¿Qué ocurriría si, en lugar de perseverar en la negación, probamos ofrecer un poco de “sal y agua”, es decir, abrir espacios reales de diálogo que oxigenen la vida pública y permitan a la polis recuperar su aliento?

La pregunta que atraviesa el momento político chileno no es menor: ¿puede una democracia sostenerse sobre la negación sistemática del otro? La experiencia reciente sugiere que ese camino empobrece la vida pública y debilita las bases mismas de la convivencia. Frente a ello, se vuelve urgente recuperar una comprensión más profunda de la política, una que no se agote en la confrontación, sino que encuentre en el diá-logo su forma más alta de realización.

La reflexión clásica de Aristóteles, especialmente en la Ética a Nicómaco y la Política, ofrece un fundamento sólido para pensar la vida política en el presente. En estas obras, la polis aparece como el lugar donde el ser humano realiza su plenitud, en una convivencia ordenada por la razón y orientada al bien común. La eudaimonía –“tener un buen espíritu” o “estar bien guiado en la vida– (comúnmente traducida como felicidad) se configura como una tarea compartida que exige deliberación, virtud y una inteligencia práctica capaz de discernir lo justo en cada circunstancia. La política, en este horizonte, se presenta como una forma elevada de vida en común, donde la palabra y la razón permiten configurar un orden que haga posible la felicidad de la comunidad.

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El concepto de diálogo adquiere aquí una densidad decisiva. Su etimología remite a dia —lo que acontece entre dos, lo que atraviesa— y logos, término que en el mundo griego expresa razón, orden, conocimiento e inteligibilidad. El logos no se reduce a la palabra pronunciada, sino que designa la estructura misma de lo real en cuanto puede ser comprendida y compartida.

Dialogar, por lo tanto, implica ingresar en un espacio donde los sujetos, desde su libertad, buscan juntos el orden del mundo, reconociendo que la realidad posee una racionalidad que puede orientar la vida en común. El diálogo se comprende así, como una práctica de conocimiento compartido, una forma de acceso al sentido que permite ordenar la convivencia.

En el mundo contemporáneo Dionisio Borobio, ha destacado que la política debe entenderse como servicio al bien común mediante la construcción de relaciones justas y solidarias. Para el teólogo español, la vida social se sostiene en una ética del encuentro, donde la dignidad de la persona se expresa en su capacidad de relación y en su apertura a los demás. La política aparece entonces, como una mediación concreta que organiza la convivencia desde el reconocimiento del otro, configurando estructuras que permiten una vida compartida ordenada y significativa.

Por otro lado, Joseph Ratzinger –el papa Benedicto XVI– aportó una clave fundamental al insistir en la necesidad de una razón abierta que oriente la vida política, porque la democracia se fortalece cuando se funda en una racionalidad que busca la verdad y se abre al diálogo, reconociendo que el bien común no se reduce a la suma de intereses particulares. La política requiere una referencia al logos que permita discernir lo justo más allá del cálculo inmediato, situando la acción pública en un horizonte de sentido que haga posible la convivencia.

Esta convergencia se ilumina profundamente a la luz de la tradición cristiana. En el Evangelio, Jesucristo declara: “ya no los llamo siervos…a ustedes los he llamado amigos” (Jn 15,15). La afirmación revela una comprensión radical de la relación que encuentra un eco profundo en la filosofía aristotélica, donde la amistad (philia) aparece como fundamento mismo de la polis.

Para Aristóteles, la vida en común se sostiene en vínculos de amistad cívica que permiten reconocer al otro como un bien, como alguien con quien compartir la búsqueda de lo justo y de lo bueno. En este sentido, la palabra de Cristo introduce una dimensión teológica de la relación, y, al mismo tiempo, profundiza la intuición política de que la comunidad se edifica sobre relaciones de reconocimiento, de confianza y de apertura.

El ser humano, llamado amigo, aparece como interlocutor libre, capaz de conocer, de amar y de participar en la construcción de un orden común. Por esto, la amistad cívica ha de ser el fundamento de la vida política tal como insistió el Papa Francisco: la necesidad de construir una sociedad fundada en la amistad social, donde el diálogo permita articular las diferencias y generar un nosotros capaz de sostener la vida común.

En el contexto chileno actual, el debate en torno a las propuestas del gobierno de José Antonio Kast exige ser abordado desde una comprensión profunda del dia-logos como forma de construcción social. Las reformas que buscan orientar la vida del país requieren una deliberación que reconozca en el otro a un interlocutor válido, capaz de contribuir a la búsqueda del orden común, en la convicción de que la política alcanza su sentido cuando se orienta a la construcción de acuerdos que articulan las diferencias en un horizonte compartido.

La experiencia reciente lo confirma: durante el gobierno de Sebastián Piñera, el sistema político se vio tensionado por un clima de alta polarización en el que sectores relevantes de la oposición adoptaron, en distintos momentos, una disposición refractaria al acuerdo, dificultando instancias de deliberación sostenida frente a propuestas significativas y estrechando los márgenes del diálogo como ejercicio común del logos. En contraste, durante la administración de Gabriel Boric, existieron momentos en que participación de la oposición fue clave en los procesos de negociación, los que permitieron alcanzar acuerdos relevantes —como en materia previsional—, evidenciando que la política recupera su densidad cuando se abre a la palabra compartida y a la construcción conjunta.

En este escenario, la responsabilidad del diálogo no recae solo en la oposición, sino también en quien gobierna: Kast está igualmente llamado a abrirse al diálogo, a comprender que la política se edifica desde los acuerdos no como mera transacción pragmática, sino desde una convicción más profunda, aquella que reconoce que la verdad no se posee de manera absoluta, sino que se descubre y se desvela en la relación con otros.

Y en ese contexto, la oposición encuentra su sentido en la medida en que se integra a esta dinámica, aportando perspectivas que enriquecen el discernimiento colectivo y permiten configurar soluciones más justas y estables, porque, ninguna propuesta alcanza su plenitud cuando se clausura en una sola voz; la verdad sobre la vida en común se configura en la convergencia de múltiples miradas que, en diálogo, logran vislumbrar un orden mayor.

La negación sistemática del otro empobrece la vida política, fragmenta la polis y erosiona la confianza social, debilitando la posibilidad de construir un orden compartido que haga posible una convivencia verdaderamente humana.

El dia-logos, entendido en su raíz más profunda, se presenta así como una tarea fundamental de la vida política. En él se juega la posibilidad de ordenar la existencia social, de reconocer la inteligibilidad del mundo y de configurar una comunidad donde la diferencia se integre en un horizonte de sentido compartido haciendo posible una convivencia orientada a la felicidad en su sentido más profundo.

Desde esta perspectiva, la pregunta deja de ser retórica y se vuelve propuesta: ¿qué ocurriría si, en lugar de perseverar en la negación, probamos ofrecer un poco de “sal y agua”, es decir, abrir espacios reales de diálogo que oxigenen la vida pública y permitan a la polis recuperar su aliento? Tal gesto, lejos de diluir las diferencias, podría devolver a la política su capacidad de encuentro, haciendo posible que los ciudadanos avancen hacia esa felicidad compartida que solo se alcanza cuando el orden común se descubre juntos como amigos de la polis.