La actriz chilena Francisca Walker reveló recientemente que enfrentó trastornos de la conducta alimentaria (TCA) durante más de 10 años, marcados —según contó— por una presión temprana ligada a su apariencia física.
En el podcast Vanidad a Cualquier Edad, relató que desde niña fue constantemente validada como “la más linda”, algo que en la adolescencia terminó pasándole la cuenta.
“Como fui la primera mujer después de dos hombres, siempre se me trató como la princesa, la más linda del mundo (…) Yo me la creí desde chica”, recordó.
Ese contexto se complicó con los cambios asociados a la pubertad y su relación con el ballet. “Me empezaron a crecer las pechugas y a estar más redondita. Entonces yo, que había sido validada por una forma exterior, sentía que mi cuerpo no calzaba con algo que yo amaba hacer”, explicó.
Según reconoció, aquello derivó en un cuadro prolongado: “Terminé desarrollando un trastorno alimenticio galopante por muchos, muchos años. Mi relación con mi cuerpo en la adolescencia fue terrible”.
A esto se sumó un diálogo interno dañino: “Desarrollé una forma de hablarme frente al espejo muy fea, muy terrible. Esa fue la voz que más me costó callar”.
¿Puede afectar decirles “lindas” a las niñas?
Aunque para muchos puede parecer exagerado, especialistas advierten que centrar los elogios en la apariencia desde edades tempranas sí puede tener efectos a largo plazo.
La psicóloga clínica Jo-Ann Finkelstein planteó en una columna en Psychology Today que existe una diferencia clave en cómo se suele describir a niños y niñas.
A los varones tendemos a calificarlos como “inteligentes, atléticos o divertidos”, lo que supone cualidades sustanciales, mientras que a las damas les asignamos cualidades como “bonita”, “hermosa” o “linda”, que son superficiales, lo que puede marcar inconscientemente a los más pequeños.
Esto, explicó, puede instalar de forma inconsciente la idea de que su valor principal está en cómo se ven.
“Desde la infancia en adelante, la apariencia de una niña se comenta mucho más que la de sus hermanos varones. Las niñas aprenden temprano que su apariencia es su atributo más importante. Las horas de energía creativa se redirigen a la obsesión por los ‘defectos’. Se gasta tiempo y dinero cubriendo imperfecciones y considerando varias partes del cuerpo que necesitan ajuste, aplanamiento y perfeccionamiento”, explicó la profesional.
“Centrarse en la apariencia de nuestras hijas magnifica los mensajes culturales de que las niñas deben verse de cierta manera. Tratar de cumplir con estos estándares de belleza imposibles puede frenar su crecimiento en áreas que brindan una felicidad más duradera: actividades y relaciones significativas”, complementó.
La especialista indicó que se sabe que cuando las niñas son pequeñas (y la feminidad importa menos), son más seguras, espontáneas y apasionadas, pero con la pubertad las cosas cambian.
En la preadolescencia y adolescencia, “las niñas suelen volverse hipercríticas con sus habilidades y comienzan a enfocarse más en su apariencia. Del mismo modo, sus amistades se ven amenazadas cuando se dan cuenta de que la apariencia es su moneda y otras chicas son la competencia”. De hecho, es común ahora que las adolescentes pasen horas tomándose selfies hasta dar con la “perfecta” porque nunca están conformes con su aspecto.
“Las investigaciones muestran que las niñas que se objetivan a sí mismas no solo son menos felices, sino que también tienen más dificultades con las tareas cognitivas y con los estados de flujo necesarios para el desempeño y el logro”, plantea.
“Como padres, también hemos crecido en una cultura que objetiva a las mujeres, por lo que no es de extrañar que escudriñemos y felicitemos constantemente a nuestras hijas basándonos en su apariencia”, asegura Jo-Ann.
Cómo evitar halagar el aspecto físico de las niñas
Frente a este escenario, Finkelstein propone algunas recomendaciones para padres y cuidadores:
1. Destacar logros y rasgos de carácter
Valorar aspectos como la creatividad, empatía, inteligencia o valentía ayuda a construir una identidad más profunda que la basada en lo físico.
2. Evitar reforzar constantemente que “es linda”
Aunque la intención sea positiva, insistir en ello puede reforzar la idea de que la apariencia es lo más importante.
3. No sobrecorregir su imagen
Detalles como el pelo o la ropa no siempre requieren atención. Darles demasiado peso transmite que están siendo evaluadas constantemente.
4. Cuidar el propio discurso sobre el cuerpo y las críticas hacia el de otros
Criticar el propio físico o el de otras personas puede influir directamente en cómo niñas y adolescentes perciben su cuerpo.
“Los adolescentes aprenden que la forma en que otras personas evalúan nuestro cuerpo (aspecto, sensación y olor) es más importante que cómo nos sentimos acerca de nuestro propio cuerpo”, enfatizó.
5. Valorar lo que el cuerpo puede hacer
Enfatizar habilidades —como correr, jugar o abrazar— ayuda a cambiar el foco desde lo estético hacia lo funcional.
“No es necesario correr maratones para observar que tus piernas fuertes te permiten jugar con tu perro y que tus brazos te permiten palear nieve o abrazar a quienes amas”, indicó la profesional.
Como último consejo, cuando tú y tu hija se rían hasta que les duela el abdomen o cuando tengan una conversación muy reflexiva donde exprese su interés por el mundo o los demás, ahí dile que es hermosa, porque ella sabrá que hablas de su interior y no de su apariencia.