Pareciera ser que clasificar a la tecnología como un mal o como un bien es un tema reiterado en las últimas décadas, y a pesar de las consideraciones y alertas de diversas áreas de la ciencia y sus expertos, desde la Salud hasta las Humanidades, el progreso tecnológico sigue avanzando. Nuevas innovaciones y desarrollos tecnológicos generan emoción, porque abren mercados, y cierran, al parecer, problemas de la vida diaria y de las limitaciones del cuerpo.

La creación de la tecnología es, al fin y al cabo, aquello que más nos distingue de otras formas de vidas que conocemos, por lo menos a simple vista. Y lo que nos ha permitido la vida moderna actual. Pero ¿Cuántos de nosotros ha definido su relación con su teléfono inteligente, y la de otros, como buena o mala? ¿Cuántos de nosotros juzgamos a las generaciones más jóvenes por su “dependencia” con estos aparatos?

Resulta que sobre las tecnologías hay una discusión moral constante sobre si son neutrales, buenas o malas. Si nos llevarán a una utopía o a una distopía. Pensemos en las armas, en los refrigeradores, en los automóviles, en los acueductos, en las vacunas y en el Internet y podemos rápidamente clasificarlas entre buenas y malas de acuerdo a nuestra propia experiencia y conocimientos (y prejuicios) sobre el uso y desuso de estas tecnologías.

Juzgamos estas tecnologías por sus efectos en nosotros mismos, si es que nos hacen bien o mal, y establecemos entonces una valoración.
Al Internet lo culpamos de que los niños ya no juegan, de las noticias falsas y desinformación, de la existencia de nuevas amenazas a manos de hackers, y de la deshumanización de nuestras sociedades.

Incluso lo podemos culpar de nuestra polarización y de nuestros conflictos violentos actuales, de terrorismo, de radicalización, de organización de la violencia.
Me parece que es una acusación injusta. Se nos olvida nuestro pasado humano, lleno de fundamentalismo, de dogmatismo, de conflictos y de guerras. Se nos olvida que las mentiras no se inventaron en Twitter, y que las redes sociales o los vínculos sociales no aparecieron con Facebook.

Se nos olvida que las tecnologías son herramientas. Se nos olvida que es el factor humano que les quita la neutralidad, que un arma no es un arma hasta que se ocupa para ejercer la acción de atacar. Se nos olvida que el bien y el mal proviene de nosotros.

Pía Josefina Martabit Tellechea
Docente Instituto de Humanidades
Universidad del Desarrollo