Lejos de ser una mera nota de color en la historia migratoria argentina, el caso ucraniano ilustra cómo un grupo que llegó sin Estado propio logró reproducir y adaptar su identidad en un contexto nuevo.
La historia de la inmigración ucraniana en Argentina constituye un caso relevante de preservación identitaria a lo largo de más de un siglo.
Al cumplirse 125 años de los primeros asentamientos formales, el artículo de Serge Cipko —autor de Ukrainians in Argentina, 1897-1950: The Making of a Community (CIUS Press, 2011), entre otras obras— examina el proceso mediante el cual un grupo de inmigrantes, inicialmente registrados bajo categorías nacionales más amplias (rusos o austríacos), logró construir una de las comunidades de origen europeo del Este más organizadas del Cono Sur.
Con una población en torno a los 400.000 integrantes —incluyendo descendientes de distintas generaciones—, la colectividad ucraniano-argentina representa hoy un componente significativo de la diversidad migratoria argentina.
El origen: Una migración sin Estado
Para comprender la magnitud de la corriente migratoria ucraniana a Argentina, es preciso situarse en el contexto de finales del siglo XIX. Ucrania, como entidad estatal independiente, no existía en los mapas de la época, encontrándose dividida entre los imperios Austrohúngaro y Ruso. Esta realidad marcó el inicio de la diáspora: los primeros inmigrantes no llegaban a las costas argentinas con documentos ucranianos, sino como súbditos de las potencias que ocupaban sus tierras.
Cipko sitúa un hito fundacional: el 27 de agosto de 1897. En esta fecha, un grupo de familias provenientes de las regiones de Halychyna y Bukovyna se estableció en Apóstoles, en el entonces Territorio Nacional de Misiones.
Este asentamiento no fue azaroso; representó el inicio de la “cuna de la colectividad”. Sin embargo, el artículo rescata datos menos conocidos pero igualmente vitales e interesantes, como la llegada previa de cuatro familias en febrero de 1897 y el caso de un grupo de 34 familias del distrito de Buchach que se aventuró hacia el oeste, asentándose en la provincia de Mendoza.
Las cuatro grandes oleadas: Evolución y perfiles
En su artículo Cipko nos propone una periodización en cuatro fases, cada una con un perfil sociopolítico particular:
1. La Fase Pionera (1897–1914)
Durante este periodo, la migración fue mayoritariamente campesina. Entre 1857 y 1920, Argentina registró el ingreso de 163,862 “rusos” y 87,266 “austríacos”, categorías estadísticas que ocultaban a miles de ucranianos étnicos.
Para 1914, se estima que ya vivían en el país entre 12,000 y 15,000 ucranianos y sus descendientes, concentrados fuertemente en Misiones, donde para 1913 ya se contabilizaban más de 7,500 integrantes de la colectividad. Su aporte principal fue la colonización agrícola, enfrentando el desafío de la selva misionera con técnicas de cultivo que luego darían paso a la industria yerbatera.
2. El Periodo de Entreguerras (1920–1939)
Esta fase es crucial por el reconocimiento diplomático. Argentina se destacó por ser el único país de las Américas en reconocer formalmente a la República Popular de Ucrania el 5 de febrero de 1921. No obstante, tras la caída de dicho Estado, los inmigrantes de esta etapa llegaron con pasaportes polacos, rumanos o checoslovacos.
En estos años, la migración se diversificó geográficamente, extendiéndose hacia el Chaco —donde el cultivo del algodón se convirtió en el motor económico de los colonos— y hacia centros industriales como Berisso, cerca de La Plata.
3. La Ola de la Post-Segunda Guerra Mundial (1946–1950)
A diferencia de las anteriores, esta fue una migración eminentemente política. Compuesta por refugiados y “Personas Desplazadas” que se negaban a regresar a una Ucrania ahora bajo el control total de la Unión Soviética, estos inmigrantes traían consigo un fuerte sentimiento nacionalista y una formación profesional más urbana.
Muchos de ellos llegaron bajo el amparo de la Organización Internacional para los Refugiados, aportando intelectuales, académicos, artistas y especialistas técnicos que fortalecerían la vida institucional de la colectividad.
4. La Inmigración de la Independencia (1991–Presente)
Por primera vez en un siglo, los ucranianos comenzaron a llegar a la Argentina portando pasaportes de una Ucrania soberana. En la década de 1990, se otorgaron 9,879 permisos de residencia temporal a ciudadanos ucranianos. Sin embargo, esta ola ha resultado más volátil pues la inestabilidad económica de Argentina en las últimas décadas provocó que muchos de estos nuevos inmigrantes partieran hacia otros destinos o regresaran a Europa.
