Los sajones fueron una tribu de la región histórica alemana -coincidente con el actual Lander de Baja Sajonia- que se enfrentó al hoy considerado padre de Europa, Carlomagno. Dicho líder franco los incorporó mediante guerras a su imperio (772-804), aunque dicho pueblo se proyectó tanto en quienes emigraron a la Bretaña como en otros territorios germanos que harían parte primero del reino alemán medieval y después de la moderna y contemporánea Alemania.

Uno de esos es el Lander de Sajonia-Anhalt cuyos resultados electorales han causado conmoción luego que la agrupación de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD) alcanzara cerca de 44% de los votos y quedara a un tris de gobernar dicho Lander de la República Federal Alemana con 39 escaños en el Parlamento regional, apenas a 3 curules de la mayoría absoluta.

No se trata de cualquier grupo de la derecha radical y populista, sino de uno que fue expulsado del grupo parlamentario europeo dirigido por Marine Le Pen y Mateo Salvini (Identidad y Democracia), en mayo de 2024, cuando uno de sus dirigentes aseveró que no todos los SS eran criminales y que había buenas personas.

Mientras la Reagrupación Nacional francesa y la “Lega” italiana se edulcoraron, dejando en el rincón a sus exponentes más radicales, AfD en cambio se endureció. Su racismo quedó patente al proponer un Estado-nación etnoculturalmente homogéneo como base base del orden político.

AfD fue creado en plena emergencia económica, como baluarte nacional liberal-conservador enfrentado a la política de rescate del euro del gobierno de Merkel. Su mayor giro lo experimentó en la crisis de los refugiados en 2015 y 2016. Hoy es un partido ultra, contrario a la integración de extranjeros, económicamente euroescéptico y opuesto al espacio Schengen, además de promover un acercamiento a Moscú.

Por medio de avances electorales, la AfD ha ido triturando el mito de la excepcionalidad alemana -respecto de otros estados como Francia, Italia o Austria- sin partidos populistas. Ya comienza a desactivar el cordón sanitario que en el corazón de Europa -Alemania, Francia y Bélgica- restringía a la ola etnonacionalista: Cuando ya su aprobación supera el 40% -recordando que el nazismo apenas se empinó sobre el 30%- la contención empieza a legitimar a este posfascismo.

En Sajonia-Anhalt AfD ha anticipado que de acceder al gobierno evaluará todo contrato con entidades que suscriban un “antialemanismo” en desmedro del “patriotismo auténtico”. Lo anterior equivale a suspender la ayuda pública a solicitantes de asilo y refugio.

¿Qué opciones tiene AfD para implementar este programa? Una posibilidad es que sectores de la derecha tradicional se descuelguen de la línea oficial del partido demócrata cristiano y habiliten la investidura de su líder Ulrich Siegmund. Sería el expediente del síndrome 1933 –una coalición para formar gobierno de nazis, el partido católico del Zentrum y el conservador Partido Nacional Popular Alemán- que alude al miedo a repetir la aciaga historia de “campaña electoral permanente, acuerdos de coalición insólitos, partidos «del pueblo», polarización y discursos de odio, políticos acusados de traición” (Ginzberg, 2024).

Igual que en 1933, Siegmund asegura que está disponible para repetir comicios en caso que no pueda encabezar el Gobierno, proyectando un crecimiento sobre el 50% de los votos. Y cuando pensábamos que lo habíamos visto todo, otra posibilidad apunta a que la historia -aunque cíclica- discurre por diversos cauces. AfD también podría gobernar si el partido radical populista de izquierdas Sahra Wagenknecht (BSW) se desmarca del cordón sanitario alemán contra la ultra derecha, aspecto que nunca ha descartado al considerar la contención favorece al establishment.

Fue fundado en 2024 y ha tenido un ascenso explicado, en parte, por la alta personalización de su lideresa fundadora, Sahra Wagenknecht, más una perspectiva ideológica original que mezcla conservadurismo cultural con posiciones económicas de izquierdas y un discurso maniqueo. Se distancia categóricamente de la izquierda alemana actual, a la que moteja de «izquierda del estilo de vida», cultivando un perfil autoritario con diatribas antiestadounidenses, prorrusas y antielitistas. Su plataforma electoral cuestiona la atención sobre el cambio climático y la asistencia a la inmigración. En un momento de espasmos sistémicos y cambios acelerados para Sahra Wagenknecht podría existir un área de colaboración entre tendencias que compartían la marginalidad política hace poco.

Desde luego, no se trata aquí de asumir narrativas elementales como la de un “nazicomunismo” con sesgo de equifinalidad, sino de admitir que en ciertos momentos históricos hubo entendimientos y alianzas de geometría variable y cálculo por parte de grupos en las antípodas políticas.

El viraje a la diestra nacionalista y culturalmente ortodoxa de Stalin –después de la represión a Trotsky y otros dirigentes- fue seguido por un diálogo con los nazis -a pesar que éstos habían laminado su vertiente antiburguesa y anticapitalista- expresada en el pacto de no agresión de agosto del 39. Hoy este fenómeno es denominado “rojipardismo”, y supondría espacios de convergencia entre izquierdas y derechas radicales.

Aunque pueda parecer kafkiano, o dicho como Gramsci “un síntoma mórbido del cambio de paradigma”, hoy en Sajonia-Anhalt todo es posible. No cabe duda hoy que la mayor amenaza a las democracias liberales de Europa Occidental procede de la ultraderecha posfascista, pero ya no es el único desafío. La formación o no de un gobierno en Sajonia-Anhalt puede remitir al síndrome del 33 o una habilitación rojiparda.