¿Por qué debe preocuparnos la desigualdad? ¿Por qué el dinero debía importar menos?

En los primeros tres capítulos de Igualdad. Qué es y porqué importa (Penguin Random House, 2025), Thomas Piketty y Michael Sandel tratan de responder las preguntas ¿por qué debe preocuparnos la desigualdad? y ¿por qué el dinero debía importar menos?

Al respecto, Sandel identifica tres motivos por los cuales Piketty sostiene por qué la desigualdad es un problema. Este tiene que ver con el acceso de todas las personas a los bienes básicos, la desigualdad política (voz, poder y participación), y la dignidad.

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Luego Sandel propone desagregar estos tres motivos, para lo cual pide a Piketty imaginar hipotéticamente las desigualdades de renta y riqueza hoy prevalecientes, pero que al mismo tiempo fuésemos capaces de enfrentarlas mediante las siguientes acciones:

Primero, aislar el proceso político de la influencia de esas desigualdades económicas.

Segundo, contar con un financiamiento público de las campañas electorales sin que hubiese aportaciones privadas de dinero.

Tercero, regular las actividades de los lobbies para que las empresas con más poder y personas ricas influyan en el proceso político.

Cuarto, mejorar el acceso a bienes humanos básicos (salud, educación, vivienda, alimentación y transporte) a través de la instauración de un Estado de Bienestar más generoso.

Si todas estas hipótesis pudieran alcanzarse al mismo tiempo, Sandel le pregunta a Piketty si las desigualdades de renta y riqueza seguirían siendo un problema.

La respuesta de Piketty a Sandel

Piketty piensa que seguirá existiendo un problema en lo que concierne a la dignidad básica y a las relaciones humanas y de poder que se desprenden de la desigualdad.

Primero, hay que comprender que la distancia monetaria se acompaña de una distancia social. Es lógico pensar que la influencia de las empresas en la política y en los medios de comunicación es una de las repercusiones más visibles del dinero en el espacio público.

Segundo, aún si pudiéramos considerar seriamente el experimento mental de Sandel, seguiríamos observando una inmensa desigualdad de poder adquisitivo.

Tercero, la formación de nuestros ideales sobre la democracia y el autogobierno no atañen solo a la organización formal de las campañas políticas y al acceso a la información, sino también a todas las relaciones sociales en las que las personas interactúan y deliberan.

Cuarto, no obstante todo lo anterior, el argumento político y filosófico más importante para mantener la esperanza de que es posible reducir las desigualdades queda muy claro cuando se constata la historia secular de la desigualdad: en el pasado juntos hemos podido encontrar soluciones para reducir la desigualdad de manera considerable, incluyendo en este proceso la desigualdad en términos de renta y de riqueza.

Aún si nos fijamos en la situación actual, después del aumento de la desigualdad en las últimas décadas, la brecha de renta en Europa entre el 10% más rico de la población y el 50% o el 10% más pobre es inmensamente menor que cien años atrás. En Estados Unidos, ese estrechamiento no es tan considerable, pero incluso así se ha reducido la brecha en comparación con la situación de hace un siglo. Entonces, en el largo plazo se ha avanzado hacia una mayor igualdad sin menoscabar la prosperidad u otros objetivos legítimos. Ese progreso es atribuible a la formación de un sistema socioeconómico más inclusivo e igualitario, especialmente en el acceso a la educación.

Quinto, sin perjuicio de la esperanza, históricamente avalada, en el sentido de las capacidades humanas para perseverar en la reducción de las desigualdades, Piketty destaca que buena parte de la prosperidad alcanzada en el norte, atribuible a una mejora de la educación e inversión más inclusiva en sanidad y adquisición de competencias, ha traído consigo también una explotación de recursos naturales y humanos que está socavando peligrosamente la sostenibilidad planetaria.

Al respecto, en los dos últimos Cuadernos del Foro Valparaíso, titulados “Cambio climático desarrollo humano y el futuro del crecimiento verde” y “Cambio climático, desigualdad y desarrollo humano” (XXVIII-XXIX, 2025) se examina la crisis climática y las políticas para enfrentarla.

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