Si algo dejó claro “Voces desde Ucrania” es que escribir en tiempos de guerra no es un acto neutro. Cada palabra, cada silencio, cada decisión estética está atravesada por una dimensión política, incluso cuando no se la enuncie explícitamente.

En un contexto donde la guerra redefine no solo territorios, sino también el idioma, la historia, la cultura y la preservación de valores, el domingo 3 de mayo a las 17:30, en la sala Adolfo Bioy Casares de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2026, el panel “Voces desde Ucrania” abrió un espacio que excedió los estándares de una mesa literaria. Fue un momento en el que la escritura, la experiencia personal y la historia en curso se cruzaron sin filtros.

Conducido con precisión y sensibilidad por el periodista Eduardo Slusarczuk, el panel articuló una conversación abierta entre Artem Chapeye, Eugenia Kuznetsova y Héctor Abad Faciolince, dejando en evidencia una tensión central, cómo sostener una vocación literaria, muchas veces asociada a la contemplación, la duda o incluso al pacifismo, en medio de una agresión que exige definiciones concretas.

Lejos de un discurso homogéneo, emergió una convergencia de miradas que coinciden en un punto ineludible, la literatura no puede abstraerse del conflicto cuando su propia existencia está en juego.

Uno de los ejes más sólidos del encuentro fue la idea de un “pacifismo tensionado”. Ninguno de los autores reivindica la violencia como valor, pero todos reconocen que la neutralidad, en este contexto, se vuelve una forma de omisión.

En el caso de Chapeye, esa tensión se vuelve biográfica. Autor de Ordinary People Don’t Carry Machine Guns, su decisión de dejar a su familia y enlistarse en las fuerzas armadas de Ucrania no aparece como un gesto épico, sino como una carga. Hay en su relato una dimensión logística y emocional que rara vez aparece en discursos más simplificados, el peso de la ausencia, la fragmentación de la vida cotidiana y la conciencia de que la defensa no es solo territorial, sino también generacional. No se trata únicamente de Ucrania como Estado, sino de Ucrania como proyecto futuro.

Kuznetsova, por su parte, introduce una perspectiva distinta pero complementaria. Desde España, lejos del frente, su escritura, en Escalera, se concentra en los espacios íntimos, la convivencia forzada, la pérdida de privacidad, la ocupación no solo física sino también emocional. Su planteo desarma una idea frecuente, que la distancia geográfica implica distancia moral. En su caso ocurre lo contrario. La lejanía amplifica la necesidad de narrar, de reconstruir de manera literaria aquello que la guerra desordena.

La presencia de Abad Faciolince introduce un tercer registro, probablemente el más complejo, el del observador que se ve obligado a involucrarse. En Ahora y en la hora, obra que por momentos deja de ser literaria para convertirse en el registro preciso de un crimen de guerra, su aproximación a Ucrania evoluciona desde la distancia hacia una experiencia directa. Él mismo se define, tanto en su libro como en persona, como un cobarde, alguien que nunca quiso estar cerca de la guerra. Sin embargo, empujado por el contexto, por quienes lo acompañaban, entre ellos Sergio Jaramillo, y por la necesidad de no convertirse en un narrador cómodo, fue avanzando hacia zonas cada vez más cercanas al frente. Claramente no por valentía, sino por una decisión ética, no relatar lo que otros le contaban sin haberlo contrastado en primera persona.

En ese recorrido, la figura de Victoria Amelina apareció con una fuerza particular. Haber compartido con ella sus últimos días hasta el ataque que le costó la vida convirtió su testimonio en algo imposible de tomar a la distancia. Fue, sin dudas, uno de los momentos más cargados de emoción del encuentro.

Otro punto relevante del panel fue cómo se percibe hoy la literatura ucraniana a nivel global. Hay una oportunidad evidente, mayor visibilidad, probablemente mayor interés editorial, y una planificación de mayor circulación internacional, pero también un riesgo, que la guerra se convierta en el único lente de lectura.
Los tres autores, desde distintos ángulos, advierten sobre esa reducción. Ucrania no empieza en 2022, ni su literatura se agota en la guerra. Sin embargo, ignorar el conflicto tampoco es una opción. Ahí es donde surge un doble desafío, aprovechar la visibilidad sin quedar atrapados en una narrativa monotemática.

Si algo dejó claro “Voces desde Ucrania” es que escribir en tiempos de guerra no es un acto neutro. Cada palabra, cada silencio, cada decisión estética está atravesada por una dimensión política, incluso cuando no se la enuncie explícitamente.

El panel no ofreció respuestas cerradas, pero lo que sí dejó fue una idea difícil de esquivar, en contextos extremos, la literatura deja de ser solo un espacio de representación para convertirse en una forma de intervención.

Y ahí es donde aparece la verdadera pregunta, que trasciende a Ucrania, hasta qué punto es posible, o incluso legítimo, sostener una posición puramente contemplativa cuando la historia exige tomar partido. Dejar el pacifismo por un rato y tomar las armas, acercarse al frente para comprender de primera mano, o narrar desde la distancia sin desentenderse, cada posición implica costos, límites y responsabilidades.

La respuesta, al menos en esta conversación, fue clara, no hay neutralidad sin costo. Y la literatura, como práctica viva, tampoco puede eludirlo.

Alejandro Pundyk
Lic. en Administración, Universidad de Buenos Aires.
Descendiente de ucranianos.
Activista por Ucrania y traductor al español del libro Ecos de guerra.

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