Geografía del asentamiento y demografía actual
La distribución de la colectividad ucraniano-argentina refleja un patrón de desarrollo federal. Según las estimaciones que nos ofrece Cipko en el artículo, la población ucraniana y sus descendientes se distribuyen de la siguiente manera:
– Región Metropolitana: 150,000 personas, con núcleos históricos en Berisso y zonas fabriles.
– Misiones: 75,000 personas, manteniendo a Apóstoles como su epicentro cultural.
– Chaco: 33,000 personas, fundamentales en el desarrollo algodonero.
Es interesante notar que, para el censo de 2010, solo se registraron 4,830 personas nacidas en Ucrania residiendo en el país. Esta cifra, que a primera vista parece pequeña, subraya una tesis central del artículo: la colectividad ucraniana en Argentina es hoy, mayoritariamente, una comunidad de descendientes.
La identidad ucraniana se ha transmitido con éxito a través de las generaciones, incluso cuando el vínculo directo con la tierra de origen se había vuelto tenue durante los años soviéticos.
El entramado institucional: El pilar de la identidad
Uno de los puntos más destacados del artículo es el análisis de la robusta red de organizaciones ucranianas en Argentina. En 1947 se fundó la Representación Central Ucrania en la República Argentina, entidad que agrupa a diversas asociaciones ucranianas y que representa a la colectividad ante el Congreso Mundial Ucraniano.
Cipko nos señala que la vida comunitaria se ha sostenido históricamente sobre tres pilares:
1. La Religión: La Iglesia Católica Ucraniana (de rito bizantino) y la Ortodoxa Ucraniana han sido custodias del idioma y las tradiciones.
2. Las Asociaciones Culturales: Entidades como Prosvita y Vidrodzhenia han mantenido escuelas de idioma, ballets folclóricos y bibliotecas que impidieron la asimilación total.
3. El Cooperativismo: Especialmente en el interior del país, las cooperativas agrícolas fundadas por ucranianos fueron vitales para la supervivencia económica de los colonos.
El impacto de la Invasión Rusa de 2022
El artículo cierra con una reflexión necesaria sobre el presente. La invasión rusa de febrero de 2022 generó una crisis de refugiados sin precedentes en Europa, pero su impacto migratorio en Argentina ha sido, hasta el momento, limitado en comparación con las oleadas históricas ya señaladas.
Aunque el gobierno argentino implementó programas de visado humanitario, la distancia geográfica y la situación económica local han hecho que el flujo sea menor al esperado.
No obstante, tanto la invasión rusa como la heroica resistencia ucraniana han revitalizado el sentido de unidad de la colectividad local, que ha pasado de la preservación cultural a un intenso activismo humanitario y político en apoyo a su patria ancestral.
Conclusión: Un legado de 125 años
El artículo de Serge Cipko muestra que la inmigración ucraniana a Argentina no se reduce a una simple historia de desplazamiento y asentamiento. Se trata de un proceso de construcción comunitaria que, a lo largo de más de un siglo, ha dejado una huella significativa en varias regiones del país, particularmente en el ámbito agrícola e industrial.
A 125 años de los primeros asentamientos en Apóstoles y Mendoza, la colectividad ucraniano-argentina se presenta como una comunidad mayoritariamente integrada, compuesta en su gran mayoría por descendientes. Si bien ha logrado mantener instituciones culturales y religiosas activas, enfrenta los desafíos habituales de las diásporas de larga data: el riesgo de dilución identitaria en las generaciones más jóvenes y la brecha entre la “vieja” y la “nueva” emigración.
La cifra de 400.000 personas que suele manejarse incluye un amplio espectro de grados de autoidentificación lo que exige nuevas investigaciones sobre los grosores diaspóricos que mantienen las nuevas generaciones.
Lejos de ser una mera nota de color en la historia migratoria argentina, el caso ucraniano ilustra cómo un grupo que llegó sin Estado propio logró reproducir y adaptar su identidad en un contexto nuevo. Cipko invita al lector a considerar la diversidad de las raíces argentinas, pero también pone de manifiesto las dificultades y contradicciones inherentes a todo proceso migratorio de larga duración.
Fuente y contexto editorial
Este artículo resume el capítulo “La inmigración ucraniana a Argentina: a los 125 años de sus inicios”, de Serge Cipko, incluido en el libro Descubriendo Ucrania: Su pueblo, su historia y su cultura (Editorial Poliedro, 2022), compilado y editado por Olena Palko y Manuel Férez Gil. Forma parte de una serie de publicaciones que recorrerán, capítulo a capítulo, los distintos aportes de la obra, con el objetivo de acercar sus contenidos a un público más amplio.
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