Segunda parte de la columna titulada: Por qué importa la desigualdad: conversaciones entre Thomas Piketty y Michael Sandel.
Retomando mi columna anterior, en la que reflexiono sobre el diálogo entre Thomas Piketty y Michael Sandel en Igualdad. Qué es y porqué importa (Penguin Random House, 2025), quiero referirme ahora a la pregunta que Sandel formula a Piketty, en el sentido de si sus propuestas para reducir la desigualdad podrían considerarse por algunos como un proyecto que superaría las políticas socialdemócratas convencionales centradas en la redistribución de la renta y la riqueza y la voz política de los ciudadanos.
Piketty responde que la socialdemocracia fue en otro tiempo un proyecto radical. Estos serían los casos de la socialdemocracia sueca que accedió por primera vez al poder en la década de 1930 y permaneció en él aún después de la Segunda Guerra Mundial, o cuando el partido laborista británico llegó al gobierno en 1945.
Hasta el término de la Primera Guerra Mundial (1918), Suecia era un país donde solo el 20% de los hombres podían votar, y ellos tenían asignadas distintas cantidades de votos en función de su riqueza (el derecho a voto de las mujeres sólo se estableció en este país en el 24 de mayo de 1919).
Es importante tener presente, como explica Piketty en su libro Una breve historia de la igualdad, al cual se refiere en el capítulo 1, que en el largo plazo se observa una tendencia hacia una menor desigualdad en todo el mundo surgida de la movilización social en procura de la igualdad en el acceso a los bienes fundamentales en los que se incluyen el sufragio universal, la salud, y la máxima participación posible en la vida social, cultural, cívica y política.
En este proceso de disminución de la desigualdad él marca su inicio a fínales el siglo XVIII con la Revolución Francesa, destacando entre las condiciones más relevantes la abolición de los privilegios aristocráticos. En cierta medida la independencia estadounidense también habría influido positivamente en la reducción de las desigualdades.
En el siglo XIX se logra la abolición de la esclavitud y se expande el sufragio universal masculino y más tarde el femenino. En el siglo XX también influyeron en esa reducción el desarrollo de la seguridad social, el sistema tributario progresivo y la descolonización. Este proceso ha proseguido en décadas recientes, aunque la era neoliberal iniciada en la década de 1980 puede considerarse como un periodo de creciente desigualdad.
Además, no puede desconocerse algún progreso en determinadas dimensiones de la desigualdad, como la desigualdad de género. En todo este progreso las fuerzas más importantes se remiten a una creciente conciencia democrática y la demanda de igualdad de bienes fundamentales, participación y dignidad. Esto no significa que hoy no existan niveles de desigualdad muy altos, pero incluso estos no son tan nefastos como los existentes en los siglos XIX y XX. Siempre “ha implicado unas batallas políticas y una movilización social enormes”. Esta apreciación es considerada por Piketty como fuente de una esperanza de avanzar aún más todavía.
Retomemos ahora la pregunta sobre el papel de la socialdemocracia. Cuando los socialdemócratas, en general, accedieron al poder entre las décadas de 1930 y 1940 empujados por fuerzas del movimiento sindical, lograron poner la capacidad estatal al servicio de un proyecto completamente diferente.
En este, en vez de repartir los derechos de voto en función de la renta o la riqueza establecieron un sistema tributario conforme al cual todos estaban obligados a pagar unos impuestos elevados y progresivos en función de la renta y la riqueza de cada uno, y con la recaudación resultante poder financiar instituciones públicas, con educación pública incluida, que estaba fuera de la lógica monetaria y del lucro.
Esa es la esencia de la desmercantilización y ha sido a lo largo de toda la historia. Lo que hay que subrayar es que hoy los sectores económicos ajenos a esa lógica alcanzan hasta el 25% de la economía, muy por encima de todos los sectores industriales juntos. Esto es reconocible claramente en los países europeos. Se aparta de este desarrollo Estados Unidos, en el cual el sector sanitario opera mucho más en conformidad con la lógica del fin de lucro privado.
