Si Argentina hubiese ganado el Mundial, ¿qué habría pasado en el sur del continente? No lo digo solo por el fútbol, ni por el riesgo de los asados de celebración, sino por la dosis adicional de patriotismo que una victoria de esa magnitud habría despertado en nuestros vecinos.

La pregunta puede parecer una provocación, pero adquiere otra dimensión frente a las reiteradas declaraciones de altos mandos de las Fuerzas Armadas trasandinas sobre el extremo austral, a la creciente importancia estratégica del Estrecho de Magallanes y a un mundo donde las relaciones de poder vuelven a redibujarse entre Estados Unidos, China, Rusia y otras potencias.

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La tarea de construir soberanía Martes 01 Septiembre, 2026 | 13:05

En ese escenario, el extremo sur deja de ser la periferia del mapa: Tierra del Fuego, el Estrecho, el paso Drake y la proyección antártica vuelven a ocupar una posición central, y con ello también vuelve a primer plano una pregunta que en Chile solemos dar por resuelta: cómo ejercemos, en los hechos, nuestra soberanía.

Al ver desde el aire la Isla Grande, salta a la vista la extensión de una tierra escrita de bosque, llanuras, ríos oscuros y una tierra partida al medio por una línea que no se ve desde arriba pero que existe en cada tratado y en cada mapa: la frontera.

Tierra del Fuego tiene casi 48 mil kilómetros cuadrados. El 60% es nuestro, chileno, un territorio tres veces el tamaño de la Región Metropolitana (15.403km2), o similar a la Región de Los Lagos (48.584 km2). En ese sur extremo, 8.000 habitantes hacen patria en condiciones que la mayoría de los compatriotas no imagina.

Argentina, con quien compartimos la Isla Grande, tiene 190.000 habitantes. ¿Se imaginan? Once argentinos en un asado, eufóricos, abrazándose después de ganar la Copa del Mundo, cruzando la frontera con el corazón caliente de victoria, once argentinos por un chileno para recibirlos en varios kilómetros a la redonda. No es una exageración futbolera. Es una proporción que debería quitarnos el sueño.

El desequilibrio demográfico en Tierra del Fuego no es un dato estadístico, sino más bien es una fractura de soberanía que ningún gobierno ha decidido enfrentar en serio. Tres pasos fronterizos conectan ambos lados. Tres puertas que comunican un territorio densamente poblado y articulado con uno que, en los hechos, permanece casi vacío. No porque la tierra no valga, sino porque el Estado chileno nunca terminó de llegar. Reitero, habita un chileno por cada 23 argentinos.

Es por esto que las reiteradas declaraciones de los jefes de la Armada y de la Fuerza Aérea argentinas sobre Magallanes provocaron preocupación. La respuesta de Chile fue elevar una protesta diplomática y, posteriormente, la Cancillería argentina reafirmó expresamente la vigencia de los tratados de 1881 y 1984 y el marco jurídico que establece la soberanía chilena sobre el Estrecho.

Sin embargo, esa respuesta diplomática no logra esconder nuestra principal debilidad: el problema de Chile no está en los mapas ni en los tratados, sino en el progresivo abandono del sur, en extensos territorios estratégicos donde todavía faltan habitantes, conectividad, infraestructura y oportunidades capaces de sostener una presencia nacional efectiva.

Argentina entendió hace décadas que la soberanía se construye con gente. Con ciudades que funcionan, con servicios que no requieren un viaje de horas para resolverse, hospitales que cuidan a sus habitantes, con incentivos reales para que familias echen raíces. Ushuaia es hoy una ciudad con más de 80 mil habitantes, con universidad, con hospital, con industria, con turismo internacional. No llegó sola a eso. El Estado argentino la empujó. La incentivó. La pobló con política pública sostenida en el tiempo. Hizo lo que se hace cuando un territorio importa de verdad.

¿Nosotros qué hicimos? Porvenir, la capital regional, bordea los 6 mil habitantes. El resto del territorio chileno en la Isla Grande es silencio. Un silencio que no es paz, es ausencia. La porción chilena de la Isla Grande de Tierra del Fuego representa cerca del 3,6% del territorio nacional, hoy alberga apenas 0,05% de los habitantes del país, evidenciando uno de los mayores desafíos de ocupación efectiva, conectividad y soberanía de Chile.

