El terremoto y tsunami de 2010 dejaron lecciones profundas. Una de ellas fue precisamente la dificultad de evacuación en localidades planas, densamente ocupadas o con conectividad limitada. Aun así, dieciséis años después, los avances estructurales siguen siendo limitados y fragmentados.

Hace algunos días tuve la oportunidad de conocer experiencias y avances vinculados a infraestructura de evacuación vertical ante tsunamis en el distrito de La Punta de la región del Callao en Perú. La visita me dejó una sensación inevitable: mientras algunos países de la región avanzan en soluciones concretas para enfrentar amenazas costeras extremas, Chile continúa moviéndose con demasiada lentitud en una materia donde debiera ser líder regional.

Y la pregunta es evidente: ¿Cómo un país como Chile, probablemente uno de los más expuestos del mundo al riesgo de tsunami, sigue teniendo tan pocos avances reales en infraestructura de evacuación vertical?

Chile posee más de 6.000 kilómetros de costa expuestos a terremotos y tsunamis. Ciudades completas, puertos, caletas, infraestructura crítica y zonas densamente pobladas se ubican en áreas potencialmente inundables. A eso se suma un problema estructural: en muchas localidades costeras simplemente no existe tiempo suficiente para evacuar horizontalmente hacia zonas seguras.

La lógica es simple, pero estratégica: cuando no existe tiempo o distancia suficiente para escapar hacia sectores altos, la solución puede estar en infraestructura especialmente diseñada para resistir tsunamis y permitir que la población evacúe en altura dentro de la misma zona de amenaza.

Japón, Estados Unidos y ahora Perú han comenzado a avanzar progresivamente en esta línea. Chile, en cambio, sigue discutiendo principalmente desde el diagnóstico.

Y eso es preocupante, porque el país sí ha desarrollado capacidades importantes en sistemas de alerta, protocolos de evacuación y educación pública. Sin embargo, seguimos teniendo una brecha crítica en infraestructura física de resiliencia costera.

El terremoto y tsunami de 2010 dejaron lecciones profundas. Una de ellas fue precisamente la dificultad de evacuación en localidades planas, densamente ocupadas o con conectividad limitada. Aun así, dieciséis años después, los avances estructurales siguen siendo limitados y fragmentados.

La experiencia peruana resulta interesante porque muestra una aproximación distinta: comprender que la adaptación costera no puede depender únicamente de planes y señaléticas. También requiere infraestructura especializada, integración urbana y visión de largo plazo.

Y aquí aparece una oportunidad enorme para Chile.

La evacuación vertical podría transformarse en parte de una nueva generación de infraestructura pública resiliente: escuelas, edificios multipropósito, equipamiento costero, estacionamientos o centros comunitarios diseñados desde su origen para operar también como refugios verticales ante tsunami.

Eso permitiría integrar gestión del riesgo, planificación urbana y desarrollo territorial bajo una misma lógica de resiliencia.

Chile tiene capacidades técnicas, universidades, ingeniería sísmica reconocida mundialmente y experiencia operacional en desastres. Lo que parece faltar es decisión estratégica para transformar esa experiencia en infraestructura concreta.

Perú está mostrando que avanzar es posible. Y quizás lo más incómodo para Chile no es que otro país esté desarrollando estas capacidades. Lo realmente incómodo es que nosotros deberíamos haber sido los primeros en hacerlo.