La invitación papal alcanza, de manera también directa, al progresismo laico y al socialismo democrático. No se trata, por cierto, de tomar cirios ni simular una religiosidad que no se tiene, se trata de reconocer que el mensaje de León XIV contiene una ética pública compartible por quienes, desde tradiciones distintas, creen en la justicia social, la paz, la protección de los débiles y la primacía de la persona sobre el dinero y la técnica.

Tiene razón Carlos Peña al decir, en una reciente columna, que no es necesario ser creyentes para sentirse interpelados por la encíclica Magnifica Humanitas, del Papa León XIV. Los temas que el pontífice trata en su texto afectan, por usar un viejo modismo, a “moros y cristianos”, debido a nuestra común condición humana.

Por otro lado, para muchos (entre los que me cuento) ha sido sorprendente la claridad crítica acerca de los males del mundo actual que León XIV trata en sus 110 páginas. Esta vez, la mirada del Vaticano, con mayor énfasis que su antecesor Francisco, se dirige hacia fuera, recogiendo la incertidumbre y los temores de la humanidad frente a la avalancha tecnológica y el poderío económico/militar concentrado en pocas manos y naciones.

En apretada síntesis, ¿qué dice la Encíclica?

Magnifica Humanitas afirma, en clave cristiana, varias ideas muy afines a una izquierda democrática. Ideas que hablan de la persona por encima del mercado, la técnica, el poder y la productividad; que el trabajo no puede reducirse a costo ni la innovación a negocio; que la inteligencia artificial requiere regulación pública, límites éticos y control democrático.

En fin, que la política debe orientarse al bien común, la justicia social, la solidaridad, los derechos humanos, a la paz y el desarrollo integral de todos, especialmente de quienes sobreviven en la marginalidad.

De este modo, la encíclica ofrece un humanismo social para la era tecnológica y una visión crítica que tiene nombres concretos de destinatarios: las grandes corporaciones tecnológicas y los poderes económico/militares que actúan como si el derecho internacional y la soberanía de los pueblos fueran simples obstáculos a sus intereses. Usted póngale nombres.

El escrito papal remite directamente a la encíclica que a fines del siglo XIX abrió la doctrina social de la Iglesia al moderno drama del trabajo humano, la Rerum Novarum de León XIII, de 1981. Si entonces la cuestión social nacía de una industrialización que acumulaba riqueza mientras arrojaba a la nueva clase obrera a la pobreza, hoy reaparece bajo otros ropajes, con el rostro de la concentración tecnológica, la subordinación del ser humano a la eficiencia y la amenaza de nuevas formas de exclusión.

La continuidad se constata frente a cada salto histórico del poder económico, y la disyuntiva moral sigue siendo la misma, es decir, si el progreso sirve al bienestar humano compartido o si convierte a las personas en piezas descartables de una maquinaria económica ante la cual tan solo queda la impotencia.

Es un texto que no solo insinúa una lectura política, sino que en sí es abiertamente política (en buena hora en el mundo de hoy). De ello es lícito deducir que invita a decisiones y acciones políticas a las fuerzas y personas que sí pueden hacerlo. Pienso, en primer lugar, en los partidos y movimientos que se inspiran en la doctrina del cristianismo, internacionalmente agrupados hoy bajo el nombre de Internacional Demócrata de Centro (IDC), que cuenta con un abanico que va desde partidos conservadores hasta progresistas inspirados en el humanismo cristiano.

Entre estos últimos, la Democracia Cristiana chilena, hoy fracturada entre un partido formal que retrocede elección tras elección y una miríada de exponentes que han emigrado a otras agrupaciones o simplemente a vida independiente. Es la DC la primera llamada a acoger el inequívoco llamado papal a reorientar su discurso, su estrategia y sus prioridades. Con ello, volver a su sitial de centro moderado y a la vez progresista con el cual nació hace casi 70 años, al desprenderse de la derecha conservadora como una fuerza capaz de unir fe cristiana, sensibilidad social y vocación reformadora, manteniendo un perfil distinto a la izquierda con la cual sí podía converger bajo esos valores.

En ese sentido, la Magnifica Humanitas ofrece al mundo democristiano, en cierto modo, una brújula extraviada al poner nuevamente al ser humano en el centro de su acción pública, un camino concreto para reconstruir una identidad política reconocible, necesaria y todavía fecunda. A la vez, un camino transitable –volver a su partido– para los miles de democratacristianos que se han alejado de su matriz para refugiarse en la inacción política, o en el apoyo y participación en el gobierno de una derecha que poco o nada tiene que ver con los principios del humanismo cristiano de las grandes figuras del pasado de dicho partido.

La invitación papal alcanza, de manera también directa, al progresismo laico y al socialismo democrático. No se trata, por cierto, de tomar cirios ni simular una religiosidad que no se tiene, se trata de reconocer que el mensaje de León XIV contiene una ética pública compartible por quienes, desde tradiciones distintas, creen en la justicia social, la paz, la protección de los débiles y la primacía de la persona sobre el dinero y la técnica.

Algo aún más urgente en una época en que la tecnología, cuando tiende a liberarse de límites éticos, amenaza con reducir al ser humano a un dato consumidor y simple engranaje en que nuevas corporaciones globales concentran un poder económico, cultural y hasta cognitivo superior al de muchos Estados; y en que las naciones más poderosas vuelven a exhibir, sin freno alguno, la prepotencia bélica como argumento de autoridad internacional. Frente a ese mundo endurecido, la voz papal no pide adhesiones confesionales, sino una defensa común de lo humano.

Para la izquierda democrática y el liberalismo progresista, esta encíclica puede ser también una oportunidad de revisar sus propias rigideces y tender puentes hacia el mundo socialcristiano, reconociéndolo en su historia y en sus fuentes espirituales, sin reducirlo a simple comparsa electoral ni a reserva de votos disponibles para segundas vueltas. Esa mirada debe terminar.

Si de verdad se quiere reconstruir una mayoría democrática, social y reformista, la relación con el mundo socialcristiano debe volver a ser una relación entre iguales. La fructífera época de unidad que permitió derrotar a Pinochet y gobernar la transición nació precisamente de la convergencia entre democristianos, socialistas, radicales, liberales progresistas y sectores independientes.

Lee también...
El centro está en otra parte Martes 02 Junio, 2026 | 10:30

Hoy, la consolidación de gobiernos y culturas de derechas regresivas y belicosas, son reales amenazas a la democracia liberal y a los derechos individuales y sociales alcanzados por la humanidad. Ante este cuadro, cuando la política nuestra parece encerrarse en trincheras pequeñas y de corto alcance, el llamado papal puede servir como recordatorio de algo muy elemental: las grandes transformaciones democráticas nacen de la capacidad de unir tradiciones distintas alrededor de un bien común reconocible, no de las purezas aisladas.

El socialismo democrático y el progresismo laico no tienen por qué renunciar a su identidad para acoger esa invitación. Al contrario, pueden encontrar en ella un impulso común para rearmar una alianza humanista, social y democrática, capaz de hablarle nuevamente al país real, con renovados principios y, ante todo, credibilidad social.