La soberanía no se defiende con mapas enmarcados en la pared de un ministerio o con notas Diplomáticas deslavadas. Se defiende con presencia humana, con infraestructura, con conectividad y con condiciones de vida que permitan a una familia decidir quedarse. ¿Qué han hecho otros países? Tras la invasión rusa a Ucrania en 2022, Finlandia impulsó el programa de transición para las regiones fronterizas orientales, Transition Strategies for Finland’s Eastern and South-Eastern Border Regions, destinando recursos especiales para infraestructura, conectividad, empleo y resiliencia económica en Karelia del Norte, Kymenlaakso y otras provincias afectadas por el cierre de la frontera. El objetivo fue explícito: evitar el despoblamiento y mantener una presencia civil activa en más de 1.300 kilómetros de límite con Rusia.

Noruega lleva décadas aplicando en Finnmark y Troms la denominada Action Zone for Northern Norway, que combina reducción de impuestos, condonación parcial de créditos universitarios, subsidios familiares, apoyo a la vivienda y descentralización de servicios públicos. Gracias a estas medidas, el Estado noruego busca sostener comunidades permanentes en el Ártico, bajo una premisa estratégica basada en que no existe control efectivo del territorio sin población estable. Canadá, por su parte, a través de la Arctic and Northern Policy Framework, ha vinculado soberanía y desarrollo humano, financiando puertos, aeropuertos, telecomunicaciones, energía y vivienda en Nunavut, Yukon y los Territorios del Noroeste, entendiendo que la mejor defensa de una frontera remota es que existan ciudadanos viviendo, trabajando y construyendo futuro en ella.

La experiencia comparada demuestra que los países con fronteras extensas y complejas no enfrentan sus desafíos territoriales únicamente con cuarteles o destacamentos. Los enfrentan mediante políticas permanentes de poblamiento, infraestructura y desarrollo que transforman territorios aislados en espacios habitados, productivos y estratégicos para la nación. Tierra del Fuego plantea exactamente ese desafío para Chile. El problema no es que Argentina sea mala vecina. El problema es la asimetría que nuestro país ha permitido históricamente. Y la asimetría no se resuelve sola.

Pensemos en el fútbol un momento más, porque la imagen sirve. Un equipo que sale al campo con once jugadores bien entrenados, bien alimentados, con cancha conocida, contra uno que sale con uno o dos, dispersos, sin banco de suplentes, jugando en condiciones de viento y frío extremo que solo ellos conocen. ¿Quién tiene la ventaja estructural? No se trata de voluntad. Se trata de masa crítica. De presencia. De quién ocupa el espacio.

Chile tiene en Tierra del Fuego familias extraordinarias. Gente que eligió quedarse, que crió hijos en el sur extremo, que conoce ese territorio como nadie. Pero no podemos pedirles que sostengan soberanía con puro coraje y amor a la patria. Eso no es política de Estado. Eso es abandono con bandera.

Lo que se requiere tiene nombre: un Plan Tierra del Fuego. No una glosa presupuestaria. No un comité interministerial que se reúne dos veces al año. No diplomáticos conversando. Un plan con visión de treinta años, con incentivos tributarios reales para instalarse y emprender, con conectividad aérea asegurada, con inversión en salud y educación que no obligue a una madre a volar a Punta Arenas para una consulta de especialidad, con una política habitacional que entienda que construir en ese clima no es lo mismo que construir en Santiago. El Estado tiene herramientas. Lo que ha faltado es la decisión de usarlas.

Noruega pobló su costa ártica con política pública deliberada. Israel construyó ciudades en el desierto porque entendió que la soberanía se escribe con hogares y escuelas, no solo con decretos. No son ejemplos lejanos, son espejos. ¿Cuántos más años vamos a administrar esta brecha como si fuera un dato del paisaje?

El viento en Tierra del Fuego no para. Sopla desde el Estrecho con una insistencia que parece un mensaje. Las familias que viven allí merecen que el Estado las mire a la cara y comprenda que quedarse también es hacer soberanía. Si bien el Mundial ya terminó y dejó a Argentina en ese incómodo segundo lugar, quizás debamos leerlo como una señal: en soberanía, llegar segundo puede significar haber llegado demasiado tarde.

Claudia Lillo Echeverría
Arquitecto/Urbanista
Dirigente Gremial

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