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Los Derechos Humanos, como gran paraguas protector de la humanidad, establecen límites en lo que consideramos aceptable y exigen autocontrol. Surgieron tras horrores como la Segunda Guerra Mundial, buscando limitar el poder estatal y proteger a individuos y comunidades. Sin embargo, han sido cuestionados y muchas veces no se han respetado en todas partes. En Chile, están ligados a la dictadura y han sido impulsados por organizaciones de derechos humanos. Actualmente, se enfatiza la importancia del autocontrol individual y colectivo para hacer efectivos los DDHH, enfrentando retos como el racismo y fortaleciendo comunidades.
Los Derechos Humanos debieran ser una base mínima para la Humanidad. Sin embargo, están cada día más desprestigiados y son atacados, a diario, por importantes líderes mundiales como por personas que se esconden en el anonimato.
El siguiente texto aborda los DDHH como un gran paraguas para proteger a la humanidad y la definición de los límites de lo que consideramos aceptable; como sistema que exige autocontrol; y, finalmente, a los DDHH como una forma de caminar.
Un paraguas que debiera cubrirnos a todos y sus límites
Durante miles de años, la humanidad ha tratado de llegar a ciertos acuerdos, tácitos o explícitos, formales o informales, para lograr acuerdos comunes de convivencia y control de los excesos y la brutalidad. La Segunda Guerra Mundial mostró formas “industriales” de exterminio, estructuras organizadas y eficientes de asesinatos masivos. De genocidio, de limpieza étnica.
Un gran paraguas y límites
Frente a esa brutalidad -que no solo involucró a los nazis-, surge la Declaración Universal de Derechos Humanos. Una iniciativa que buscaba poner límites claros de hasta dónde podían llegar los estados y entregar un gran paraguas protector de derechos básicos para la sociedad civil, para comunidades e individuos. Busca limitar a los Estados o a quienes detentaran el poder de las armas.
Como imagen y síntesis, la Declaración Universal de Derechos Humanos busca definir lo que considera los límites de lo “humano”. Límites puestos a quienes detentan el poder. Y, de manera complementaria, define ese gran paraguas de derechos para proteger a cada ser humano, a su comunidad.
Decenas de paragüitas pequeños
Si los Derechos Humanos los entendemos como un gran paraguas capaz de cobijar a toda la Humanidad, debemos aceptar que ha sido, hasta ahora, deficiente. Nunca han querido ser respetados en todas partes, ni los países desarrollados los han cumplido fuera de sus fronteras. Entonces, ha existido la percepción de los Derechos Humanos como un paraguas que no ha buscado cubrir a todos. Algunas veces porque no se ha podido, y otras porque no se ha querido. Ha sido un buen paraguas para los habitantes de algunos países, o para algunos habitantes de algunos países.
Por otro lado, cuando se proclaman los Derechos Humanos había -y todavía hay – muchos grupos postergados, discriminados, estigmatizados. Por ejemplo, minorías sexuales, religiosas o étnicas.
En este sentido, surge, de manera legítima, la necesidad de crear pequeños paraguas que protejan de manera especial a los grupos y sectores más vulnerados, como homosexuales o minorías étnicas.
Lo que ha pasado, al menos para la percepción de grandes grupos y de parte de la opinión pública, es que los Derechos Humanos son o se han transformado en una suma de paraguas pequeños que protegen a minorías, pero que descuidan, desprotegen o no se interesan en las mayorías. Que dejan afuera a las personas “comunes” que no caben bajo alguno de esos paragüitas.
Entonces, a nivel de imaginario, ha desaparecido el gran paraguas que eran los Derechos Humanos para transformarse en una multitud de paraguas pequeños, que protegen a grupos (muy) específicos, algunas veces en pugna entre ellos.
Lo anterior no es responsabilidad de los grupos que han sentido la necesidad de un reconocimiento especial o de una mayor protección, porque, seguramente en la mayoría de los casos, responde a necesidades concretas.
Derechos Humanos y Dictadura
En Chile, los Derechos Humanos están íntimamente ligados a la dictadura (1973-1990). Primero, porque en ese periodo fueron violados de manera masiva y sistemática por el Estado de Chile. Segundo, porque hasta antes del golpe, los Derechos Humanos no eran un tema relevante en el país. Los problemas se entendían como sociales, políticos, pero no como violaciones a los DDHH.
Por último, las organizaciones vinculadas a la defensa de los DDHH han sido muy activas, con amplia presencia en los espacios públicos, debates y en los medios de comunicación. Un gran logro de ellas.
Lo anterior ha sido un gran impulsor de los DDHH, ha generado consciencia, ha servido para difundirlos. Pero, al mismo tiempo, los ha limitado, haciendo que muchas personas vean los DDHH vinculados solo a la dictadura y, por extensión, a la limitación en el accionar de Carabineros y las Fuerzas Armadas y, como mucho, a demandas específicas como pueden ser los Derechos de Niñas y Niños.
