Como en toda lectura de la sociedad, la contradicción está siempre presente, y es justamente lo que provoca el impasse en el que estamos empantanados.

Para la RAE, el pesimismo es la “propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más desfavorable”. Se deduce que no es únicamente un sentimiento, sino una actitud, un estado mental que se manifiesta a través de pensamientos, formas de ser y expectativas.

Al igual que los bostezos, el pesimismo es contagioso. Cual virus maléfico, se incrusta repentinamente en las mentes y comienza a propagarse entre los estamentos de la sociedad sin el menor control sanitario. El pesimismo se transmite a través de un fenómeno conocido como contagio emocional, en el que, inconscientemente, nuestro cerebro sintoniza con las emociones de quienes nos rodean, provocando, de esta forma, que la negatividad reine a sus anchas.

La neurociencia explica que este fenómeno se debe a las neuronas espejo, las que se activan al observar a los otros, haciéndonos experimentar la misma emoción que percibimos en ellos; en este caso, frustración, resentimiento, desesperanza; en síntesis, todo lo malo. Nuestro instinto animal de supervivencia hace que prestemos una mayor atención a la información negativa, percibida como amenaza a la especie.

Entonces, cuando un grupo de personas comparte una misma queja, el pesimismo se instala colectivamente, paralizando la capacidad de acción e inhibiendo las ilusiones del grupo.

Los psicólogos afirman que, en el ámbito laboral o familiar, por ejemplo, las “calamidades” experimentadas por algunos terminan creando círculos viciosos que afectan al grupo en su conjunto.

Llevado a nuestra realidad cotidiana, cada mañana, observamos que los medios de comunicación informan y comentan hechos escabrosos que luego las redes sociales aumentan e interpretan sin control ni discernimiento, casi macabramente, hasta contaminarnos con esos infortunios. Provistos de un pesimismo agobiante, salimos a la calle llevándolo puesto cual camisa.

¿Pesimistas?

Hace unos días, durante una velada compartida entre amigos, escuché con atención a una de las invitadas, a quien no conocía. Era una ejecutiva extranjera radicada por dos décadas en Chile y opinaba con pertinencia acerca de nuestro país.

Consideraba que era el más ordenado y próspero de América Latina, en el que las instituciones funcionaban y la corrupción era menor que en todas partes. Nos criticaba, sin embargo, por nuestras quejas constantes por todo y hacia todo, subrayando cómo estas incidían en nuestro comportamiento social y preferencias políticas. Para ella, los chilenos somos inconformistas y no miramos nuestro entorno cercano. Citó varios ejemplos, comparando nuestra situación no solo con la de los países vecinos, sino con algunos de Europa, como el suyo.

La distancia con la que escuché inicialmente sus dichos se fue transformando en empatía al observar la pertinencia de sus argumentos. No; Chile no se cae a pedazos ni nuestra degradada situación económica y social es comparable con la de Argentina, Bolivia, Perú y tantos otros países del continente. La constatación es básica. Es cosa de apreciarla.

Hoy, prácticamente todos los índices económicos y sociales disponibles destacan a nuestro país en múltiples aspectos: junto a Panamá y Uruguay, el de más alto ingreso per cápita; el de mayor inversión con relación a sus habitantes; el que registra la esperanza de vida más alta del continente, superando a la mayoría de los países europeos, y con el mejor sistema de salud, junto a Costa Rica; el de mayor desarrollo humano y acceso a la enseñanza. Un país que cuenta con una economía estable y abierta hacia los mercados globales, con certezas jurídicas que, aunque relativas, son importantes, dotado de instituciones administrativas y judiciales creíbles pese a su reciente deterioro, y un Banco Central autónomo a cargo de la política monetaria. Pese a su incremento durante los últimos años, nuestra deuda pública es controlable y, para muchos países, envidiable.

Aunque podamos observar con preocupación un indesmentible estancamiento, o incluso un retroceso que nos hace remontar a tiempos que creíamos superados, Chile sigue funcionando. No está en la ruina ni está en quiebra. Eran falsedades de campaña electoral, dichos irresponsables que condicionan mentes y captan votos. Chile no estará, probablemente, como cada uno anhela, pero se encuentra en buen pie, la frente en alto, haciendo prueba de resistencia y resiliencia.

Contrastes que son abismos

Con el incremento de la violencia y ese miedo que sentimos por los hechos oscuros que acontecen sin control, mientras los jubilados siguen esperando y los enfermos fallecen en las colas, aparece, sin embargo, la realidad de otro Chile. Con el narco y los narcotraficantes dispuestos a todo, con los secuestros y asesinatos que nos despiertan a balazos por la noche, con los escándalos de corrupción en jueces, abogados, generales, alcaldes y funcionarios públicos, nuestros índices económicos y sociales parecen esconderse en lontananza. Con todo ello, más esas mezquindades y defectos que procuramos ocultar, pero que vemos, hay razones para encontrarnos en un repliegue societal que infunde pesimismo.

Con la indiferencia del poder y de la burocracia estatal que se vuelve despiadada hacia los más vulnerables, y aquella desigualdad que abofetea y hiere, hay un trozo enorme de Chile que, al contemplarlo, nos indigna y se indigna. Son las vías paralelas de una misma realidad que se contradice y que relativiza las cifras de aquel éxito que, sin embargo, existe.

En el Chile próspero y en el pobre y desigual, encargada de los asuntos públicos, existe una parte de la clase política a la que, por ostentosa, mediocre y pedante, ya pocos creen y respetan.

Su identidad se expresa en la pobreza del lenguaje y las ideas, el exceso de luminarias, las promesas incumplidas, las volteretas e incoherencias, a menudo asociadas a una enorme incompetencia. Podríamos agregar la invisibilidad de una ética decente y de una épica capaz de impulsar grandes desafíos. Su falta de proyección es tan visible, que son muchos quienes se quedan con la desesperanza que provoca el pesimismo.

Como en toda lectura de la sociedad, la contradicción está siempre presente, y es justamente lo que provoca el impasse en el que estamos empantanados. Chile es un enjambre complejo, diverso y contradictorio. Basta mirar su “loca geografía” que enlaza lo físico y lo humano, aquella de la que hablaba Benjamín Subercaseaux. Montañas y mares nos aíslan, los terremotos y guerras nos han hecho solidarios y resilientes, los múltiples avatares de una historia más trágica que placentera nos han legado una identidad que nos es común y nos proyecta. El Chile de hoy es también el conjunto de personas que lo habitan, muchas de las cuales, efectivamente, se muestran pesimistas.

Ante un país que sigue siendo altivo, pero de mundos tan distantes, ¿cómo superar esa injusta coexistencia entre desiguales?

En democracia, donde los iluminados y fanáticos no tienen cabida, es el deber de la imperfecta política y de sus protagonistas. Y en esa dinámica, sobrepasar el pesimismo reinante pareciera tener sentido y lógica. Funcionando bajo el mismo modelo de su homónimo, el optimismo también es contagioso y se propaga. Es únicamente con ese sentimiento y actitud en bandolera que estaremos en condiciones de desprendernos de la escoria y de afrontar los numerosos desafíos que hoy nos retan.

Razones hay, y muchas más que las expuestas, para reflexionar y argumentar hasta alcanzar el dilema.