El problema no es solo que algunos actúen como dueños del mundo. El problema es que el resto ha empezado a comportarse como si lo fueran.

Un barco civil navega en aguas internacionales. A bordo, activistas humanitarios. Entre ellos, chilenos. No hay armas, no hay amenaza, no hay provocación. Solo la intención, ingenua, tal vez, de romper el cerco sobre Gaza y llevar ayuda donde el mundo ha decidido mirar hacia otro lado.

Entonces ocurre lo previsible.

Interceptación. Fuerza. Silencio.

No es un hecho aislado. No es un exceso. No es un error. Es, más bien, una escena habitual de un orden internacional donde algunos pueden hacer lo que quieran. Incluso en aguas internacionales. Incluso contra civiles. Incluso frente a los ojos del mundo. Porque esto no empieza ni termina en esa flotilla.

Empieza en Gaza, donde la devastación ha dejado de ser noticia para convertirse en paisaje. Continúa en Cisjordania, donde la ocupación se administra como rutina. Se proyecta en los Altos del Golán, anexados sin consecuencias. Y se extiende hacia Líbano, donde los bombardeos cruzan fronteras con la misma facilidad con que se cruzan las líneas del derecho internacional.

Gaza no es una excepción. Es la culminación de una lógica. La lógica de quienes han aprendido que el derecho internacional no es un límite, sino una sugerencia. Que las resoluciones pueden ignorarse. Que las condenas pueden diluirse. Que la fuerza, cuando no encuentra freno, termina por convertirse en norma.

Así se construyen los dueños del mundo. No por una superioridad moral. Ni siquiera por una superioridad política. Sino por algo más simple y más inquietante, la certeza de que nadie los detendrá.

Pero hay otra cara de esta historia. Menos visible, más incómoda. No tiene que ver con quien actúa, sino con quien observa.

Chile, por ejemplo.

Un país que ha construido su política exterior sobre el respeto al derecho internacional, el multilateralismo y la defensa de los derechos humanos. Un país que, durante décadas, ha hecho de esos principios no solo un discurso, sino una posición en el mundo.

Y sin embargo, frente a la interceptación de una flotilla en aguas internacionales, con ciudadanos chilenos en riesgo, la reacción es la “preocupación”.

No la condena. No la exigencia. No la acción. La preocupación.

Siete chilenos en una situación de riesgo inminente, y la respuesta del Estado es semántica. Medida. Prudente. Como si el problema fuera el tono y no el fondo. Como si incomodar al agresor fuera más grave que proteger a los propios.

Cuando el derecho internacional se vulnera de manera abierta, Chile no alza la voz: la modula.

Y en esa modulación hay algo más profundo que una decisión diplomática. Hay una renuncia. La renuncia a sostener, en los hechos, aquello que se proclama en los principios.

Porque el problema no es solo que algunos actúen como dueños del mundo. El problema es que el resto ha empezado a comportarse como si lo fueran. Se les tolera. Se les comprende. Se les observa. Se les deja hacer.

Y así, la impunidad deja de ser una anomalía para convertirse en sistema. Un sistema donde bombardear, ocupar, anexar o interceptar civiles en aguas internacionales no genera consecuencias reales, sino apenas declaraciones cuidadosamente redactadas.

Los dueños del mundo no nacen. Se construyen.

Se construyen cada vez que una violación al derecho internacional no encuentra respuesta. Cada vez que la fuerza reemplaza a la norma. Cada vez que el silencio pesa más que la palabra.

Y también, aunque incomode decirlo, cada vez que países como Chile deciden que preocuparse es suficiente.