Sentí envidia y frustración al leer la columna del arquitecto José Rosas en V&D del Mercurio, donde sostiene que, gracias a la alianza entre la administración pública, la iniciativa privada y la sociedad civil, se están materializando proyectos que impulsan un nuevo imaginario urbano para Santiago. Pocas definiciones expresan mejor lo que una ciudad debiera aspirar a construir. Entonces: ¿existe hoy un imaginario urbano para Concepción? Cuesta reconocer un proyecto común más allá de administrar su propio deterioro.

Han pasado administraciones municipales de distintos signos políticos y, sin embargo, el balance permanece inalterable. Basta caminar junto al Teatro Biobío, la emblemática obra de Smiljan Radic, para ver cómo la vegetación descuidada ha terminado ocultando al río Biobío, precisamente el hito que dio sentido a su emplazamiento y su nombre. O el puente, aún sin terminar, ya completamente grafiteado.

Recorrer el centro es encontrarse con basura, grafitis, comercio informal colonizando cada esquina y cortinas cerradas que anuncian una ciudad resignada a su propio deterioro. Allí se desvanece la cultura, la seguridad, la vida cotidiana y, con ellas, las razones para utilizar este espacio urbano. Concepción va dejando atrás esa mezcla de dignidad provinciana y vitalidad trabajadora que durante décadas le dio carácter e identidad. El deterioro ya no sorprende; se ha vuelto el paisaje. Quizás, el síntoma más inquietante.

Cuando una ciudad olvida cuidar lo común y tejer comunidad, el deterioro deja de ser un accidente para convertirse en una forma de gobierno. El problema de Concepción no parece ser la falta de diagnósticos, sino la ausencia de un imaginario de ciudad. Porque las ciudades no solo se administran; también se imaginan. Y solo después se proyectan.

Durante años, el debate impulsado por la Asesoría Urbana se concentró en restringir alturas, fijar coeficientes y limitar densidades, como si el urbanismo consistiera más en controlar que en imaginar. Siempre resulta más fácil redactar una prohibición que proyectar una ciudad.

Se esperaría una Asesoría Urbana preocupada recuperar el centro, dignificar el espacio público, reconciliar la vida urbana con el río o plantar árboles para embellecer sus veredas y protegernos del sol. Las ciudades memorables no son las que perfeccionan sus restricciones, sino las que construyen una imagen. Las normas ordenan la ciudad; la imaginación termina construyéndola.

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En El derecho a la ciudad, Henri Lefebvre entiende el deterioro del entorno urbano no solo como un problema estético o técnico, sino como la expresión de una forma de violencia que termina privando a los habitantes de un espacio urbano digno.

Esa reflexión desplaza el problema desde la arquitectura hacia la política y, en el ámbito local, hacia quienes tienen la responsabilidad de cuidar, gestionar y proyectar la ciudad. Porque una ciudad abandonada nunca es consecuencia del azar; es siempre la expresión de prioridades. Al fin, toda ciudad termina pareciéndose a aquello que decide cuidar..o abandonar. Pero, por sobre todo, a aquello que es capaz o incapaz de imaginar.

Claudio Arce
Arquitecto y penquista

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