¿Dónde queda el Evangelio cuando el ajuste fiscal golpea el estómago de un niño en una escuela rural o en los barrios populares de nuestro país?
La noticia que contempla recortar o eliminar el Programa de Alimentación Escolar golpeó fuertemente a todos. Es inentendible el sacrificar la alimentación de nuestros niños y jóvenes en escuelas justificándolo por la supuesta “quiebra” de Estado. Creo que es el acto más repudiable que he visto en años.
Bajo la administración de José Kast, el concepto de “equilibrio fiscal” ha pasado de ser una meta técnica a convertirse en un altar donde se pretende inmolar el bienestar de los estudiantes. Se nos dice que “no hay plata”, cuando la realidad económica mundial dicta que los Estados, por su naturaleza soberana, no quiebran; simplemente eligen prioridades. Y hoy, la prioridad parece ser el número frío por sobre el plato de comida. Recuerde, Presidente, que cuando se gobierna se hace con responsabilidad fiscal y responsabilidad social.
Resulta profundamente inquietante que este impulso provenga de un liderazgo que se define a sí mismo como “extremo católico”. Existe una disonancia cognitiva moral cuando un gobernante, que asiste a misa en La Moneda casi a diario y se declara fiel defensor de los valores cristianos, firma oficios que pretenden recortar programas de alimentación escolar.
¿Dónde queda el Evangelio cuando el ajuste fiscal golpea el estómago de un niño en una escuela rural o en los barrios populares de nuestro país?, hay que ser insensible para no entender que esa alimentación muchas veces es la única comida caliente que reciben miles de niños.
Si acudimos a la Rerum Novarum, piedra angular de la Doctrina Social de la Iglesia que el Presidente dice seguir, el Papa León XIII fue claro: el derecho a la vida y a la conservación de la misma es un derecho natural anterior a cualquier Estado o sistema económico. La encíclica establece que es “ley santísima de la naturaleza” que se deba alimentar y atender a los hijos. Negar la alimentación a través de políticas públicas es, en términos teológicos, un pecado de omisión contra la dignidad humana.
La Iglesia Católica, a través de sus siglos de reflexión social, ha insistido en que la economía debe estar al servicio del hombre, y no el hombre al servicio de la economía. El cuidado de los pobres, de los enfermos y de los que sufren no es una opción “si sobra presupuesto”; es un imperativo moral.
Cuando Kast propone mantener un pensamiento dogmático de libre mercado por encima del derecho al alimento, está traicionando no solo el mandato constitucional de protección social, sino la propia esencia del cristianismo que profesa.
No se puede invocar a Dios para defender la vida “desde la concepción” y luego desentenderse de esa misma vida cuando tiene hambre en la etapa escolar. El “Plan de Reconstrucción Nacional” no puede cimentarse sobre la desnutrición o la incertidumbre alimentaria. Un país que castiga a sus niños para satisfacer a los tenedores de bonos o para cuadrar una planilla de Excel es un país con el alma rota.
Si el Presidente Kast desea ser coherente con su fe, debe recordar que el juicio de la historia —y el de su propia religión— no se basará en el déficit fiscal cero, sino en lo que hizo por “el más pequeño de sus hermanos”. El hambre no es un ajuste, es una crueldad que ninguna doctrina, política o religiosa, debería permitir.
Termino esta columna con una frase de san Alberto Hurtado “¿es que no hay dinero para eso? Pero ¿cómo hay dinero para el lujo, para las fiestas, para las armas, y no hay para que el niño del pueblo tenga pan y escuela?”.
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