Chile puede liderar en inteligencia artificial. Pero no puede hacerlo ignorando su condición de país hídrica y climáticamente vulnerable.
Chile quiere ser potencia digital. Promovemos data centers, hidrógeno verde, minería 4.0 e inteligencia artificial aplicada a casi todo. Según cifras de la Subtel y del ecosistema tecnológico nacional, el uso de herramientas de IA generativa en Chile ha crecido explosivamente en los últimos dos años, especialmente en sectores como educación, minería, servicios financieros y sector público. Somos uno de los países latinoamericanos con mayor penetración de plataformas como ChatGPT, Gemini o Copilot. Pero hay una dimensión que casi no aparece en la conversación: el agua.
Cada consulta a un sistema de IA requiere procesamiento en centros de datos que operan de forma continua. Estos centros concentran miles de servidores que generan calor y requieren sistemas de enfriamiento intensivo. Y en muchos casos, ese enfriamiento utiliza agua dulce.
En Chile, una de las mayores concentraciones de centros de datos se encuentra en Quilicura, Región Metropolitana. No es casualidad, existe buena conectividad eléctrica, infraestructura industrial y cercanía a la capital. Pero Quilicura no es solo un polo tecnológico, también es territorio de humedales urbanos como O’Higgins, San Luis y San Luis Norte, y una comuna con presión histórica sobre sus acuíferos.
En la Región Metropolitana, gran parte del abastecimiento hídrico depende de aguas superficiales y subterráneas de cuencas ya altamente intervenidas. El uso industrial de agua subterránea no es marginal. Múltiples actividades productivas dependen de ella. Cuando un centro de datos utiliza agua para enfriamiento, directamente o a través de sistemas de evaporación, esa agua suele provenir de redes que, a su vez, se alimentan de fuentes superficiales o subterráneas.
El problema no es hipotético. Los grandes reportes internacionales lo muestran con claridad. Microsoft informó un consumo global de agua de miles de millones de litros anuales en sus operaciones recientes, con un aumento significativo respecto a años previos. Google reporta cifras también en el orden de miles de millones de litros anuales. Y la tendencia sigue creciendo a medida que se expanden los modelos de IA generativa, que son mucho más intensivos en cómputo que las búsquedas tradicionales.
A esto se suma la huella hídrica indirecta. La fabricación de microchips y semiconductores requiere grandes volúmenes de agua ultrapura. La minería de minerales estratégicos, como galio, germanio y otros elementos críticos para la electrónica, también tiene impacto hídrico. Chile, como país minero, no es ajeno a esa cadena.
La paradoja es evidente. Mientras comunas rurales reciben agua mediante camiones aljibe, mientras la megasequía cumple más de una década y mientras discutimos normas secundarias de calidad ambiental en lagos y humedales, la economía digital se expande con una huella hídrica que rara vez se transparenta a nivel territorial.
La IA no es “la nube”. Es infraestructura física con edificios, transformadores eléctricos, sistemas de refrigeración, redes de fibra, torres de respaldo energético. Y en un país con estrés hídrico estructural, esa infraestructura no puede evaluarse solo desde el punto de vista económico. No se trata de demonizar la inteligencia artificial. Sería absurdo desconocer su potencial para modelar sequías, optimizar redes de distribución de agua o mejorar la eficiencia energética. El problema no es la herramienta; es la falta de planificación estratégica.
Hoy en Chile no existe una normativa específica que obligue a reportar de manera pública y desagregada el consumo hídrico de centros de datos por cuenca. Tampoco existe una evaluación estratégica acumulativa que considere la concentración territorial de estas infraestructuras en zonas con presión sobre acuíferos y humedales urbanos.
Si vamos a impulsar la economía digital, necesitamos al menos tres compromisos básicos: Primero, transparencia hídrica obligatoria por región y por centro de datos. Segundo, priorizar sistemas de enfriamiento con aguas residuales tratadas o tecnologías de circuito cerrado que minimicen evaporación. Tercero, planificación territorial vinculante que considere la realidad de las cuencas y no solo la disponibilidad eléctrica.
Chile puede liderar en inteligencia artificial. Pero no puede hacerlo ignorando su condición de país hídrica y climáticamente vulnerable. Porque incluso en la era de los algoritmos, el límite sigue siendo físico. Y el agua, a diferencia de los datos, no se replica infinitamente.
Ricardo Salazar-González
Profesor Asociado Escuela de Química UC
Investigador Centro de Derecho y Gestión de Aguas UC
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