La crisis del PDG demuestra que la política del descontento tiene límites. El verdadero desafío ahora es construir una alternativa con proyecto, liderazgo y soluciones para Chile.
La política chilena está entrando en una nueva etapa. No porque un partido esté viviendo una crisis, sino porque millones de chilenos vuelven a hacerse la misma pregunta de los últimos años: ¿quién representa hoy a la enorme mayoría que no se identifica con los extremos y solo quiere vivir con más seguridad, mejores oportunidades y un país que vuelva a crecer?
Esa es la discusión de fondo. Todo lo demás es consecuencia.
Hace más de dos años renuncié al Partido de la Gente. Lo hice cuando aún era diputado, mucho antes de los cuestionamientos que hoy enfrenta la colectividad. Mi decisión no respondió a diferencias personales ni a cálculos electorales. Respondió a una convicción política: el PDG estaba dejando de construir un proyecto para Chile y comenzaba a perder aquello que le había permitido conectar con miles de ciudadanos.
Lo dije entonces y lo sostengo hoy: un partido pierde su legitimidad mucho antes de perder una elección. La pierde cuando deja de tener un propósito.
Los antecedentes conocidos en las últimas semanas, con observaciones formuladas por el Servicio Electoral sobre la rendición financiera del partido y la decisión de remitir antecedentes al Ministerio Público para que investigue eventuales responsabilidades, deben ser abordados con absoluta seriedad y respeto al debido proceso. Serán las instituciones las que determinen los hechos y las responsabilidades que correspondan. Ese principio debe aplicarse siempre, cualquiera sea el partido involucrado.
Pero la política tiene la obligación de sacar otra conclusión. Miles de personas no votaron por el PDG porque compartieran una ideología. Lo hicieron porque estaban cansadas de una política que hablaba demasiado de sí misma y muy poco de los problemas reales de la ciudadanía.
Ese malestar sigue existiendo. Y sería un error creer que esos ciudadanos volverán automáticamente a los partidos tradicionales. Los votos cambian. La confianza no.
Durante cuatro años recorrí el Distrito 8 prácticamente todas las semanas. Conversé con vecinos de Villa México, en Cerrillos; con familias de la Villa Panamericana; con dirigentes de Villa El Abrazo, en Maipú, y con cientos de personas en Pudahuel, Quilicura, Estación Central, Colina, Lampa y Tiltil.
Nunca un vecino me pidió más polarización. Nunca me pidió más peleas entre dirigentes. Me pidieron algo mucho más sencillo: vivir tranquilos, llegar seguros a sus casas, acceder a una buena educación para sus hijos y encontrar oportunidades para progresar.
Ahí está el verdadero desafío. Chile necesita una centroizquierda responsable, que recupere la capacidad de representar a las grandes mayorías desde la seriedad y no desde las consignas.
Una centroizquierda que comprenda que la seguridad no tiene color político, porque quienes más sufren la delincuencia son precisamente las familias trabajadoras de nuestros barrios. Una centroizquierda que vuelva a poner la educación pública en el centro del desarrollo nacional, convencida de que sigue siendo la herramienta más poderosa para reducir las desigualdades y ampliar las oportunidades. Una centroizquierda que entienda que sin crecimiento económico no existe justicia social sostenible, porque sin inversión, empleo y productividad tampoco hay recursos para financiar mejores políticas públicas.
Y una centroizquierda que haga de la probidad un principio intransable. La ciudadanía ya no acepta dobles estándares. La transparencia debe exigirse con la misma fuerza cuando las irregularidades afectan a un adversario político o a quienes comparten nuestras ideas.
La crisis del PDG no debería alegrar a nadie. Al contrario. Debería recordarnos que la confianza ciudadana es mucho más difícil de construir que de perder. Los partidos políticos pueden superar elecciones difíciles. Lo que nunca superan es perder el sentido de su existencia.
Por eso el desafío de la oposición democrática no consiste únicamente en esperar que otros se debiliten. Consiste en ofrecer un proyecto que vuelva a entusiasmar a quienes dejaron de creer en la política.
Porque la política no se fortalece cuando un partido entra en crisis. La política se fortalece cuando aparece una alternativa capaz de representar, con seriedad y responsabilidad, a la inmensa mayoría de los chilenos que quiere menos confrontación y más soluciones.
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