¿Hasta cuándo salen hordas de los clósets?
Los DDHH permitieron reconocer minorías discriminadas e invisibilizadas. Entonces apareciendo en público, por ejemplo, homosexuales. La situación era tan grave que se acuñó el término “salir del clóset”. Porque, la gran mayoría había tenido que vivir, hasta ese momento, así: escondido en un lugar tan estrecho e incómodo como el interior de ese mueble.
Pronto empezaron a aparecer otros “clósets”. Aparecieron lesbianas, travestis, transexuales y un largo etcétera… Cada clóset que se abría permitió nuevas reflexiones y formas de percibir este mundo.
Pero en esa corriente se sumaron otros grupos, personas que sintieron que tenían derecho a salir del “closet” racista, de ideas totalitarias, colonialistas, supremacistas, etc. De la apertura de los “clósets” que permitían integrar a esas personas discriminadas, se pasó a hacer permeable el límite que dejaba fuera las ideas e ideologías que permitieron los horrores del s XX.
Parece central volver a instalar la idea de un gran paraguas que busca proteger a toda la humanidad y de estar permanentemente actualizando los límites de lo aceptable. La definición del área que ese paraguas debiera proteger.
Consciencia individual, colectiva y autocontrol
Los seres humanos hemos tenido una larga evolución para regular y normar la manera en cómo interactuamos entre nosotros, nuestras conductas, tanto dentro de nuestra comunidad o sociedad, como en relación a otros grupos.
Por ejemplo, se puede mencionar el rol de las religiones que fijan creencias, reglas y un ordenamiento social. Lo anterior, por supuesto, está apoyado por el poder de la fuerza, de las armas, de ejércitos.
En concreto, durante buena parte de la historia de la Humanidad, las relaciones al interior de las comunidades, como entre ellas, han estado reguladas mayoritariamente por controles externos. Por creencias y el uso de la fuerza.
En forma paulatina, ese control externo, se fue trasladando a un control interno de cada individuo, el que trata de autocontrolar impulsos y satisfacción de necesidades en función de las reglas de la sociedad y el respeto al otro.
DDHH y autocontrol
La Declaración Universal de Derechos Humanos pone, en este sentido, una gran responsabilidad en las comunidades y en las personas.
Por un lado, son las comunidades, las organizaciones y las personas las que deben vigilar que los estados respeten y hagan valer los DDHH. Éstas debieran controlar los posibles abusos de poder. O que quien detente el poder no garantice o no se esfuerce por garantizar esos derechos básicos.
Pero para que los DDHH sean una realidad, deben ser asumidos y respetados por las comunidades y la mayoría las personas. Esto requiere de una consciencia individual y colectiva, asociada al control social. Entonces, preservar esa consciencia, ese espacio de autocontrol, es central.
Racismo, individualismo y autocontrol
El objetivo de los DDHH es lograr un mundo más humanista. Ella no presupone que la sola adhesión a éstos haga que los estados, grupos de poder y los seres humanos sintonicen y se adapten de forma inmediata. Éste es un largo proceso, un cambio cultural y personal de largo aliento, con avances y retrocesos.
Sin embargo, mientras los Derechos Humanos no se transformen en creencias, valores profundos y prácticas, lo que opera es el control. Un control externo, que ejercen los estados (condenando, por ejemplo, actos racistas) y la sociedad (control social), y el control interno (la consciencia, el autocontrol). Es el individuo quien se autocontrola, se auto reprime, y evita caer en conductas no aceptadas.
Así, en un primer paso, no se pretende que una persona deje de ser racista, que es el ideal, porque se entiende que ese es un proceso largo. Lo que sí se espera es que esa persona no exprese su racismo, que se autocontrole.Autocontrol exigente
Este sistema de autocontrol ha sido cada vez más exigente, en la medida que la comprensión y los alcances de los DDHH se han hecho más extensos y profundos, debiendo entender la diversidad y la adaptación a diferencias culturales, minorías, grupos específicos, etc. Por otro lado, los sistemas de autocontrol de las personas han estado cada vez más exigidos por la cantidad creciente de estímulos y la complejidad de sociedades muy cambiantes, debiendo readaptarse constantemente.
Control social
Si el autocontrol individual es esencial para una sociedad más libre, el control social es fundamental para contener a las personas.
Explicado en forma gráfica: el autocontrol es el “centro” que cada persona debe cultivar y mantener. Ese centro, sin embargo, tiene un borde, es contenido por la sociedad civil con el Control Social. Después de ese Control Social viene el control del Estado, de las policías, la justicia, etc.
El Control Social, por un lado, representa un factor de identidad cultural y de cohesión. Por otro lado, permite contener a las personas, entregarles un marco de comportamiento, público en general, que respeta a la comunidad y a tener un autocontrol “centrado”, contenido por y en ese Control Social.
