Imagina separar a un grupo de amigos que siempre vivió junto y, unos días después, notar que algunos empiezan a buscar más y más alcohol, mientras que otros lo evitan por completo. Eso fue exactamente lo que ocurrió en un laboratorio con ratones, y el hallazgo detrás de ese comportamiento acaba de destapar un mecanismo cerebral que hasta ahora era un misterio.
Un equipo liderado por la investigadora Reesha Patel, de la Universidad Northwestern, junto a la científica Kay Tye del Instituto Salk de Estudios Biológicos, identificó un circuito específico en el cerebro que se activa con la soledad y empuja a los machos a beber más alcohol, mientras que en las hembras produce el efecto contrario. El trabajo fue publicado en la revista Nature Neuroscience.
Lo interesante es que, según Reesha Patel, esta es la primera vez que se logra identificar un circuito cerebral puntual que explique por qué la soledad puede llevar a un mayor consumo de alcohol en los machos. “Estos hallazgos proporcionan un objetivo biológico mucho más claro para comprender y, en última instancia, tratar el abuso de alcohol que surge del aislamiento, un problema cada vez más común”, explicó la investigadora, según consignó el portal EurekAlert.
Cómo la soledad cambia el comportamiento respecto del alcohol (y de forma distinta según el sexo)
Los investigadores primero pusieron a prueba a ratones machos y hembras dándoles, todos los días durante una hora, la posibilidad de elegir entre beber agua o una solución con 15% de alcohol. Al principio, todos vivían en grupo, como corresponde a la naturaleza social de estos animales.
Luego, algunos fueron trasladados a jaulas individuales durante 11 días, simulando lo que sería el aislamiento social en la adultez humana. El resultado sorprendió: los machos aislados fueron aumentando progresivamente su consumo de alcohol día a día, alcanzando un máximo tras aproximadamente una semana. Las hembras, en cambio, redujeron su consumo bajo las mismas condiciones.
Este patrón no es exclusivo de los ratones: coincide con lo que se ha observado en estudios con personas, donde la soledad también se asocia a un mayor consumo de alcohol, aunque con matices según el sexo. La Organización Mundial de la Salud estima que el trastorno por consumo de alcohol afecta a cerca del 7% de la población mundial mayor de 15 años, lo que da una idea de la magnitud del problema que este tipo de investigaciones busca comprender mejor.
Un circuito cerebral que se puede encender y apagar con luz
Para entender qué pasaba dentro del cerebro de estos animales, los científicos se enfocaron en la conexión entre dos regiones: la amígdala basolateral, una zona que procesa las emociones y las señales de estrés (algo así como el “centro de alarma” del cerebro), y la corteza prefrontal medial, encargada de la toma de decisiones y el autocontrol (el “centro ejecutivo”).
Usando microscopios en miniatura que se implantan en la cabeza de los ratones —lo que permitió ver en tiempo qué neuronas se activan mientras el animal se mueve libremente—, el equipo comprobó que la actividad de este circuito predecía con precisión cuánto alcohol iba a beber cada ratón.
Pero, para probar si esa conexión realmente causaba el aumento del consumo, o solo lo reflejaba, los investigadores recurrieron a la optogenética: una técnica que permite activar o apagar neuronas específicas con pulsos de luz, gracias a que previamente se les insertan genes sensibles a la luz. Al encender artificialmente este circuito en ratones machos que vivían en grupo (no aislados), sus cerebros comenzaron a responder al alcohol como si estuvieran solos, y su consumo aumentó.
Cuando hicieron lo contrario —apagar el mismo circuito en ratones que sí estaban aislados—, el consumo de alcohol bajó. Es una prueba bastante contundente de que este circuito no es un simple espectador, sino uno de los motores del comportamiento.
“Nuestro trabajo demuestra que una vía neuronal específica se vuelve hiperactiva durante el aislamiento y aumenta directamente el consumo de alcohol, y que hombres y mujeres recurren a diferentes estrategias neuronales cuando se sienten solos”, señaló Patel. “Esto podría ayudar a explicar las diferencias de género que se han observado durante mucho tiempo en los trastornos neuropsiquiátricos”.
El cerebro también deja de disfrutar lo dulce
Otro hallazgo llamativo del estudio es que, durante el aislamiento, la corteza prefrontal de los ratones machos no solo aumentó su respuesta al alcohol, sino que además redujo su respuesta a estímulos naturalmente placenteros, como una solución azucarada. Es decir, la soledad no solo hizo más atractivo el alcohol: también apagó parcialmente la capacidad del cerebro de disfrutar otras recompensas simples.
Los científicos interpretan esto como parte de un mismo fenómeno: al reconfigurarse, el circuito parece inclinar la balanza hacia el alcohol y en contra de los placeres cotidianos, lo que podría explicar por qué, en momentos de soledad, cuesta más encontrar satisfacción en cosas simples y el alcohol se vuelve una vía de escape más tentadora.
El estudio también encontró que la posición social dentro del grupo influye en cuánto bebe un ratón. Los animales “subordinados” en la jerarquía social bebían más alcohol que los “dominantes”, tanto antes como durante el aislamiento, lo que sugiere que el estrés de ocupar un lugar bajo en la escala social ya predispone a un mayor consumo, incluso antes de quedar completamente aislado.
Los investigadores aclaran que este trabajo se centró principalmente en ratones machos, ya que fueron los que mostraron el patrón de consumo más consistente frente al aislamiento. Ahora buscan entender qué mantiene a este circuito hiperactivo durante la soledad, por qué machos y hembras responden de forma tan distinta —si hormonas u otras diferencias en el circuito explican la divergencia— y, sobre todo, si estos hallazgos en ratones pueden trasladarse algún día a tratamientos para personas.