo en lo que él ponía todo el cuidado del mundo.

Descanse, don Salvador. El mejor homenaje que le podemos dar es seguir llevando adelante con fuerza el periodismo en su nombre. Como usted lo hubiera querido.