Viví toda mi infancia y buena parte de mi juventud en un país beisbolero, hasta tal punto que miré con indiferencia La Mano de Dios en el mundial de 1986. Bajo ese recuerdo infantil, el evento de esta semana en ese mundo era sin duda la Serie Mundial de beisbol de Estados Unidos, con la participación de dos equipos que están bastante lejos de los grandes como los Yankees, los Cachorros o los Cardenales. Para poner dimensión al hecho histórico, el equivalente chileno sería que la Liga de Primera se decidiera entre Deportes Antofagasta y Audax Italiano.

En el argot beisbolero, cuando una pelota supera el cuadro interior, rueda con fuerza hacia los jardines y permite que los rivales sigan corriendo sin freno, los relatores tienen una muletilla clásica: “pica y se extiende”, que se ocupa también para detallar a los problemas que no tienen control. La frase se aplica perfecta a la crisis de los beneficios a condenados por violación y abuso sexual en Chile. Pareciera que no hay nadie en la cancha capaz de ponerle el guante a la pelota; al revés, picó en el terreno más resbaladizo de todos y se fue directo al fondo de la cancha, amenazando con llevarse puesta buena parte de la sostenibilidad de la administración Kast.

La literatura de gestión de crisis plantea que el tiempo y la contención inicial hacen buena parte del trabajo para evitar que pique y se extienda sin control. El profesor Paul Argenti, en su clásico Corporate Communication, advierte que las crisis no son fotos fijas, sino procesos dinámicos de degradación acelerada. El problema en ésta parece ser que el Gobierno subestimó la onda expansiva de una decisión éticamente impresentable, cayendo en lo que describe Argenti: pasó de ser un desprolijo error de oficina a convertirse en una fractura de confianza reputacional, que ya no se arregla ni siquiera con las habilidades ciertas del nuevo vocero.

Asumir que rebajar penas a agresores sexuales podía pasar como que se cumplió la ley o que la oposición lo está “politizando”, como se dijo en estos días, es peor que tirar el guante. El batazo salió disparado y ahora no hay como atajarlo.

Otros libros plantean que una contención tardía, mezquina o a regañadientes siempre multiplica el desastre. Si la respuesta oficial consistió en quedarse mudos, refugiarse en explicaciones leguleyas o dedicarse al noble deporte de culpar a la oposición o a la administración Boric, la narrativa queda a la deriva. Jaume Fita, otro clásico en gestión de conflictos, plantea que una crisis mal administrada suma agravios a cada metro que rueda: cada enredo al micrófono, cada omisión torpe y cada defensa tecnocrática se transforman en bencina pura para alimentar la sospecha de que aquí hubo indolencia, desidia o derechamente incompetencia.

La verdadera profundidad del cráter radica en que este traspié le pegó al corazón de la promesa campañera del gobierno de Kast. Para no quedarse en los teóricos de las crisis y buscar a los clásicos del management (que un gabinete empresarial se supone que los tiene de cabecera) como Michael Porter o Jim Collins, también ellos en sus textos entregan base teórica para entender el desastre.

Para Collins, preservar el propósito fundamental es lo único que sostiene a una organización en el tiempo; y para el gran Porter la consistencia estratégica exige alinear cada decisión operativa con la propuesta de valor prometida.

En este caso la propuesta de valor, la identidad de marca y el pegamento electoral de votar por José Antonio Kast era, ante todo y sobre todo, la mano dura y la seguridad sin titubeos. ¿Y cuál es la entrega? Beneficios a violadores y abusadores tramitados casi a escondidas.

Traicionar la propia misión central no es un desliz menor de relaciones públicas: es dinamitar la única razón por la que tus clientes, o en este caso tus votantes, decidieron comprarte el producto. Cuando tocas un valor sagrado de la sociedad y lo haces desmantelando tu propio eslogan de campaña, el incendio no se apaga con decir que a partir de ahora no habrá más rebajas de condena.

La mejor evidencia del descontrol de esta crisis es la filtración en el vespertino La Segunda de reuniones donde asesores habrían advertido al ministro de los riesgos de lo que estaba firmando. No hay que ser muy experto en comunicación para advertir quienes son las fuentes, y recuerda el caso de la casa de la familia Allende donde aparecieron varios filtrando reuniones en La Moneda para pasar la pelota a otro.

Y ya no es ni siquiera en off, pues el subsecretario Silva, el clásico “profe” que se convirtió en un meme muy bien utilizado en el segundo plebiscito, se recetó un video diciendo que lo que firmó fue siguiendo la pauta que establecía el ministro.

El problema nunca fue sólo que la bola picara, pues pifias cometen hasta los mejores. La tragedia es que aquí ya no hay partido: es una evidente falta de un mapa de navegación para salir del atolladero. Lejos de articular un plan de rescate coherente, cada una de las declaraciones de los actores de la crisis agravan el panorama.

Mientras en el oficialismo siguen mirando al cielo esperando que la lluvia o el presupuesto les permita salvar algo, la oposición sigue recorriendo las bases a placer ante un público atónito y está a punto de dar un jonrón con las bases llenas con la Acusación Constitucional. Sin brújula ni un plan claro para administrar la crisis, no hay jugada maestra en la novena entrada capaz de revertir un marcador que ya es bochornoso.