Siempre he creído que la curiosidad puede cambiar el rumbo de nuestras vidas. Basta con darle a un niño o una niña la oportunidad de hacerse una pregunta y las herramientas para buscar su respuesta. Ahí nace el pensamiento crítico, la creatividad y la confianza de que es posible adquirir nuevos conocimientos y aportar al mundo desde cualquier rincón de nuestro país.

Por eso, iniciativas como la Feria Antártica Escolar (FAE) del Instituto Antártico Chileno, organismo técnico del Ministerio de Relaciones Exteriores, representan mucho más que una competencia estudiantil. Es sobre todo un espacio de colaboración, aprendizaje y encuentro.

La convocatoria 2026 superó todos los récords: 761 estudiantes y 283 docentes de establecimientos de las 16 regiones presentaron 413 propuestas de investigación inspiradas en la Antártica Chilena.

Esta es la versión con mayor participación en 23 años de historia de este encuentro juvenil financiado por el Ministerio de Ciencia. De estos trabajos, saldrán los equipos que vendrán a Punta Arenas en agosto.

Aquí tendrán la oportunidad de mejorar sus propuestas y presentarlas a un jurado científico y a uno ciudadano. Los mejores tres grupos viajarán al Territorio Chileno Antártico en una expedición pedagógica donde conocerán a los integrantes del Programa Nacional de Ciencia Antártica que hacen trabajo de terreno en extremas condiciones.

En una época marcada por la desinformación y el uso cada vez más frecuente de herramientas digitales, existe el riesgo de dejar de cuestionarnos y asumir que la tecnología tiene todas las respuestas.

En este sentido, la FAE tiene un sello único: asume la Antártica como un laboratorio natural para estudiar fenómenos tan relevantes como el cambio climático, la biodiversidad, la conservación y el funcionamiento de ecosistemas extremadamente frágiles. Esto permite que estudiantes de cualquier región de Chile conecten problemáticas locales con desafíos globales y desarrollen ciencia con una mirada interdisciplinaria.

La FAE es mucho más que un concurso: es una inversión en el futuro de Chile. Somos un país que necesita más investigación, más innovación y más personas capaces de enfrentar los retos del futuro y que conozcan la historia y los derechos soberanos que unen a Chile con el Continente Blanco.

Este camino no comienza en un posgrado ni un centro de investigación: comienza mucho antes, cuando un estudiante descubre que sus preguntas tienen valor y que, con curiosidad, esfuerzo y las herramientas adecuadas, puede transformarlas en conocimiento y la apropiación social de este.