El Control Social, además, es central para trasladar parte de la responsabilidad y el poder a las comunidades.
Debilitar el autocontrol para manipular a las personas
Los DDHH ponen límites al ejercicio de estados, gobiernos o de grupos que ejerzan el poder de la fuerza en determinados territorios. Desde este punto de vista, la Declaración Universal de Derechos Humanos es visto por muchos poderosos como un estorbo, un impedimento para hacer lo que quieran.
Así, desde muchos sectores y espacios, se cuestionan los límites establecidos por los DDHH. Se cuestionan, se reivindica figuras e ideologías que están fuera. Se vuelve a sentir aires totalitarios, ideas discriminatorias, etc. Muchas de ellas con el beneplácito o la vista gorda de plataformas y redes sociales, que no responden al marco de los DDHH.
Algo central para lograr lo anterior es debilitando la consciencia y el autocontrol. Se puede hacer de varias formas: Debilitando las comunidades que contienen y sostienen a las personas, promoviendo el consumismo impulsivo (que se inicia aceptando publicidad destinada a niños), con la saturación de estímulos que llevan a que predominen los más “atractivos”, disruptivos y los más “extremos”, fomentando adicciones (consumistas, a redes, etc.), permitiendo y difundiendo mentiras, donde todo se relativiza y se destruyen los límites establecidos por los DDHH y, finalmente, haciendo cada vez más difícil distinguir lo real de lo ficticio (con ayuda de la IA), la verdad de la mentira, lo aceptable de lo que no lo es.
Lo anterior se complementa fomentando el individualismo, hacer creer que el camino lento de la organización es para “perdedores”, mientras que el individualismo favorece el “esfuerzo propio”. Una suerte de “yo quiero, yo puedo.” Estamos en un modelo de Capitalismo Consumista y de publicidad sin las regulaciones necesarias para permitir el desarrollo y la mantención de ese espacio básico de consciencia y de autocontrol.
Fortalecer los DDHH pasa por entregar más autonomía a las personas, permitir que desarrollen mayor autocontrol, y, al mismo tiempo, fortalecer comunidades que ayuden a sostener y contener a las personas.
No es la meta ni el camino, es la forma de caminar
Muchas veces hemos escuchado que la meta de la vida es la felicidad, lo que fue parafraseado por: “La felicidad no es la meta, sino el camino”.
Y de ella se desprende: “La felicidad no es la meta ni el camino, sino la forma de caminar”. Que toma, en cierta medida, la idea de “caminante no hay camino, se hace camino al andar” (Antonio Machado). Frase que se puede aplicar a la democracia y los Derechos Humanos.
Esa idea, el de la forma de caminar, tal vez pueda explicar por qué en sociedades como, por ejemplo, la alemana, la italiana o la francesa han resurgido con fuerza grupos neonazis, neofascistas, racistas, etc. Ello a pesar de las amplias políticas y educación destinadas a evitarlo. Una explicación -no la única- es que fueron iniciativas realizadas desde el intelecto y no fueron prácticas. No fueron, realmente, “formas de caminar”.
En este sentido, los Derechos Humanos se enseñan de manera teórica, intelectual, como algo que se aprende -y se desaprende- como muchas otras materias, pero no necesariamente se internalizan. Hoy, se debe pensar en “formas de caminar” que fomenten vivir e internalizar los DDHH.

No son los Derechos Humanos, es la Humanidad la que retrocede
La Declaración Universal de Derechos Humanos fue una gran iniciativa civilizatoria de la humanidad, que la involucra a toda. Incluso a aquellos grupos y personas que no estuvieron en las cabezas de las personas que trabajaron y redactaron el texto. Pero que sí estaba en el espíritu de muchas de ellas.
La Declaración Universal de Derechos Humanos partía, entre otras, de dos ideas que resultan conmovedoras y que son complementarias. La primera es que la Humanidad es una y, por lo tanto, se debe proteger en su totalidad. Y la segunda es que la Humanidad alberga una gran diversidad, que debe ser respetada y preservada. En esa diversidad hay riqueza, hay futuro, incluso en esas partes que hoy no somos capaces de valorar adecuadamente.
En los DDHH confluyen unidad y diversidad para fijar los límites de lo que consideramos Humano. En síntesis, todos/as somos iguales (en derechos) y todos/as somos diferentes, únicos.La Declaración Universal de Derechos Humanos buscó ser un avance, un paso colectivo de la Humanidad. Cuando los Derechos Humanos se relativizan, cuando se traducen en decenas o cientos de demandas sectoriales o de minorías perdiendo la idea del total, de lo global, del paraguas que protege a la Humanidad, se debilita. Pierden la fuerza del todo.
En este sentido, hoy, lo que retrocede no son solo los Derechos Humanos. Estamos asistiendo a un retroceso de la Humanidad como totalidad.
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