La experiencia comparada muestra que los países que han enfrentado con éxito el Covid-19 no han sido los que han dispuesto de una informática más avanzada o un dispositivo tecnológico más sofisticado. El secreto parece estar en la capacidad de esas sociedades de tomar decisiones públicas, asentadas en un criterio de justicia compartido por toda la sociedad.

La paradoja de nuestro tiempo es que la humanidad ha logrado disponer de una inmensa información sobre la pandemia del Covid-19, y sin embargo no sabe cómo actuar colectivamente ante esta circunstancia. Los datos sobre el número de contagios fluyen de forma asombrosa. Es posible seguir en forma casi inmediata la evolución de las cifras de personas afectadas, recuperadas y fallecidas, no sólo en nuestro país sino de forma casi global. Los laboratorios se abarrotan de fórmulas estadísticas sofisticadas, que permiten establecer cuadros de predictibilidad bastante fiables, aplicables al análisis de los procesos de respuesta clínica, al abastecimiento de las ciudades, al número crítico de camas en los hospitales. En general es posible anticipar con bastante certeza los hechos cruciales que están aconteciendo y los que van a acontecer en un amplio rango de materias ligadas al fenómeno de la pandemia. Pero el homo informaticus no es un homo sapiens.

A pesar de esta sobreabundante información, tomar decisiones públicas es cada vez más difícil porque la historia humana no consiste en la simple averiguación de lo que está pasando, sino ante todo en la interpretación compartida de esos acontecimientos. Entre el sinnúmero de datos y la posibilidad de tomar decisiones legitimadas por la mayoría, existe un amplio trecho, muy complejo, que se enfrenta a las circunstancias en las cuales esos números son leídos, asumidos, creídos, valorados, sentidos y pensados.

En el fondo, cada cual se acerca a la información sobre la pandemia desde sus propios miedos, intereses, creencias y pasiones. La validez misma de las cifras adquiere verosimilitud dependiendo de las posiciones políticas de los actores que las reciben. Los datos que se recopilan en los computadores inexorablemente chocan con las convicciones de quienes toman las decisiones que según su interpretación y su perspectiva se tendrán que asumir colectivamente.

Vivir es habitar en una circunstancia que se impone como problema. Frente a este dilema la solución exige datos, informaciones, números fiables, transparentes y confiables. Sin embargo, caeríamos en un fetichismo estadístico si pensáramos que basta con tener ese conocimiento para llegar a una solución unívoca, clara y asumida de forma democrática. Al contrario. La dificultad no radica en la falta de información ni tampoco en su abundancia. La complejidad se funda en nuestra falta de convicciones compartidas, que nos permitan arribar a una interpretación común, socialmente válida y políticamente aceptada.

De alguna forma la pandemia llegó en un momento de crisis histórica, entendida como un proceso de cambio muy rápido en el sistema de convicciones sobre el que se asienta la sociedad. Este hecho ya estaba en desarrollo antes de 2020, y en Chile se expresó de forma radical por medio del estallido social de 2019. Pero a escala global la confianza en la globalización neoliberal, en las grandes tradiciones religiosas y en las ideologías políticas habituales ya había entrado en crisis profunda, mientras las alternativas que se empezaron a proponer no habían logrado fraguar, tanto por sus propias debilidades como también por la falta de tiempo y maduración adecuada. Se evidenció así un momento de desorientación colectiva, donde se dejó de creer en la cosmovisión en la que se creía hasta la fecha, sin que surgiera un nuevo sistema de creencias. Por eso no se logra convocar a acuerdos sustanciales y la política se limita a administrar la emergencia, en medio de la desconfianza extrema entre las partes.

Recordemos la distinción de Ortega, respecto a que las ideas se tienen, mientras que en las creencias se está. En este momento abundan las ideas respecto a lo que se puede o se debe hacer ante la situación sanitaria. Lo que no abunda son las creencias compartidas, las convicciones sentidas colectivamente, los acuerdos mínimos en una sociedad que concuerda un contrato básico para distribuir los costos y las pérdidas que origina la catástrofe.

La experiencia comparada muestra que los países que han enfrentado con éxito el Covid-19 no han sido los que han dispuesto de una informática más avanzada o un dispositivo tecnológico más sofisticado. El secreto parece estar en la capacidad de esas sociedades de tomar decisiones públicas, asentadas en un criterio de justicia compartido por ricos y pobres, empresas y trabajadores, ciudadanía y dirigencias políticas, bajo el imperativo de priorizar a la gente más desaventajada.