Si bien es legítimo que este espacio responda a criterios de estricta confianza o al diseño de una pauta sectorial, creemos que la confusión conceptual respecto a sus funciones resta rigor al debate y afecta la credibilidad institucional ante la opinión pública.

El segundo piso de La Moneda nunca estuvo tan transitado ni en el ojo público como los últimos dos meses de gobierno de José Antonio Kast. Este espacio imaginario de poder e influencia estratégica constituye el núcleo donde se diseña la pauta y la línea político-comunicacional del gobierno desde los días en que imperaba en él el sociólogo Eugenio Tironi. Como un duque en sus dominios.

Tras el fuego amigo que ha estallado desde las mismas decisiones del ejecutivo, las escuálidas vocerías de las ministras caídas en acción Mara Sedini y Trinidad Steinert y quizás nuevas acciones por venir, el Segundo Piso como espacio de confianza presidencial ha reverberado como los ecos de una catedral. Sin embargo, esta entelequia que no obedece a un espacio físico cumple la función de aglomerar a los “orejeros” del Gobierno y coordinar la consistencia discursiva entre la Jefatura de Estado, los ministerios y la ciudadanía como responsable final de muchos titulares de prensa.

Esta dinámica se remonta a los inicios de la transición democrática, en los tiempos de Tironi como el Rasputín de Patricio Aylwin, pude conocer de primera fuente cómo la Secretaría de Comunicaciones se nutría como el emisor de los canales menos institucionales desde este Segundo Piso. Eran tiempos donde el discurso simbólico era tan importante como la narrativa política que escapaba a borbotones después de décadas de silencio. Ahí aprendimos que “todo comunica” o que “la mejor estrategia comunicativa es dejar botando la respuesta”, entre otras claves.

Actualmente, el riesgo es otro. El silencio tiende a aumentar exponencialmente las incertidumbres, las redes sociales y las plataformas web son registro de todo lo que se prometió o todo lo que se plagia. En ese espejo nos miramos todos como Narcisos ansiosos de reconocimiento. Pero esa egolatría en política es un pecado. Si la cruzamos con el poder para la toma de decisiones estratégicas prescindiendo de filtros técnicos explícitos, la caja de resonancia se nos puede volver en contra como un gran embudo.

Esta distorsión que difumina los límites entre la asesoría política y la competencia técnica ha dotado al Segundo Piso de un aura metafísica y problemática. Un espacio mental que genera consecuencias reales y concretas ha permitido observar de frente a asesores técnicos con exorbitantes pagos que no existen en la tribuna política, que generalmente no asumen los costos de esas asesorías de escritorio y que desvirtúan el valor de quienes sí cuentan con un ejercicio constatable en la res pública. Si bien es legítimo que este espacio responda a criterios de estricta confianza o al diseño de una pauta sectorial, creemos que la confusión conceptual respecto a sus funciones resta rigor al debate y afecta la credibilidad institucional ante la opinión pública.

El análisis del diseño comunicacional de las últimas administraciones ilustra este fenómeno a través de distintos estilos de mandato. Durante la gestión de Gabriel Boric, la Secretaría de Comunicaciones (Secom) estuvo a cargo de Pablo Paredes, publicista y magíster en Comunicación Política con trayectoria en el ámbito creativo y de guiones. En contraste, la actual jefatura del segundo piso bajo la administración de José Antonio Kast es ejercida por Cristian Valenzuela, abogado orientado a la estrategia política y la coordinación interna del comité.

Ambas trayectorias evidencian competencias formales en sus respectivas áreas; por tanto, la dificultad no radica en las capacidades individuales, sino en el diseño estructural del cargo. El modelo vigente permite la operación de estos asesores sin la mediación de protocolos técnicos de evaluación de impacto ni sistemas públicos de rendición de cuentas respecto de sus decisiones de difusión. Cuando prevalece el criterio de contingencia política a corto plazo por sobre el rigor metodológico, aumentan los márgenes de error en la entrega de la pauta gubernamental. Ahí, a través del espejo de Narciso que deforma la realidad o -como dicen los jóvenes- la falta de calle, hacen del Segundo Piso un mundo de las ideas al cual no hay de donde asir.

La experiencia histórica demuestra que una gestión basada en canales formales y criterios estandarizados reduce la necesidad de reacciones reactivas ante la agenda mediática. Para muestra, el discurso político personalista y anclado en consecuencias sociales previo a la existencia de una dimensión de opinólogos de palacio. Hoy, la toma de decisiones tiende a concentrarse en circuitos cerrados o esferas estrechas de opinión, dejando la planificación expuesta a los vaivenes de la coyuntura diaria, lo que se traduce en costos de credibilidad y de recursos públicos.

Para optimizar el funcionamiento de este centro de estrategia gubernamental, resulta indispensable implementar modificaciones estructurales en su conducción. En primer lugar, es necesario transparentar la naturaleza del cargo, definiéndolo formalmente como un equipo político-estratégico de confianza exclusiva. Reservar la denominación técnica para los profesionales con nombre y apellido, que acrediten el ejercicio y título respectivo introduce claridad conceptual y disminuye las asimetrías de información.

Asimismo, se requiere establecer perfiles de competencias mínimas y criterios de mérito para el ingreso a estas funciones. La confianza política no debe excluir la exigencia metodológica; por ello, toda decisión comunicacional de alto impacto debiese incorporar una evaluación de riesgo ex ante, un registro formal de la medida y revisiones metodológicas de carácter trimestral.

Finalmente, la apertura de este Segundo Piso a mesas consultivas con colegios profesionales y gremios técnicos permitiría robustecer la pauta gubernamental mediante la incorporación de diagnósticos levantados en terreno. La gestión del Estado requiere tanto de la lealtad política para la conducción de la agenda como de la capacidad técnica para asegurar la sostenibilidad de las políticas públicas en el mediano y largo plazo, quizás en un segundo, tercer piso o terraza. Donde quiera que haya más de uno congregados en el nombre del Estado.

Carlos Pontigo
Presidente de la Asociación de Técnicos Jurídicos de Chile

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