Reafirmar hoy la vigencia de los principios leninistas, como acaba de hacerlo Lautaro Carmona, implica mantener abierta la posibilidad de una vía insurreccional de conquista del poder. Y, en democracia, eso es, precisamente, lo incompatible e inaceptable.
Nada nuevo en la reciente declaración del presidente del Partido Comunista, en la que ratifica su pertenencia a la estirpe leninista. “En el natalicio de Vladimir I. Lenin, reafirmamos el carácter leninista del Partido Comunista de Chile”, expresó en su cuenta X; lo que no sorprendió mucho internamente, pero ofuscó a más de alguno e incomodó a sus aliados.
En su declaración, Carmona no hace otra cosa que reiterar uno de los axiomas fundamentales de su partido, el que forma parte de sus estatutos y de la doctrina adoptada poco después de su fundación. Es más, el leninismo debe ser el principio al que más apego ha tenido el PC en toda su historia.
Si algo es evidente, es que el timonel comunista no hace esta declaración de forma casual. La expresa para que no queden dudas sobre la pertinencia y actualidad del legado bolchevique en un momento en que, visiblemente, hay tensiones internas entre sus huestes, con tentaciones de actualizar la doctrina. Baste recordar que su reciente candidata presidencial se acercó, sin tapujos, a esas “despreciables tesis socialdemócratas” tan vilipendiadas por los revolucionarios.
El diccionario de la RAE, con una definición escueta y formal, caracteriza al leninismo como la “adaptación teórico-práctica del marxismo realizada por Lenin para impulsar la Revolución soviética a principios del siglo XX”.
Pero la URSS y los socialismos reales europeos, extinguidos por el peso de su propio fracaso, ya no existen. No es ese, entonces, el principio al que se refiere Carmona. Porque el leninismo ha sido —y es todavía, en algunos casos— reivindicado también en otros lares. De ahí a pensar que el PC chileno busca aferrarse a experiencias sobrepasadas por la historia, la geografía y la razón, hay solo un paso. Y para no especular, es bueno escrutar la actualidad del dogma de un partido, finalmente, bastante conservador; suerte de guardián postrero de una doctrina superada por obsolescencia.
¿Actualidad o caducidad del leninismo?
A partir de lo escrito por el líder ruso y de la práctica posterior de sus seguidores, la ciencia política se encarga de caracterizar al leninismo en función del contenido de los principios aplicados por la “praxis” del ejercicio del poder o del camino insurreccional para alcanzarlo.
Primero: La existencia de un partido único, vanguardia de la clase obrera, ya que esta no dispondría de la conciencia necesaria para impulsar la revolución socialista. Este partido debe ser dirigido por profesionales de la política (Qué hacer, 1901).
Segundo: El centralismo democrático como método de funcionamiento interno (Resolución del V Congreso del POSDR, 1905), donde el debate es aceptado hasta la toma de decisión, y luego la unidad de acción es obligatoria. Habría que considerar, sin embargo, que la aceptación del debate ha sido muy relativa en el comunismo y, en la práctica, la intolerancia ha sido siniestra. Cárceles, gulags y cadáveres dan testimonio de las purgas contra todo discrepante en los países donde han gobernado.
Tercero: Observando que el capitalismo era un fenómeno globalizado, Lenin deduce que “el imperialismo es la fase superior de desarrollo del capitalismo (libro de idéntico título, 1917) y que la revolución estallaría en los países más débiles y atrasados, como Rusia, y no necesariamente en los más industrializados, como fue vaticinado por Marx.
Cuarto: El apego irrestricto a la dictadura del proletariado, etapa donde el Estado, bajo el control del partido, está llamado a suprimir las instituciones burguesas para establecer el socialismo (El Estado y la revolución, 1917).
Quinto: El internacionalismo proletario. Aunque se le atribuye sobre todo a Trotski, Lenin también consideraba que la revolución rusa debía conducir a la insurrección socialista mundial. Propagarla era un deber internacionalista. (Varias fuentes, pero principalmente, en los documentos de la I, II y III Internacional).
Si algo queda claro a partir de estos preceptos definitorios, es que el leninismo nada tiene que ver con la democracia, tal como la conocemos en Occidente y en Chile. Y así lo consideraron hace medio siglo, los partidos comunistas europeos.
El italiano Berlinguer, el español Carrillo, el francés Marchais, entre otros, condenaron primeramente la dictadura del proletariado para luego desprenderse, uno a uno, de los fundamentos del leninismo, optando por las reformas de la democracia burguesa. Apostasía, felonía, traición… gritaron los camaradas soviéticos y chilenos, fieles como ninguno a esos dogmas impugnados.
La caída del muro de Berlín y de las “democracias populares” vinieron a sepultar, no solo estos principios, sino hasta sus símbolos y estatuas. Otros países como China y Vietnam supieron articular partido único —comunista, por cierto— con capitalismo, abriendo su economía al mundo, pero manteniendo un fuerte autoritarismo. De los pocos que se mantuvieron fieles al leninismo, encontramos a Cuba —aunque a su manera—, Corea del Norte —con su caricatura dictatorial dinástica— y algunos pocos partidos, hoy en decadencia.
¿Compromiso táctico o estrategia?
Lo curioso, o lo contraproducente, podríamos decir, es que esta actitud conservadora se mantenga vigente en el PC chileno, incluso habiendo formado parte de coaliciones de gobierno, en las que han convivido con partidos tan burgueses como el demócrata cristiano, el liberal y el radical.
Sería entonces pertinente preguntarse cómo se compatibiliza ese leninismo profesado cual credo terrenal para potenciales insurrectos, con una democracia como la nuestra, con partidos políticos e instituciones, con garantías de derechos y libertad de expresión; esa que viene de elegir a un gobierno de coalición de derecha y extrema derecha, con algunos visos iliberales.
En teoría, al menos, la incompatibilidad es evidente, salvo aceptar que se pudiera participar en la democracia burguesa para mejor fagocitarla desde su interior hasta sustituirla por una proletaria.
Por consiguiente, debiéramos tomar debida nota del actuar del PC durante la explosión social de 2019 y la violencia que esta generó, como también prestar atención a las recientes declaraciones de sus dirigentes, las que, solapadamente, separan estrategia de táctica y que tanto se asemejan a aquel principio erradamente atribuido a Maquiavelo de que “el fin justifica los medios”.
El “estaremos con un pie en las instituciones y un pie en la calle” declarado por Guillermo Teillier en 2015 o el “estar con los dos pies en la calle y los dos pies en La Moneda” como afirmara el senador Daniel Núñez en diciembre pasado, no hacen otra cosa que diferenciar la táctica momentánea de una estrategia para alcanzar el poder a largo plazo.
El leninismo distingue claramente entre los objetivos destinados a la toma del poder por parte de la clase obrera y el partido (Estrategia) y aquellos de corto plazo (Táctica), los que deben tener el máximo de flexibilidad con la “adaptación de los métodos de lucha a la correlación de fuerzas y a la realidad que esta genera”.
Reafirmar hoy la vigencia de los principios leninistas, como acaba de hacerlo Lautaro Carmona, implica mantener abierta la posibilidad de una vía insurreccional de conquista del poder. Y, en democracia, eso es, precisamente, lo incompatible e inaceptable.
Así pues, creemos que toda renovación de la izquierda —renovación a la que llamamos con urgencia— debe incorporar un compromiso irrenunciable con la democracia, sus instituciones y métodos para alcanzar el poder. En este debate, la insurrección y la violencia inherente al leninismo, simplemente, no tienen cabida.
Enviando corrección, espere un momento...
