¿Qué gana un país cuando le niega el respaldo a una de sus figuras más reconocidas en el mundo? Nada. Eso hizo el Gobierno con la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de Naciones Unidas. Más allá de las diferencias ideológicas, será recordado como un acto mezquino que algunos sectores de la derecha tendrán que revisar con el tiempo.

La candidatura de Bachelet no representaba solamente una aspiración personal. Expresaba la posibilidad de que Chile proyectara internacionalmente a una figura con una extensa trayectoria política, institucional y diplomática, reconocida en América Latina y en otros espacios internacionales. Su llegada a la Secretaría General habría sido un hecho de particular relevancia para Chile y la región en el sistema multilateral.

Amplios sectores de la oposición interpretaron la decisión del Gobierno como una expresión de estrechez política y ceguera. Las diferencias ideológicas entre un gobierno de derecha y una figura de centroizquierda no debieron impedir considerar el interés nacional.

Naciones Unidas atraviesa, además, una etapa de profundas tensiones geopolíticas, marcada por conflictos armados, disputas entre grandes potencias y cuestionamientos al multilateralismo. En ese escenario, la elección de la Secretaría General queda inevitablemente condicionada por las relaciones de poder en el Consejo de Seguridad.
Bachelet conocía esas dificultades. Aun así, avanzó con el respaldo de países como Brasil y México, además de otros actores internacionales, y decidió continuar hasta el final en defensa de una candidatura latinoamericana.

¿Perdió Michelle Bachelet la carrera por la Secretaría General de la ONU? Formalmente, sí, aunque no hubo elección directa: fue un sistema indirecto, manejado principalmente por EE.UU., el que le cerró el camino. Sin embargo, reducir el resultado a una derrota diplomática sería insuficiente para comprender sus efectos políticos.

Su regreso a Chile abre una nueva etapa. Bachelet continúa siendo una figura de dimensión internacional, con una significativa presencia en la política chilena y latinoamericana. Haber sido dos veces presidenta de la República y directora de ONU Mujeres le otorga una trayectoria que trasciende las fronteras partidarias.

Para la centroizquierda chilena, su retorno es también una oportunidad para reflexionar sobre sus propios errores. Los liderazgos políticos no se construyen de un día para otro: requieren experiencia, capacidad de diálogo y voluntad de construir acuerdos. La experiencia reciente de Chile demuestra que las divisiones, los personalismos, cierto tipo de mesianismos y la incapacidad para articular proyectos comunes tienen consecuencias políticas profundas.

Por ello, el desafío de las fuerzas progresistas no se limita a reivindicar la figura de Bachelet; consiste en aprender de los errores, superar los egoísmos sectoriales y construir una propuesta capaz de responder a las nuevas demandas ciudadanas.

Chile ha perdido, al menos por ahora, la posibilidad de contar con una secretaria general de Naciones Unidas proveniente de nuestro país. Pero la trayectoria internacional de Bachelet no termina con esta candidatura. Su retorno puede abrir nuevos espacios para el debate político nacional y regional y para la construcción de un nuevo relato social y cultural.

La historia política de Chile ha conocido liderazgos capaces de trascender su tiempo. Pedro Aguirre Cerda, Salvador Allende, Patricio Aylwin y Ricardo Lagos representan tradiciones diversas dentro del campo democrático y progresista.
El desafío del presente es aprender de esas trayectorias y evitar que las divisiones vuelvan a imponerse sobre los proyectos colectivos.

Una derrota internacional, además influida por intereses de algunas potencias, puede transformarse en una nueva oportunidad política si permite recuperar la capacidad de diálogo, articulación y conducción que Chile necesita.

Bachelet hay para rato. La derecha no cuenta con este tipo de liderazgo. Se requiere testimonio, historia, identificación con las expectativas y sentimientos de la gente, y fortaleza para emprender grandes proyectos. No por nada las mujeres, con conciencia y voluntad, son reconocidas por los pueblos. Chile no es la excepción. Bienvenida, Presidenta.