Se pretende que Chile compita en una economía global cada vez más sofisticada, pero sin invertir en el conocimiento de su gente. Una fórmula verdaderamente original.

Al parecer, la nueva receta para el desarrollo consiste en algo bastante novedoso: dejar a los trabajadores con menos herramientas, menos competencias y menos oportunidades…para que así, mágicamente, el país sea más competitivo.

Eliminar la franquicia de capacitación asociada a SENCE es, según esta lógica, una brillante manera de “ahorrar” 300 millones de dólares. Claro, porque invertir en que las personas aprendan nuevos oficios, se adapten a la tecnología y mejoren su productividad parece ser un lujo innecesario. Total, la competitividad del país probablemente se logra sola, sin capacitación, sin innovación y sin trabajadores preparados.

Resulta curioso: se habla de crecimiento, de productividad y de modernización, pero al mismo tiempo se debilitan los instrumentos que justamente permiten avanzar en esa dirección.

Se pretende que Chile compita en una economía global cada vez más sofisticada, pero sin invertir en el conocimiento de su gente. Una fórmula verdaderamente original.

El problema no sería la baja productividad ni la falta de especialización, sino que existan programas que permitan mejorar las habilidades de la fuerza laboral.

Mejor eliminarlos y esperar que el mercado resuelva por sí solo lo que todos los países desarrollados han entendido hace décadas: que el capital humano es la principal riqueza de una nación.

Además, la medida tiene un efecto adicional: debilitar a las instituciones y personas que se dedican a formar trabajadores. Miles de empleos vinculados a la capacitación podrían verse afectados, lo que en términos simples significa menos oportunidades para quienes enseñan y para quienes quieren aprender.

La apuesta de este gobierno es otra, un país donde el acceso a formación dependa exclusivamente de los recursos personales de cada familia.

Así, el progreso queda reservado para quienes pueden pagarlo, mientras el resto observa cómo la promesa de movilidad social se transforma en un recuerdo lejano.

Porque si algo ha demostrado la historia económica es que los países crecen cuando invierten en su gente. Apostar por lo contrario no parece precisamente una estrategia de desarrollo, sino más bien un experimento cuyo resultado es bastante predecible: menos oportunidades, menor productividad y mayor desigualdad.

Si el objetivo era fortalecer el trabajo como herramienta de progreso, eliminar instrumentos de capacitación parece una forma bastante peculiar de lograrlo. Pero al menos, eso sí, la planilla fiscal quedará más ordenada…aunque el futuro del país no tanto.