Una de las principales debilidades de la política educativa ha sido, durante años, la distancia entre quienes diseñan las decisiones y quienes deben implementarlas diariamente en las escuelas. La reciente constitución del Consejo Nacional de Directores por Chile representa una oportunidad para incorporar la experiencia de quienes conocen de primera fuente los desafíos del sistema.

El problema de décadas ha sido la desconexión política con la realidad, con el fin último que busca la educación, y anteponer sus ideas u objetivos políticos y desenfocarse de aumentar la calidad de la enseñanza en Chile.

La diversidad del consejo importa: la educación chilena no es una realidad uniforme y las soluciones tampoco pueden construirse como si todas las comunidades enfrentaran los mismos problemas. Cierto es que faltó integrar a sostenedores o directivos de las fundaciones que sostienen este sistema imperante.

Durante demasiado tiempo, el sistema ha tendido a sobrecargar a los establecimientos con regulaciones que no siempre contribuyen a resolver sus problemas. De acuerdo con Educación 2020, el 73,8% de los equipos directivos destina entre 40% y 80% de su tiempo a tareas administrativas. Las normas son necesarias, pero pretender anticipar cada situación desde una oficina central termina debilitando el criterio profesional de quienes conocen directamente a sus comunidades. Termina quitando velocidad y adaptación a la diversidad propia de nuestras realidades educacionales.

El consejo inicia su trabajo en un momento en que el país vuelve a discutir convivencia escolar, seguridad, mérito, admisión y libertad de elección. Es el momento correcto, es tiempo de enmendar el rumbo y enfocarse en los niños, en los educadores, en facilitar que la sala de clase sea el lugar óptimo donde papás y mamás estén orgullosos de la instrucción que se les da a sus hijos.

Reconocer el derecho de las familias a elegir un proyecto educativo y valorar el esfuerzo de los estudiantes es imperante. Olvidamos el criterio, la adaptación a cada realidad, a cada proyecto familiar y educacional por una tómbola, por el azar. Como si todos y cada uno fuésemos uniformes. Libertad de elección, transparencia, inclusión, no discriminación y atención adecuada a quienes requieren mayores apoyos es esencial.

Las familias no eligen un colegio principalmente por su cercanía o infraestructura. También buscan una comunidad coherente con sus valores, una propuesta formativa clara y un ambiente donde sus hijos puedan crecer con seguridad y sentido. ¿Eso lo da el azar? ¿Eso lo da la tómbola? Claro que no.

Incorporar la voz de los directores no significa renunciar a la responsabilidad del Estado ni trasladarles problemas que requieren soluciones nacionales. Significa reconocer que ninguna reforma será sostenible si no considera a quienes lideran diariamente nuestras escuelas, liceos y jardines infantiles.

Escucharlos es un buen comienzo. Les deseo el mejor de los éxitos. Convertir su experiencia en decisiones concretas será la prueba de la política para no aumentar la brecha educacional real: la distancia hiriente de la política con la realidad educativa chilena.

Gonzalo Silva
Presidente de la Fundación Educacional Luis Silva Sánchez

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