La salida de Natalia Duco del Ministerio del Deporte, tras la polémica por el uso de un vehículo fiscal para fines personales, podría leerse como otro tropiezo de instalación. Antes fue Mara Sedini, por razones distintas: cuestionamientos a su desempeño y una salida mal administrada que terminó ventilándose públicamente. Son casos diferentes, pero tienen algo en común. Cada episodio erosiona un activo que ya era escaso antes de que este gobierno asumiera: la confianza.

Confiar supone depositar credibilidad en otro, pero no significa entregar un cheque en blanco. José Andrés Murillo, fundador y director ejecutivo de la Fundación para la Confianza, distingue entre la confianza ciega —pasiva, acrítica— y la confianza lúcida: aquella que observa, cuestiona y, aun así, decide confiar. Es esa última la que necesita una democracia.

Los ciudadanos tampoco esperan que los políticos les solucionen la vida. Sugerirlo sería infantilizarlos. La mayoría hace su pega todos los días y espera, legítimamente, que quienes fueron elegidos hagan también la suya: administrar responsablemente, enfrentar los problemas estructurales y conducir al país hacia un lugar mejor.

Ahí aparece la esperanza. Cada elección contiene algo de ella: la expectativa de que esta vez las cosas puedan hacerse mejor. Confianza y esperanza no son lo mismo, pero están conectadas: cuando la primera se rompe sistemáticamente, la segunda también comienza a desaparecer. Por eso las desprolijidades importan.

Un gobierno que se presentó como de emergencia necesitará impulsar cambios difíciles, enfrentar resistencias y pedir paciencia. Las transformaciones profundas consumen capital político, y es razonable gastarlo en ellas. Lo incomprensible es dilapidarlo en errores evitables.

El problema, además, no comenzó con este gobierno. Administración tras administración hemos visto cómo aquellos que desde la oposición condenan severamente los errores ajenos, al llegar al poder, encuentran explicaciones bastante más comprensivas para los propios. Así se instala una de las frases más corrosivas para cualquier democracia: “son todos iguales”.

Esa es la suma silenciosa: una renuncia, una desprolijidad, una explicación poco convincente. Ninguna destruye por sí sola la confianza institucional, pero se acumulan. Y llega un momento en que la indignación se convierte en algo peor: indiferencia. Porque quien se indigna todavía espera; quien deja de confiar empieza también a dejar de esperar.

Chile ya aprendió, no hace tanto, que la solidez institucional no puede darse por sentada. No necesitamos explicaciones simplistas sobre octubre de 2019 para recordar cuán rápido pueden resquebrajarse certezas que parecían firmes.

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde. Solemos entenderlo como una frase optimista. Tal vez deberíamos leerla también como una advertencia. Porque cuando una sociedad pierde incluso la esperanza, empieza a sentir que ya no tiene mucho que perder.

Julio Neuling
Académico UAI.
Fundador de alejandríalab

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