Así pues, la mercantilización ha funcionado en la historia relativamente reciente de manera muy estrecha con la redistribución y con la compresión de la escala de rentas y salarios. Piketty reitera que este desarrollo logrado gracias a la movilización socialdemócrata y sindical fue algo bastante radical de lo que era conocido anteriormente.
Ahora, el problema consiste en que la socialdemocracia a partir de la década de 1980 y especialmente de la década de 1990 en adelante, tras la caída de la Unión Soviética, comenzó a definirse a sí misma como una especie de producto terminado o congelado. Y así lo hicieron varios de los dirigentes de los partidos socialdemócratas. Y esto es un gran error porque el tipo de transformación que Piketty imagina para el siglo XXI es del mismo orden de magnitud que lo que se ha venido produciendo en los últimos cien años. Por eso él prefiere hablar del socialismo participativo y del socialismo democrático, un sistema que es bastante distinto.
Por lo tanto, la pregunta de Sandel en el sentido de qué es más importante, si la compresión de la escala monetaria de la desigualdad o la mercantilización, si esta última avanza lo suficiente, es evidente que la desigualdad económica se vuelva de poca relevancia. Piketty señala que él prefiere hablar de la noción de Estado Social surgido en Suecia, Alemania, Francia y Reino Unido. Este incluye la educación, otros servicios sociales, infraestructura pública y no tan solo seguridad social propiamente dicha.
En este sentido, destaca un fenómeno especial: que Estados Unidos tuvo tipos impositivos altos entre 1930 y 1980. Ese momento coincidió con la productividad de su economía en términos de renta nacional por horas de trabajo. Él se pregunta por qué, y se responde que en aquel entonces la educación estaba más extendida en la sociedad estadounidense. Entre esas décadas del siglo XX la brecha entre Estados Unidos y otros países era inmensa. En la década de 1950 el 90% de la población estadounidense cursaba estudios secundarios, mientras que en Alemania, Francia y Japón esa proporción era de entre el 20% y 30%. Toda esta compresión de la brecha en renta, riqueza y salario fue resultado de un sistema tributario progresivo y, además, de la implantación de las políticas de salario mínimo y el poder de los representantes de los sindicatos de trabajadores.
El sistema impositivo progresivo hizo posible la regulación del poder económico derivado de la existencia de una gran brecha salarial o de renta entre las personas mejor pagadas en el sector privado y las que están en la administración del Estado. Si se desea contar con las personas adecuadas en los servicios públicos no se puede seguir pagándoles lo equivalente a la vigésima parte de lo que cobran quienes trabajan en Google. La solución obviamente pasa por reducir de forma considerable esta brecha salarial. Así ha funcionado históricamente.
Piketty dice: “Yo soy, ante todo, un historiador social y económico. En mi labor como científico social me fijo en la historia de la igualdad. Y no, no tenemos que elegir entre desmercantilización y redistribución, porque ambas cosas han ido de la mano en la historia y porque juntas han tenido un éxito increíble”.
En el capítulo 3 sobre los límites morales de los mercados Sandel destaca su gran preocupación por la mercantilización excesiva de la vida social. Esto no tiene que ver con la igualdad, ni tampoco con proporcionar un acceso justo a los bienes humanos esenciales, sino con el hecho de que al estar todo en venta se termine con la desvaloración, corrupción o degradación del significado de los bienes. Él da como ejemplo de esto el caso de la educación mercantilizada en la enseñanza superior y se pregunta si esto no llevaría también a los estudiantes a concebir el sentido de los bienes de la educación solo como una vía para conseguir un buen trabajo o ganar más dinero. De este modo se perdería o erosionaría el valor intrínseco de los procesos de enseñanza y aprendizaje. Piketty manifiesta la misma preocupación de Sandel agregando que también podría corromper a los profesores.
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